>>LOS MUERTOS MUY VIVOS: Mario Conde, Umbral
FRANCISCO UMBRAL,
GEOMETRÍA DEL DANDI
El cadáver de Umbral dio mucha guerra en vida. Cuando murió, un mes de agosto, el mundo de las letras pareció recuperar la paz y el sosiego perdidos, las academias desmontaron sus barricadas y los imitadores, discípulos celosos los unos de los otros, se desbandaron y volvieron a escribir casi de cualquier manera, abandonando en el banco de un parque incluso esa chulería que habían tomado prestada.
“Yo no soy un escritor, soy un género literario”, se quejaba astuto, el maestro, última gran síntesis de las letras, preñado de erudiciones y metáforas hurtadas/lustradas de las librerías y hasta de los paraninfos, que se llevaba ocultas en la gabardina del exhibicionismo, y a través de las cuales se podía rastrear todo el siglo literario español sin levantarse del sillón de mimbre. Umbral: “No me gusta repetirme”, ese hombre que yendo a comprar el pan compuso 200 veces el mismo concierto o el mismo libro, como declarara Stravinsky de un tal Vivaldi. Escribía de memoria, y como los viejos rockeros cuando mueren, el personaje y la obra se acababan con él, primero por la reiteración y luego porque era una memoria muy creativa, la suya. Cuarenta o cincuenta años disparando a todo lo que se mueve con la Olivetti con la que llenaba a discreción de metralla todas las esquinas del oficio de escribir, para acabar donde empezó, hecho un Larra desperdigado que una universitaria rezagada se llevará a casa para mezclarla en un cajón con su ropa íntima, pero las cosas ya no funcionan así. Salió fumata blanca, pero su periódico declaró desierta su columna, que ya no frecuentaba, colgando del mismo gancho al último superviviente de sus compinches y sus parrandas, que le llamaba maestro, con la cortesía de una viñeta que marcara distancias entre el genio y la imitación.
Dicen que algunas madrugadas neblinosas de Vallecas se aparece a los barrenderos y las meretrices en un cruce de calles, bufanda, abrigo largo y sombrero de copa alto, pues el snobismo sigue trabajando, pero que su voz de ultratumba habla cheli y los otros dominicano, y la cosa se queda en otra boutade.
Y sin embargo hubo un tiempo en que escritores prósperos e imberbes soñábamos con peregrinar a Madrid en puente aéreo y clase business, para hospedarnnos en las pensiones baratas con olor a coliflor, buscando la gallofa del pueblo, el camastro chirriante, el tomate rojo del gladiador de las letras en el vacío del frigorífico, que curiosamente tenía luz, esperando entre lágrimas que a última hora una matrona nos quitase la oda de entre las manos y nos hiciese una paja por compasión, a ver si se nos pegaba algo, o una colitis. Los que llegaron a tanto terminaban de mear con beatitud en una palangana llena, con cuidado de no salpicarse los zapatos de cocodrilo, a pesar que el maestro había dicho que había que meterlo todo en el libro, y se marchaban pitando a firmar sus cosas en El Corte Inglés, a medio poner los tirantes y subiéndose a trompicones los calzones estampados de El coche fantástico.
Umbral tenía la propiedad de transformar hasta la podredumbre en esplendor, acrecentando de leyenda al gamberro intelectual que amedrentaba tanto a los académicos como a los cachorros, con la frente alta y las greñas de maestro severo de pueblo o dentista temible y hosco, cultivando la antipatía. Así, los aristócratas en suéter de las letras, supuestamente rebeldes, los ansones y los cebrianes, que tenían hechas sus costumbres y sus tertulias dentro, prefirieron, escandalizados, a un economista que a un autodidacta. Al genio le daba la ventolera, y al próximo académico lo editaban en tebeo en el suplemento infantil. Por cosas así hoy en día tiene más prestigio quedarse fuera que ir a que te pongan deberes a la Docta Institución.
Los cachorros que traspasaron su intimidad veían en Umbral a un rollings de las letras, el carácter discriminatorio en el que salvarse ellos, capaz de montar el pollo y de poner a parir a los padres, esos padres que poco antes no les daban paga ni para las zapatillas de baloncesto, destinándoles a la literatura. El viejo zorro testarudo, ya jugando a momia de sí mismo, se dejaba agasajar en su dacha paseando su mirada por encima de las coronillas y los cuadernos emborronados, gratificándoles con su cinismo y cronometrándoles los artículos “dejar que los jóvenes se acerquen a mí”. Pero no sacó a pasear la túnica púrpura, sin la cual volvían a casa. Él maestro se miraba con el otro ojo en el espejo del salón, a ver cómo quedaba antes de que la santa llamara al gran egoísta a la trastienda para darle la tortillita a la francesa y ponerle la inyección en el culo.
Dandi y erotómano, lleno de presuntas amantes y demás fornifollaciones, se mostraba paternal con las hembras del periodismo y la poesía, y estas le profesaban un respeto casi filial, adolescente y tembloroso. Eso las salvaba del gran macho de las letras, amparadas las entrepiernas por los libros sobre sus novios que no las comprenden y sus bulimias.
Frente al poeta que tiene arrendado el último jardín con flores, frente a los políticos crispados o malhlerianos, frente al filósofo al que la novela le parece algo insustancial y como de críos, que hubiera querido ser artista él mismo, razón por la cual se mete en todo sin saber de nada, Umbral se da una patina intelectual poniéndose los gemelos de Heidegger para proyectarse como ser de lejanías con miopía y astigmatismo, cuando hace mucho que no le salían las novelas con un muerto en la página diez y no es capaz de distinguir una huella dactilar de un elefante, y también eyacula metáforas felices llenando el último medio siglo, o se folla a Alma Mahler para fastidiar a Alfonso Guerra.
Para el artista en las alturas y coronado de sí mismo, las reglas son muy otras a las de la vida. El verse vivir así y hacer de tu madre Greta Garbo o Antoñita la fantástica ya da la soberanía del talento que reclama su servidumbre, eso a lo que las personas decentes pero pecadoras en la intimidad no se atreven nunca. Umbral, advenedizo de las letras, reacciona con violencia contra la imagen del escritor amable y de salón que no quiere ofender con su talento pero las mata callando asombrando a las amas de casa y a los cadetes, o contra las medianías que le achacan la falta de suspense y misterio final en el libro porque no ven la metáfora, como el resto de sus atributos, por ningún sitio, por más que los pasea. Contra la gente que demanda humildad en el artista pero presume de descapotable con alerones o de tetas de silicona.
Umbral no estaba dispuesto a ser el intelectual expuesto al desprecio de la ignorancia consuetudinaria ni a la ausencia de reconocimiento en habitaciones sin ventilar en favor de ese que la tiene más larga que tú en la Feria del Libro escribiendo lo mismo que a los quince y que todavía no ha sufrido. Se sabe mejor escritor que nadie y va a retarlos a florete, pistola o daga de la palabra. “Hay que provocar”, dice, y lo que ocurre es que Alejandro Dumas se lo toma en serio y un día casi se presenta en la Casa de Campo con toda la cacharrería. “Soy agresivo, como todos los hombres sin carácter”, que dijo Tolstoi.
Umbral es un sentimental que se lleva muy mal con los débiles, y va a zarandear y a dorar mediocres a fuego lento, confrontando públicamente su obra y su personalidad y desatando el Apocalipsis umbraliano: morir matando cuando al bastardo ya no se le pueden morir más madres ni más niños como manzanas aplastadas. Salvándose él se salva, presuntamente, toda la humanidad. “Si el sol dudara un momento, se apagaría”, declara, y por si acaso es ególatra, existencialista, memorialista, cronista de la villa y corte, poeta, novelista, gamberro, animador sociocultural, castizo, costumbrista, filósofo, su propio departamento de publicidad, su agente literario, su relaciones públicas, su crítico, su mejor lector, un afrancesado y hasta su autorretrato de Goya en Burdeos si hace falta. A los demás sólo les queda acatarlo o declarar públicamente su mediocridad.
Aconsejan los que saben de literatura: “Escribe de lo que conozcas”, y así hay tanto libros últimamente de la princesa de Éboli como alumnos de talleres literarios. “Nadie se conoce mejor que así mismo", era la última concesión de Paco Umbral, lo que pasa es que se repite más que las judías con chorizo, había leído demasiado, y todo el mundo sabe que los que no leen no llegan a nada serio, y los que leen mucho arruinan su imaginación. Pero es el personaje mejor logrado de la literatura española, la fascinante encarnación de todos los cuentos chinos o vallisoletanos que había fabricado en sepia un piernas para redimirse en el vedetismo de su bastaría y del mortadelo en blanco y negro que se trabajaba las colaboraciones de los periódicos por cuatro perras y unas gachas, hasta que pudiese cultivar el humor finolis, guarro y desinhibido, la fritanga literaria y folklórica, metiendo en la misma hormigonera a Cela y a la Duquesa de Alba.
Hay siete tipos de libros umbralianos, más algunos híbridos que no vamos a tratar aquí: las recopilaciones de artículos o Teoría de Lola; las biografías de los poetas y amigos en los que aprovecha para autobiografiarse así mismo con más glamur, como Cela, un cadáver exquisito; la parodia nacional y esperpéntica de Los amores diurnos, las memorias del gladiador de las letras en Las ninfas, el diario vertido como crónica social (a Eduardo Haro Teclen le parecía que Trilogía de Madrid era el mejor libro de Umbral porque lo sacaba allí a él y a sus dóbermans, pero no había demasiada chicha literaria, y hoy sabemos tanto de Haro Teclen como de sus dobermans) los escarceos filosóficos y venerables de Un ser de lejanías, y por último Mortal Rosa, o lo más sincero que ha escrito nadie nunca, y que es lo último que queda.
