Relato
LOS AMANTES A ESCENA
La función había echado a andar cuando el taxi depositó a Nuria ante la fulgente fachada del teatro Principal, olvidada del título y de la actriz televisiva que servía como reclamo. Cruzó el aguacero con una sonrisa que solía abrir todas las puertas, y taconeando se internó por pasillos encerados, como por el tracto digestivo de un monstruo desmesurado, que como el circo, siempre le había causado un poco de lástima.
Una acomodadora disgustada, que mascaba su pereza cuando fue requerida, y cuya espalda azul eléctrica apenas distinguía, guió a Nuria entre una selva de piernas y rostros apagados que fingían expectación. Por el ojo derecho de Nuria, a la luz de una pobre bombilla, una niña desenfocada sobreactuaba pregonando con voz de arpía algo así como sus celos infinitos.
A Nuria le gustaba hacerse esperar siempre que la ocasión lo requería, y la cita con un hombre pretenciosamente sofisticado (así lo insinuaba su afición teatral) lo parecía, a condición, claro, de que no volviera a sacar a pasear sus refinados gustos hasta que ella impusiera otros de carácter más mundano. Al descubrir que la butaca que debía ocupar Ramón Sepúlveda, estaba absurdamente vacía en un teatro a rebosar, Nuria se sintió con fuerzas para subir al escenario y soltar una diatriba contra las promesas que le habían hecho desnuda... pero esa situación al menos necesitaba todavía de un par de actos y mucha voluntad para ser verdad.
La cruda evidencia de su inesperada soledad la mantuvo un rato en tensión, esperando a que viniera a iluminarla Ramón en medio del patio de butacas. Ya era un mal síntoma que él no hubiera insistido un poco más en ir a recogerla a casa en su coche, aunque recordó que ella misma le había disuadido para que no tuviera que cruzar todo Madrid un sábado... en realidad, para no alimentar la intimidad si todo resultaba un fiasco, tal y como se temía, cuando lo único que quería era sentirse deseada sin demasiado sacrificio de su parte, y por el hombre más a mano. Cuando Nuria comprendió que Ramón no vendría, concluía en ese momento el acto primero con un atardecer.
Nuria se dirigió al vestíbulo con el teléfono en la mano, sorteando los corrillos de la gente que tenía la suerte de venir acompañada, pero al comprobar por los relámpagos, a través del ventanal esmerilado, que estaba tronando, le pareció que esa iba a ser la triste excusa de la que se valdría Ramón para seguir en casa de su madre, y apagó el teléfono con un resentimiento casi matrimonial.
Eran compañeros de la empresa desde hacía cinco años, pero con distintos turnos horarios, destinados a distintas secciones, así que tardaron dos en dirigirse la palabra y otros tres en coincidir en el ascensor, un ascensor con el que Nuria soñaba una vez al mes por no soñar con los feos que él le hacía. A Nuria le gustaba la comedia americana romántica, y a Ramón la Verbena de la Paloma y los musicales. Ella acababa de enterrar a Gerardo, y entonces él se apresuró a separarse de Sagrario haciéndole todo tipo de concesiones, incluso la de que se quedara con las enciclopedias cuyos fascículos Ramón había coleccionado con tanto ahínco. Finalmente ella consiguió que lo trasladaran a su sección para fomentar un poco más la intimidad.
Su primera cita más allá de la cafetería de la empresa iba a ser en un teatro. Parecía muy prometedora tras varios y orgullosos amagos mutuos de desafección en los días previos, al comprobar que sus propias cualidades eran exportables, volviendo a la pelea con más fuerza cuando concluyeron que a los treinta y tres años ya no habría presas fáciles. Al fin y al cabo sólo era sexo...
Así que durante aquella semana no menos de tres personas por cada bando se enteraron de que el amor ideal no sólo existía, sino que se había refugiado en la misma oficina en calle San Ildefondo 88, y tenía un principio de papada.
Nuria no llevaba paraguas, pero quizá la tormenta remitiese antes de diez minutos y pudiese volver a casa para darse ese baño de sales que nunca antes había considerado y que le haría sentir Cleopatra (el teatro una vez al año no hace daño, y lo último que fue a ver fue la Corte del faraón), esperando que el supremo cinismo de un engreído se rebajara un poco... casi merecía la pena agarrar una pulmonía a esperar un solo segundo para curar con sal todas las heridas. Él intentaría restablecer la comunicación para hacerse perdonar lo que no tenía perdón, pero en realidad para confirmar que la balanza estaba desequilibrada en su favor y se había librado de un peligro, momento en que Nuria le soltaría su propia artillería. Simplemente le decepcionó comprobar que él tenía sus propias suspicacias en cuanto a un futuro en común, que el desgraciado de Ramón podía ser el primero en abandonar aquel barco después de haber insistido hasta la nausea en las facultades dramáticas de la gran actriz Paloma del Yuste, así que vino a achacar a Ramón sus propia prepotencia. Ni siquiera podía Nuria presumir de no haber pisado aquel teatro, ¡sí! disuadida por un amigo, también talludo (era la cuota de veracidad que exigía una mentira semejante después de todas las extinciones), que viniendo de visita después de esperar a que se muriera su marido, Gerardo, con la misma paciencia que Ramón, se hubiera quedado a pernoctar. Ya no era posible echarse atrás.
Cuando Tania descubrió a su amiga en el vestíbulo del Principal, fija en la retrospectiva de un artista pop con el que matar el rato antes del segundo acto, a Nuria le pareció que lo mejor que podía ocurrir es que Ramón hubiera tenido un percance serio que le hubiera impedido acudir al teatro. Por algún antecedente depresivo, Nuria tuvo que reconocerse así misma que en otoño era más propensa que en primavera a buscar pareja, y que en septiembre le gustaba más que en junio hacer confidencias a Tanía sobre sus progresos. Tenía además la ligera sospecha de que a última hora su amiga Tania había vestido a los niños a todo correr y expulsado del sofá a su marido para ponerlos en camino ante la posibilidad de tener un conocimiento de primera mano de la nueva relación de Nuria, cansada de tantas mentiras acerca de sus conquistas.
-No, no, perdona, pero tú me dijiste que ibas a ver una de Alfonso Paso, en el teatro Calderón, porque si no, yo no hubiera venido.
-Tania, no quiero discutir... y tampoco pienso presentároslo. Hoy no. Le has puesto a Sandra la ropita de Héctor y a Héctor la de Sandra, fíjate, por venir volando, y tu marido, pobre, tiene cara de haberse perdido la Champions league.
-A Venancio los monólogos le sientan fatal, y no vamos de compras juntos desde 1993... Por eso nos hemos quedado por aquí, viendo los cuadritos, hasta
-¿Ni siquiera habéis visto el primer acto? ¡No me lo puedo creer, sólo por vernos pasar, como en la Plaza Mayor! Además, Ramón es muy tímido.
-Lo he visto hace un momento, sí, y estaba muy elegante de gris oscuro...
-¡No lo conseguirás, no te contaré nada! Te digo que no lo reconocerías, sólo sabes de él por la foto arrugada que te enseñé y que se hizo con el equipo de ping-pong de la empresa. Ahora está más gordo Además, ha venido de negro.
-Dime ¿dónde está? Yo nunca te he ocultado nada.
-¿Es que no podías esperar hasta el domingo de la semana que viene? ¿No puedo creer que estés haciendo tiempo aquí plantada?
-Nuria, algo me dice que estás engañando a Ramón con otro.
-¡Esto no es el circo romano, y yo sí que este espionaje no te lo pienso perdonar!
Nuria se encogió en su butaca apretando el bolso contra el regazo, incapaz de ignorar el vergonzante resplandor del asiento y el respaldo de la butaca vacía a su lado, justo al comienzo del segundo acto. La infantil protagonista había dejado de ser una pretendida adolescente rubicunda y parlanchina, un tanto ingenua, y desde luego menos atractiva que Nuria en su época de esplendor. Tal vez por culpa de cierta ronquera, se veía ahora acompañada de un joven caballero de las tablas que viniendo a coger el relevo le daba la réplica y también de lo lindo a las cuerdas vocales, traduciendo el pensamiento de un autor muy cándido.
Pero lo que centró el interés de Nuria eran el bosque y el pueblito que insinuaba el decorado. Nuria creía conocer las lindes de ese bosque más allá del escenario, como en qué copas anidaban los estorninos, que nunca le habían gustado. Pero sobre todo sabía dónde se encontraba la única farmacia de la población y bajo qué arco a las afueras, en la parte trasera de un Opel Corsa, se sintió violenta una tarde-noche lluviosa, de esas para olvidar, tal y como se presentaba aquella sin Ramón. Comenzó el repiqueteo de lluvia sobre los tejados (yendo a parar una gota a su frente, por lo que creyó que el teatro tenía goteras), pronto una densa cortina que no conseguía anegar el escenario pero sí ahogar el parlamento de los dos actores, hacia los que prestó oídos en vano. Sólo le fue posible captar palabras sueltas, hasta que fue consciente del mensaje que formaban: “Si cree que no tiene estómago para presenciar este espectáculo lo mejor que puede hacer a continuación es abandonar el teatro, y se le reintegrará el importe de su entrada”. Nadie se movió. Habían sido pronunciadas tan nítidamente en medio de aquel dúo de voces enfrentadas, en medio de aquel falso diluvio, que las retuvo por si ella misma tenía que hacer uso de la “salida de emergencia”.
Por fin, cuando el actor se giró por primera vez sobre sus talones hacia el patio de butacas, Nuria lo reconoció. Se trataba de Valeriano, el electricista dueño del Opel Corsa tuneado con el que no llegó a nada después de seis semanas de alardes estériles y de discusiones prácticas que presagiaban una relación imposible, cuando sólo querían una cosa el uno del otro. Cuando Valeriano, que no podía engañar a nadie a pesar de lo que había cambiado en aquellos dieciocho años, se retiró estruendosamente, recibió la ovación de un público rendido. Fue entonces, al volver el cuello nerviosa de la reacción del público, cuando Nuria se apercibió de la molesta proximidad de Tania en la fila de atrás.
-No sé cómo sigues aquí un sólo minuto después de esta humillación tan grande -le soltó Tania con un niño berreando en sus brazos-. Y se ha ido de rositas. Yo en tu lugar...
-Todo se andará. El público lo está pasando en grande -mintió, tragándose su orgullo al ver que se contradecían tan flagrantemente sus indicaciones-. Si no ha querido venir él se lo pierde.
-No, lista, sabes que no me refiero a Ramón -señaló el escenario con desorbitación ocular y un temblor de hombros-. Me refiero a Juan Luis, que se ha ido vivito y coleando. Estaba claro desde el principio que aquí no iba a suceder nada. ¡Y menos mal que me he perdido el pestiño del primer acto, aunque dicen que has vertido todo tu diario de los quince años aquí!
-¿Es que no tienes vida?
-Ramón va al matadero, eso te lo digo yo.
A Nuria le pareció el colmo del retorcimiento. Un ruido de tablas hizo que centrara la vista aliviada en el escenario, fingiéndose complacida en el decepcionante espectáculo por el que había pagado, sin lograr apartar la revivida imagen de un novio de ocasión del que no guardaba un gran recuerdo, pero sí un resto de arrepentimiento anticipado. La paciencia es la madre de la ciencia, y el frenazo de un coche a la altura del tercer camerino le advirtió de lo que se avecinaba, así que dos segundos después, con enorme exactitud, caía a plomo contra el maderamen, levantando todo el polvo del mundo, el cadáver de Valeriano, sorprendido a medio vestir.
A continuación, un hombre implorante, al que conoció una solo una noche en un simposio sobre tegnología y que acababa de ser sacado en volandas de una cena al otro lado de la ciudad, fue depositado en medio del escenario por dos voluntarios. Sin embargo Nuria recordó que no tenía medio polvo, y con un pestañeo se apiadó de él en medio de la avidez de sangre del respetable. Si no se acordaba ni de su cara...
La siguiente aparición estelar, cómo no, tan triste era su lista de agravios, era la de Gerardo, del que se sentía viuda por el qué dirán, un informático al otro lado de todos los arroces pasados, con el que se enrolló a los treinta porque fue el primero que se presentó por casa a arreglarle lo de la wi-fi. Nuria comprendió demasiado tarde que sólo la actitud dubitativa o más bien pachorra de Gerardo, consistente en relegar los problemas mientras terminaba de compilar o de bajar de Internet la saga de Indiana Jones, le había hecho depositar alguna confianza en revivir con su sacrificio al muermo viviente para destacarse de entre las santas precedentes. Por fin, durante el transcurso de un viaje a Tenerife, donde tuvieron que meterle en el avión engañado, ocurrió esa discusión que pondría los puntos sobre la íes. En realidad a Nuria le pareció demasiado que Gerardo sólo asomara los ojos por encima del ordenador portátil cuando la corriente se la llevaba sobre el flotador de cocodrilo, hasta que observó a los lados la reacción desesperada de gente menos afín que él y volvió a lo suyo como si no hubiera oído nada. ¿Había dicho viuda? Era un proyecto como otro cualquiera. Como no tenía arreglo, él fue quién la plantó a ella. Por fin se veían las caras.
Gerardo, más flácido, la buscó sin éxito en medio del público y pidió una última voluntad, un vaso de sidra riojana, muy en su estilo, haciendo sus propios cálculos sobre lo que tardarían en llegar a San Sebastián en el AVE cuyo ramal a lo mejor todavía no había sido construido, revolver toda la región en busca de una bebida que él presumía inexistente, regresando de vacío para preguntarle al señor si no tenía otro capricho que cumplir.
-Estoy apunto de pasarme Grand Theft Auto -alegó-. Sólo por mis nietos.
La trampa se abrió bajo sus pies, y el público se maravilló del alarde de medios, aunque a muchos les pareció que las aletas de tiburón se movían tan lentas como las aletas de un submarinista, y un exquisito exclamó que los tiburones tigre no eran tan abundantes en el archipiélago canario como se insinuaba en escena.
Un poco apresurada, con la sensación de la misión cumplida, Nuria se levantó exultante de su butaca, colgándose el bolso en un hombro y volviéndose hacia el respetable para agradecerle su apoyo con su presencia, esperando cordialmente no volver a verlos. Tania se agarró de su muñeca y principió con extraña emoción unas palabras que salían de lo más profundo, apunto de besarle la mano. Pero el jubiló decreció repentinamente, extendiéndose por todo el teatro un murmullo de expectación, y Nuria no tuvo tiempo de entender aquella reacción de Talia. A su espalda, la cadencia de los pasos sobre el escenario, no dejaban lugar a la interpretación, y se volvió tan lentamente como deseó que hicieran desaparecer sano y salvo a Ramón antes de que el horror se lo presentara.
-Te juro que tenía previsto venir -se defendió Ramón con las manos cruzadas que cubrían sus genitales.
Nuria confiaba en parar aquello, y descalzándose de los tacones empezó a saltar por encima de las butacas en dirección al escenario, temiendo que los crecientes abucheos condenatorios hacia Ramón ahogasen sus reclamaciones.
-¿Me juras que ya venías para acá, y que sólo la tormenta fue lo que te impidió llegar a tiempo? -le pidió ella que contestara, casi sin aliento, poniendo las palabras en su boca, así que tal presión ejercida sobre el encausado fue rechazada por la fiscalía, o así lo entendió Nuria cuando entre bastidores comenzó a sonar el mecanismo fatal que daría al traste con todos sus proyectos en común.
-Te lo juro -apenas contestó él, intentando localizar con los ojos, como un animalillo indefenso, la precedencia del peligro.
-Escúchame, Ramón, no tenemos mucho tiempo. Hay treinta y cinco kilómetros desde tu casa hasta el teatro Principal, y ayer cuando me dejaste en la mía, te acordaste de que tenías que ir a llenar el depósito.
-Bueno, eso es algo que le digo a todas, pero tú no te sentiste aludida, y casi me sentí contento de volver a casa sin mojar, por lo que nos queremos.
-No, Ramón, no me estás entendiendo, tienes que tener en algún bolsillo uno de esos cupones que te dan en la gasolinera a la que siempre acudes, hasta que juntes para el calefactor portátil. Eso demostraría que ya estabas en camino, y no pensando en darme plantón.
-Mamá dice que eso son chorradas, que lo barato sale caro y que para tres días de invierno que quedan, ella ha visto en Carrefour un calefactor con ruedas y con termostato, y así no tenemos que llenar garrafas por miedo a que no queden existencias, que un día la casa va a salir ardiendo.
-¡Ramón, eres imbécil! Pero la culpa es mía por firmar esas clausulas por no dejar pasar ni una gorda que me hicisteis todos... y las que me quedan.
-Te pido perdón por la parte que me toca.
-¿A qué te refieres?
-Mamá dice que te tiene calada, eres una guarrindonga, y que cuando te satisfagas conmigo me dejarás en la estacada, como ha hecho Sagrario.
-¿Pero no me dijiste que fuiste tú quien la dejaste a ella?
-Verás, es que se me adelantó por seis semanas, la muy pilla.
-Y ¿tú qué piensas de mí que no haya masticado mamá?
-Bueno, aquí con público no quiero contestarte a eso.
Parecía el fin de la relación, pero desde un aspecto dramático eso no demostraba ningún delito por parte de Ramón, por el que Nuria todavía sentía un mínimo aprecio... o al menos el lunes tendría que seguir dando el callo en la oficina para sacar un informe que a ella le valdría un ascenso.
-¡En cualquier caso no me parece tan grave! -se desgallitó Nuria, aupada de pié sobre los respaldos de dos butacas, intentando que Epifanio Gómez, autor teatral, transigiera con su drama en dos actos.
La respuesta no se hizo esperar, y a medio metro del cuerpo encogido y vulnerable de Ramón, cayó el armatoste de media tonelada de la rueda de la fortuna, del programa del mismo nombre, como prueba irrefutable del poco entusiasmo demostrado por el encausado en su relación con la contratante.
-¡No me lo puedo creer! -contestó Nuria, y al instante se arrepintió.
-Es su programa favorito. A mamá le gusta verlo acompañada. Siempre me gana.
-Ramón, ésta era una noche muy especial para mí, creía que no repetirías los mismos errores de los que te precedieron, pero veo que me he equivocado contigo, y mira que lo siento.
-No tiene por qué terminar aquí. Podemos llamarnos, y eso... Mamá no tiene por qué enterarse, y además hay tarifa plana.
Con un gesto de rabia, Nuria extrajo del escote un mando a distancia “último recurso”, que procuraba una pena sorpresa elegida con antelación por Epifanio Gómez, autor teatral, en base a los informes de los que disponía, y que la víctima sólo podía utilizar en casos de desesperación semejantes. Estirando el brazo, Nuria apretó el botón en medio de un rechinar de dientes, y un telón se corrió al fondo para mostrar un enorme horno de cocina iluminado en el que cabía un avestruz desplumado o un vehículo Seat Panda. Ramón se volvió hacia el horno en el momento en que una enorme escoba se descolgaba del techo del teatro, destrozando algunos de los respaldos de la primera fila y golpeando finalmente su cogote con tal violencia que el cuerpo de Ramón abandonó el pequeño pedestal como un misil y quedó empotrado contra el interior del horno, a una distancia de unos nueve metros. La puerta se cerró al instante, dando inicio al asado. Segundos después el infortunado se arrastró dentro del horno, arañando el cristal, mientras se escuchaba la voz en off de la madre Ramón, preguntándole cómo le había ido el día, si había traído las castañas pilongas para aderezar el pavo y si no le gustaba más Remedios, la del pueblo.
