ASCENSO Y CAÍDA DE MARIO CONDE
Recuerdo mi propia reacción ante el televisor, viendo entrar y salir a Mario Conde de la cárcel entre dos siglos. “Algo habrá hecho”, pensaba sin formulármelo, más que cansado de una noticia sin parangón que de tan insistente conseguía aniquilar en mí su propia intención de suspense. Estaba todo muy claro, y yo despreocupadamente convencido de que un hombre obtenía una condena de cárcel igual que sales de una zapatería, después de un rato, con el calzado de tu talla, y que esto era verdad tanto para Mario Conde como para el ladrón de verduras. Aunque sólo fuera por el dinero que en sus estudios, y suponíamos que por algo más, habían invertido los papás de las doctas mentes que dictaban sentencia con una exactitud casi matemática. Es más, si a Mario Conde o a cualquier personaje a quién hubiera llevado a la cárcel su relación sospechosa con una cantidad ingente de dinero, le hubieran caído diez mil años entre rejas, en esa época yo hubiera exclamado ante el televisor por la forma que tienen los periodistas de reclamar justicia: “Toma del frasco, eso para que aprendas que con el dinero de la gente que no eres tú no se juega”. Lo contrario, la corrupción judicial, era propio de las películas como el Expreso de media noche y de otros países. Tampoco conocía yo otros países.
Cuando a finales de los ochenta las proezas empresariales de Mario Conde le llevaron a la cúspide de las finanzas y todas las noticias se apretujaban en los márgenes de los telediarios para hacer sitio al personaje de moda, movidos por un morbo que se decantaría, el día que cayera (y tenía que caer por su propio peso) hacia el canibalismo, yo no tenía mucha edad y sólo sentía la misma curiosidad que un probable pastor de las montañas delante de su receptor en blanco y negro oyendo lejanas noticias financieras sobre un tipo oscuro. Sin embargo percibía algo de la agitación general y un poco hiénida de los adultos, la expectación por el personaje brillante y mediático a quien les gustaría parecerse, con sus bien labrados enemigos, un poco peliculero. Esa clase de personaje muy repeinado que por algún tipo de logro económico ajeno completamente a mi naturaleza, tenía derecho a ir por la vida estirando el cuello para demostrar lo que sobresalía entre los demás, lo cual no me generaba ninguna animadversión, a lo más se hubiera presentado como un objeto de estudio. Claro, que yo no lo “sufrí”. Después estaban los esperpentos de las ruedas de prensa: la de la intervención de Banesto, la del CDS, donde el personaje no venía a decir nada de sustancia a mi entender, en otra desesperada agitación para mantenerse a flote, a ver si conseguía ser diputado y dejaban de meterle y sacarle la cabeza de la pila.
He leído dos veces “Memorias de un preso” y por el momento una “Los días de gloria”, y durante todo el relato, sobre cada frase, me he hecho más o menos esta pregunta: “¿Es Mario Conde un personaje ambicioso, analítico y calculador, egocéntrico, omnipotente, de lenguaje seductor tanto en el plano corporal como en el verbal?” La respuesta es sí, como vino a decirle la psicóloga de Alcalá-Meco. La pregunta obligada siguiente es esta: “¿No son esas particularidades de todo carácter destacado, una vez que el Tribunal de Derechos Humanos de la ONU ha declarado la anulación de una de las alevosas sentencias, como por otra parte confirman los entresijos de sus dos libros gordos, mucho más livianas que las que se derivan de personas que se retuercen y se unen en manada para utilizar todos los medios ilegales convenientemente legalizados con los que meter a alguien en la cárcel que saben que es inocente, sólo por un miedo a que su propia indigencia intelectual y humana quede al descubierto y no pueda oponerse a su misma y secreta admiración, ni siquiera convivir con ella?”
Otra cosa que me ha producido estos dos libros de Mario Conde es el aprecio que le he cogido a la figura de Calvo Sotelo, no sé si por eliminación o por no creer que en el ejercicio del poder no le dio tiempo a más.
Cuando la única alianza significativa que casi son capaces de forjar desde la época de la Transición dos padres de la patria, y que no se dio ni con el terrorismo, ni con las crisis económicas ni con la guerra, se parece mucho al comportamiento que podríamos esperar de los tratantes sin educar de una piara de cerdos, me doy cuenta de la dimensión de un personaje, Mario Conde, por el que no siento una especial admiración humana, sin que eso quiera decir lo contrario ni lo de más allá, limitándome a una fascinación de tipo literario, casi cinematográfico hacia el personaje en lo que tiene de héroe y de trágico de nuestro tiempo, como entrevieron sus enemigos.
Pero no es sólo la consecución de récords de España académicos y de batallas personales y empresariales ganadas a veces en el último minuto, con un golpe de genio y perseverancia en la epopeya personal, hasta su llegada al banco de más solera contra todo pronóstico; ni la revolución que su sola presencia causa en todas las poltronas bancarias, esos siete reinos que recaudaban tranquilamente los dineros hasta que empiezan a colisionar con el miedo pintado en sus dirigentes, y en una nueva estrategia del megalodón de los yuppies, en los de todos los medios de comunicación, que en otro siglo aún colea editorialmente en esbirros sin cargo pero con la misma mala bilis; ni es solo el retrato de todo el espectro posible de energúmenos embutidos en una media de seda de Tallyrand que viven del dinero público o no y que con ocasión de Mario Conde salieron de todos los relojes de cuco al mismo tiempo; ni siquiera por los marcos incomparables del los yates y los veleros de Mallorca, las dehesas manchegas, los claustros, las sucursales con una palangana para las goteras que se ponen a la última en tegnología, el brillo que la monarquía da incluso a los no monárquicos a poco que decidan mostrarte tu afecto y tu arrendes tu dignidad un poquito, sólo un poquito; o la rendición incondicional que se hubiera producido en el electorado visto el paisaje si Mario Conde hubiera formado un partido cuarenta y ocho horas después de la tragedia del hombre contra el Sistema para convertirse en otra especie de Suárez sin lanzadera y con menos partidos de tenis a sus espaldas con los dinosaurios del régimen anterior, viviendo como vivía el empresario la política como una homosexualidad de Proust que le veía todo París menos él; ni siquiera por su periplo en las cocinas de la judicatura y en prisión, donde se transforma en superviviente a punto de capo si le aprietan un poco.
Me atrevería a decir que no hay otro Mario Conde porque entonces no había en Occidente un país tan “democrático” como España, ni con algunos de estos especiales elementos, y Ruiz Mateos vestido deSuperman, como que no. Supongo que el fenómeno Mario Conde se diluirá en unos veinticinco años, como algunos grupos de rock, con algún repunte editorial o televisivo recopilatorio, como cualquiera de nosotros, a no ser que apretara todo el material, incluido El Sistema, lo que todavía no ha contado de su juventud o lo que le queda por vivir, en quinientas páginas un poco mejor armonizadas que él último tomo, pero sin traicionar nada, aunque tuviera que emplear diez años en el experimento. Quinientas páginas, ni una sola más, con el sencillo título de “Mario Conde” que no sólo atraparan, sino que convirtieran su epopeya, sin ficcionar, en obra artística, para mayor eficacia en el futuro.
Ahora, que nos cuente que por dejarlos vivir, no mataba unos insectos que mataban por asco incluso algunos compañeros de prisión, y que a cambio esperase a que se pusieran gordos en sus fincas unos animalitos que no han hecho daño a nadie, para descerrajarles un tiro, y en el mejor de los casos, colgarlos de la pared de un salón, es algo ya de juzgado de guardia, que no se le puede perdonar ni a ciudadano Kane.
