PROUST NO MUERDE A LAS VISITAS
12 de Marzo 2012
1.Apelando a la memoria.
A mí regreso a Las Saladas, la polinización me afectaría de tal modo que acabé postrado en cama, con aquel asma ya desterrado, visitado por familiares, perros y gatos, junto a una aparatosa y alarmante botella de oxígeno, un montón de libros y unas vistas de la ruidosa autovía, la esquina del mar, la ciudad borrosa.
Tengo la particularidad de que cuando leo una novela o veo una película que ha conseguido impactarme, mi imaginación suele resaltar de una habitación aquellos elementos mobiliarios capaces de recrearla, y así, por una jornada entera, puedo imaginarme ser uno de los tripulantes de una nave espacial, encontrarme en una dacha de la estepa rusa o sentirme como un patricio romano apunto de darse un baño, sin perjuicio de mi salud mental y de los electrodomésticos que haya de por medio. Con esto quiero decir que al enfermo se le acabaron muy pronto las provisiones de evocadoras novelas del siglo XIX y esas películas de acción y mamporro ante las que no me sentarían ya más que a la fuerza, y me encontré con un libro amenazante, titulado ni más ni menos que Sodoma y Gomorra.
Entre mi familia circulan maletas llenas de libros que habitan en trasteros olvidados de grandes ciudades, y con las que cada cuarto de siglo alguien tropieza. Excedentes de literatura en edición de lujo o colecciones atrasadas y sin estrenar de la edición mexicana del Reader's Digest que se desempolva y con la que se apresura uno a obsequiar a otro diletante de las letras con su propio trastero para dejar sitio al retrato de un biznieto o un trofeo de dominó. También hay cuadernos de cuarto y reválida de los tiempos de la República y las poesías autoeditadas de un profesor universitario gallego que desde La Florida imaginaba en mi abuela y su sobrina, a la primera (y fue la penúltima) de sus lectores, y que a cambio le soltó de golpe una herencia millonaria, no sabemos si para tratar de disculpar su discreto talento a plazos dispensado. Hasta que los libros empezaron a llegar por mi santo.
Sodoma y Gomorra, de Proust. Me imaginé el escándalo con el que una mano virtuosa escondió en lo más hondo de una maleta, allá por 1967, esas páginas leídas a todo correr en un escondrijo para confirmar cualquier sombra de duda interior o alimentar una morbosa curiosidad. No llegaría muy lejos el curioso lector, pensé, pues hay unanimidad gestual, que te hacía sentir un poco culpable, entre bibliotecarios y libreros a la hora de considerar en Proust al mayor pedante universal, incluso sin haberlo leído.
-¿Le envuelvo esta cosa en papel de regalo?
-No hace falta, Proust es asunto mío.
¿Por qué entonces el triunfo de Proust, considerado por los más serios el mejor novelista, por todos los demás un autor intratable que escribe sobre fantasmas nobiliarios en un país moderno y republicano, Francia? Los intelectuales lo encuentran aprovechable y cada día de más prestigioso porque En busca del tiempo perdido es imposible leer en el metro ni convertir en película sin dejarte por el camino todo lo que merece la pena, porque a mucho Premio Nobel el cogollo le hubiera dado para cincuenta novelas pero una sola novela la hubiera mal resumido Hemingway en treinta páginas, porque es un escritor de una saga interminable pero refinada, que es lo contrario de una telenovela; porque Proust es lo más parecido a un filósofo, un erudito que hace literatura ante tantas obras diuréticas, y ofrece esa distinción entre snob y profunda.
Proust es analítico, minucioso, de párrafos interminables, interrumpidos por incisos propios de un afluente amazónico, que a la vuelta te hacen olvidar de qué estaba tratando, de modo que hoy no lo hubiera editado ni una diputación provincial. Proust es desde el primer instante un charlatán que no se cura con el tiempo, y ese señor que en la época de los grandes descubrimientos no se limita a tomar un avión para alcanzar un destino, como todo el mundo, sino que al oír el rugido del motor en el cielo por primera vez, deja caer dos lagrimones, enternecido de la humanidad, y va y te lo cuenta. Así como es capaz de cortar la conversación de un amigo recién llegado del extranjero para demorarse al borde del camino, extasiado por los reflejos de una amapola roja a la luz del mediodía.
Proust es ese escritor poco recomendable que sólo leen los aprendices de novelistas. El superficial, más instintivo, se desentiende enseguida sabiendo lo que le conviene, y hace bien, aunque ignora que en el proceso del buen escritor hay tres pasos ineludibles: el de los tanteos juveniles, el de la pedantería para intentar arreglar los errores de juventud empeorando las cosas, y por fin, la desinhibición de la edad con el poso de las buenas lecturas, pareciendo que todo lo demás son negocios más o menos rentables y fotografías del Taj Mahal.
Vemos a Proust danzar y hacer reverencias fascinado, en medio de esa fauna de sus libros aferrada a viejas grandezas y títulos inservibles que sólo se podían lavar en las guerras y en la cultura, esa gente que aparentemente no tiene nada importante que decir, la aristocracia sin problemas, a los que ya no se molestarán en guillotinar porque son una caricatura de sí mismos que cada día hace más improbable una monarquía, así que Proust viene a contarnos la materia que hay entre un saludo artístico y una diadema de brillantes, esa grandeza que la aristocracia nunca sospecharía. Proust, que parece el hombre vapuleado en sus intervenciones sociales por un ejército de príncipes inalcanzables de la merdé y edecanes a los que no conseguirá engatusar, termina por recluirse para tres lustros en su palomar con su asma y su insomnio de habitación acolchada, dolido de su amante venezolano, con el luto de los padres que tanto temieron por su futuro y con la conclusión certera de que la vida más vivida está en los libros, algunos libros, en la reflexión, y no sólo en esa inconsciencia con la que vamos por ahí dilapidando nuestra comprensión del mundo.
Con motivo de la Primera Guerra Mundial, y en un último intento de eludir semejante responsabilidad literaria, le da la fiebre romántica de tanto escritor snob, miedoso y atormentado e intenta alistarse (tiene cuarenta y tres años) para que lo maten y poder así limpiar todo su historial de ocioso y homosexual inconfeso, pero lo mandan para casa y ya no sirve ni para corresponsal. No hay nada más ajeno en su obra que las trincheras, el azufre, la sangre, las ametralladoras, cuando toda Europa se está matando, y sin ningún sentimiento apocalíptico elabora su obra con la parsimonia de quien oyera llover, examinando su colección de mariposas monárquicas y burguesas, con el placer que ha encontrado en ocuparse de estos personajes que sólo son sus dineros y sus desdenes y a los que él comprenderá con paciencia. No debió recibir demasiada atención en aquellas antesalas, pues la estupidez impediría que le trataran de igual a igual por muy escritor y muy ceremonioso que se pusiera, aunque se hubiera arrimado a ellos imaginándose un igual por su talento, una vez desconfiaba del trabajo que pudiera maltratar su sensibilidad, esperando que esa raza de privilegiados quisiera adornarse con sus frases y sus efectos, así que escribió de ellos cuando ya no los trataba.
“Fue en una matiné que dio la duquesa de Montmorency en honor de la reina de Inglaterra; se formó una especie de pequeño cortejo para ir al buffet; a la cabeza iba la reina agarrada del brazo del duque de Guermantes. En este momento llegué yo. El duque, con su mano libre, me hizo, lo menos a cuarenta metros de distancia, grandes señales de llamada y amistad, como queriendo decir que podía acercarme sin temor, que no me iban a comer crudo en lugar de los sandwiches o del chester . Pero yo, que empezaba a perfeccionarme en el lenguaje de las cortes, en vez de acercarme ni siquiera un paso, a mis cuarenta metros de distancia me incliné profundamente, pero sin sonreír, como hubiera hecho alguien apenas conocido, y luego seguí mi camino en el sentido opuesto. Hubiera escrito yo una obra maestra y los Guermantes no hubieran hecho mayor aprecio de ella que aquel saludo, que era imposible poner en él más cosas, y no dejaban de encontrarle méritos al saludo, pero sin mencionar el que les había parecido más valioso: que había sido discreto, ni tampoco cesaban las felicitaciones, que yo interpreté, más que como recompensa por lo pasado, como indicación para el futuro.”
Extracto de Sodoma y Gomorra, de Proust.
Vemos aquí al pobre Proust, sin otro título que el de escritor en ciernes, hacer un quiebro genuflexo a la nobleza para confirmar artísticamente que no es un arribista, y a la nobleza que aliviada quiere echarle de comer aparte sin darle por ello más cancha. Por lo demás esa nobleza que adora por la excelsitud de su ociosidad y que supuestamente describe en sus formas, no existe, no podría existir, pues Proust es un escritor científico. Si los hubiera tratado más allá de ciertas aproximaciones que le concedían, hubiera sido sacudido más dolorosamente, y su retrato no sería tan placentero, y si en cambio hubiera sido tratado de igual a igual conservaría un reverente respeto. Era esa gente a la que sus padres, por su profesión y orígenes burgueses, no tenían acceso, y de la que Proust sólo lleva noticias fantásticas, y utilizará el racismo reprimido del señor de Guermantes contra su amigo Swan para explicarse por qué lo tuvieron en las antesalas, cuando sólo se hacía fotos en daguerrotipo montando en bicicleta hasta que se volvió él sólo ininteligible. Proust crea a Madame Verdurin y otra gente de poca categoría para explicarse por qué tiene esa aspiración en el alma, la de ser escuchado por la gente más refinada posible, que casi nunca es la que nos lo parece.
El escritor científico, ateniéndose a lo que lleva escrito, va escogiendo cuidadosamente las puertas que abrir a la hora de hacer responder a sus personajes, tratando de causar sensación de variedad, que es la primera piedra de su genio, al tiempo que lucha con su propia complicación, esas cosas en principio accesorias o nimias que el autor convierte en una verdad como un templo al final de una parrafada. En Proust es fácil ver el engranaje, resulta menos sutil que aquellos autores más humildes que no quieren ofender con sus conocimientos ni con sus hallazgos y se muestran tantas veces pueriles a la hora de servirlos. Pero es que nadie se encierra tres lustros en una habitación si tiene talento, como hizo Proust, a no ser para hermanarse con Shakespeare por medio del retruécano. Parece estar analizando lo que hay debajo de la diadema de diamantes a la que se dirige a saludar, ese tratado sobre la sofistificación, hasta que consigue abstraerse y el suelo del salón de baile desaparece bajo sus pies, bajo los nuestros, para tratar con la esencia última y los resortes del ser humano.
Para llegar a ese grado hizo falta ser un voyeur casi de nacimiento, oculto detrás de unos postigos cuando todos los niños se dedican a jugar, mientras él espía y luego retrata las andanzas de monsieur de Charlus y tantos otros, pues no deja de ser a lo largo de sus libros un ladrón de secretos. Proust se asemeja al dueño de un tenderete de marionetas que levanta la cortina para ofrecer al público y disfrutar con él de un espectáculo asombroso, haciendo que toma distancia con una gama de personajes a veces respetables que maneja él mismo y que casi siempre tienen un revés escandaloso y potencialmente homosexual, como él escondía o administraba sus complejas tendencias sexuales y se recreaba en el morbo, y sólo a veces deja escapar un grito en demanda de justicia social. Pero por su propia complejidad, la del hombre que entre otras cosas desea y envidia secretamente a las mujeres y quiere ser deseado por los hombres, Proust no soporta ser clasificado por otro Proust, ni quisiera renunciar a la vida social ni al triunfo literario por su condición, convertido en una especie de diplomático que tiene acceso a lo más brillante y a lo más oscuro.
La suya es la insistencia en la creación de un mundo sensitivo y analítico, cronista de un París que sólo le sirvió de trasfondo y en el que se somete a la jerarquía, en una época de creadores absolutistas que descubren la pólvora cada día, siendo que Proust no se puede resumir en sus hallazgos sobre la memoria en su literatura ni en su magdalena, sino que toca todos los palos, traduciendo los caracteres humanos de la manera más elegante mientras se escucha con placer así mismo, llegando a conclusiones más certeras que las del psicoanalista, a las que sólo puede llevar la literatura, pues la creación se permite jugar con lo absurdo, del que nace su genialidad.
A partir de esa enfermedad del asma me he leído al asmático Proust siete veces siete, convertido en mi biblia literaria durante la fase de la pedantería para intentar arreglar los errores de juventud empeorando las cosas, de la que he tardado demasiado tiempo en liberarme pero a la que estoy tan agradecido.
