domingo, 1 de abril de 2012

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PROPÓSITOS PARA 2013






NOVELA
Inicio: Mayo 2012 - Concluída a mitad de enero de 2013


UN VIAJE QUE EN REALIDAD SON CIENTOS DE VIAJES



















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Proust no muerde a las visitas

 PROUST NO MUERDE A LAS VISITAS
        12 de Marzo 2012
         


        1.Apelando a la memoria. 
A mí regreso a Las Saladas, la polinización me afectaría de tal modo que acabé postrado en cama, con aquel asma ya desterrado, visitado por familiares, perros y gatos, junto a una aparatosa y alarmante botella de oxígeno, un montón de libros y unas vistas de la ruidosa autovía, la esquina del mar, la ciudad borrosa.
        Tengo la particularidad de que cuando leo una novela o veo una película que ha conseguido impactarme, mi imaginación suele resaltar de una habitación aquellos elementos mobiliarios capaces de recrearla, y así, por una jornada entera, puedo imaginarme ser uno de los tripulantes de una nave espacial, encontrarme en una dacha de la estepa rusa o sentirme como un patricio romano apunto de darse un baño, sin perjuicio de mi salud mental y de los electrodomésticos que haya de por medio. Con esto quiero decir que al enfermo se le acabaron muy pronto las provisiones de evocadoras novelas del siglo XIX y esas películas de acción y mamporro ante las que no me sentarían ya más que a la fuerza, y me encontré con un libro amenazante, titulado ni más ni menos que Sodoma y Gomorra.
        Entre mi familia circulan maletas llenas de libros que habitan en trasteros olvidados de grandes ciudades, y con las que cada cuarto de siglo alguien tropieza. Excedentes de literatura en edición de lujo o colecciones atrasadas y sin estrenar de la edición mexicana del Reader's Digest que se desempolva y con la que se apresura uno a obsequiar a otro diletante de las letras con su propio trastero para dejar sitio al retrato de un biznieto o un trofeo de dominó. También hay cuadernos de cuarto y reválida de los tiempos de la República y las poesías autoeditadas de un profesor universitario gallego que desde La Florida imaginaba en mi abuela y su sobrina, a la primera (y fue la penúltima) de sus lectores, y que a cambio le soltó de golpe una herencia millonaria, no sabemos si para tratar de disculpar su discreto talento a plazos dispensado. Hasta que los libros empezaron a llegar por mi santo.
        Sodoma y Gomorra, de Proust. Me imaginé el escándalo con el que una mano virtuosa escondió en lo más hondo de una maleta, allá por 1967, esas páginas leídas a todo correr en un escondrijo para confirmar cualquier sombra de duda interior o alimentar una morbosa curiosidad. No llegaría muy lejos el curioso lector, pensé, pues hay unanimidad gestual, que te hacía sentir un poco culpable, entre bibliotecarios y libreros a la hora de considerar en Proust al mayor pedante universal, incluso sin haberlo leído.

        -¿Le envuelvo esta cosa en papel de regalo?
        -No hace falta, Proust es asunto mío.

       ¿Por qué entonces el triunfo de Proust, considerado por los más serios el mejor novelista, por todos los demás un autor intratable que escribe sobre fantasmas nobiliarios en un país moderno y republicano, Francia? Los intelectuales lo encuentran aprovechable y cada día de más prestigioso porque En busca del tiempo perdido es imposible leer en el metro ni convertir en película sin dejarte por el camino todo lo que merece la pena, porque a mucho Premio Nobel el cogollo le hubiera dado para cincuenta novelas pero una sola novela la hubiera mal resumido Hemingway en treinta páginas, porque es un escritor de una saga interminable pero refinada, que es lo contrario de una telenovela; porque Proust es lo más parecido a un filósofo, un erudito que hace literatura ante tantas obras diuréticas, y ofrece esa distinción entre snob y profunda.
      Proust es analítico, minucioso, de párrafos interminables, interrumpidos por incisos propios de un afluente amazónico, que a la vuelta te hacen olvidar de qué estaba tratando, de modo que hoy no lo hubiera editado ni una diputación provincial. Proust es desde el primer instante un charlatán que no se cura con el tiempo, y ese señor que en la época de los grandes descubrimientos no se limita a tomar un avión para alcanzar un destino, como todo el mundo, sino que al oír el rugido del motor en el cielo por primera vez, deja caer dos lagrimones, enternecido de la humanidad, y va y te lo cuenta.  Así como es capaz de cortar la conversación de un amigo recién llegado del extranjero para demorarse al borde del camino, extasiado por los reflejos de una amapola roja a la luz del mediodía.
      Proust es ese escritor poco recomendable que sólo leen los aprendices de novelistas. El superficial, más instintivo, se desentiende enseguida sabiendo lo que le conviene, y hace bien, aunque ignora que en el proceso del buen escritor hay tres pasos ineludibles: el de los tanteos juveniles, el de la pedantería para intentar arreglar los errores de juventud empeorando las cosas, y por fin, la desinhibición de la edad con el poso de las buenas lecturas, pareciendo que todo lo demás son negocios más o menos rentables y fotografías del Taj Mahal.
      Vemos a Proust danzar y hacer reverencias fascinado, en medio de esa fauna de sus libros aferrada a viejas grandezas y títulos inservibles que sólo se podían lavar en las guerras y en la cultura, esa gente que aparentemente no tiene nada importante que decir, la aristocracia sin problemas, a los que ya no se molestarán en guillotinar porque son una caricatura de sí mismos que cada día hace más improbable una monarquía, así que Proust viene a contarnos la materia que hay entre un saludo artístico y una diadema de brillantes, esa grandeza que la aristocracia nunca sospecharía. Proust, que parece el hombre vapuleado en sus intervenciones sociales por un ejército de príncipes inalcanzables de la merdé y edecanes a los que no conseguirá engatusar, termina por recluirse para tres lustros en su palomar con su asma y su insomnio de habitación acolchada, dolido de su amante venezolano, con el luto de los padres que tanto temieron por su futuro y con la conclusión certera de que la vida más vivida está en los libros, algunos libros, en la reflexión, y no sólo en esa inconsciencia con la que vamos por ahí dilapidando nuestra comprensión del mundo.
     Con motivo de la Primera Guerra Mundial, y en un último intento de eludir semejante responsabilidad literaria, le da la fiebre romántica de tanto escritor snob, miedoso y atormentado e intenta alistarse (tiene cuarenta y tres años) para que lo maten y poder así limpiar todo su historial de ocioso y homosexual inconfeso, pero lo mandan para casa y ya no sirve ni para corresponsal. No hay nada más ajeno en su obra que las trincheras, el azufre, la sangre, las ametralladoras, cuando toda Europa se está matando, y sin ningún sentimiento apocalíptico elabora su obra con la parsimonia de quien oyera llover, examinando su colección de mariposas monárquicas y burguesas, con el placer que ha encontrado en ocuparse de estos personajes que sólo son sus dineros y sus desdenes y a los que él comprenderá con paciencia. No debió recibir demasiada atención en aquellas antesalas, pues la estupidez impediría que le trataran de igual a igual por muy escritor y muy ceremonioso que se pusiera, aunque se hubiera arrimado a ellos imaginándose un igual por su talento, una vez desconfiaba del trabajo que pudiera maltratar su sensibilidad, esperando que esa raza de privilegiados quisiera adornarse con sus frases y sus efectos, así que escribió de ellos cuando ya no los trataba.

     “Fue en una matiné que dio la duquesa de Montmorency en honor de la reina de Inglaterra; se formó una especie de pequeño cortejo para ir al buffet; a la cabeza iba la reina agarrada del brazo del duque de Guermantes. En este momento llegué yo. El duque, con su mano libre, me hizo, lo menos a cuarenta metros de distancia, grandes señales de llamada y amistad, como queriendo decir que podía acercarme sin temor, que no me iban a comer crudo en lugar de los sandwiches o del chester . Pero yo, que empezaba a perfeccionarme en el lenguaje de las cortes, en vez de acercarme ni siquiera un paso, a mis cuarenta metros de distancia me incliné profundamente, pero sin sonreír, como hubiera hecho alguien apenas conocido, y luego seguí mi camino en el sentido opuesto. Hubiera escrito yo una obra maestra y los Guermantes no hubieran hecho mayor aprecio de ella que aquel saludo, que era imposible poner en él más cosas, y no dejaban de encontrarle méritos al saludo, pero sin mencionar el que les había parecido más valioso: que había sido discreto, ni tampoco cesaban las felicitaciones, que yo interpreté, más que como recompensa por lo pasado, como indicación para el futuro.”
           
          Extracto de Sodoma y Gomorra, de Proust.

         Vemos aquí al pobre Proust, sin otro título que el de escritor en ciernes, hacer un quiebro genuflexo a la nobleza para confirmar artísticamente que no es un arribista, y a la nobleza que aliviada quiere echarle de comer aparte sin darle por ello más cancha. Por lo demás esa nobleza que adora por la excelsitud de su ociosidad y que supuestamente describe en sus formas, no existe, no podría existir, pues Proust es un escritor científico. Si los hubiera tratado más allá de ciertas aproximaciones que le concedían, hubiera sido sacudido más dolorosamente, y su retrato no sería tan placentero, y si en cambio hubiera sido tratado de igual a igual conservaría un reverente respeto. Era esa gente a la que sus padres, por su profesión y orígenes burgueses, no tenían acceso, y de la que Proust sólo lleva noticias fantásticas, y utilizará el racismo reprimido del señor de Guermantes contra su amigo Swan para explicarse por qué lo tuvieron en las antesalas, cuando sólo se hacía fotos en daguerrotipo montando en bicicleta hasta que se volvió él sólo ininteligible. Proust crea a Madame Verdurin y otra gente de poca categoría para explicarse por qué tiene esa aspiración en el alma, la de ser escuchado por la gente más refinada posible, que casi nunca es la que nos lo parece.
        El escritor científico, ateniéndose a lo que lleva escrito, va escogiendo cuidadosamente las puertas que abrir a la hora de hacer responder a sus personajes, tratando de causar sensación de variedad, que es la primera piedra de su genio, al tiempo que lucha con su propia complicación, esas cosas en principio accesorias o nimias que el autor convierte en una verdad como un templo al final de una parrafada. En Proust es fácil ver el engranaje, resulta menos sutil que aquellos autores más humildes que no quieren ofender con sus conocimientos ni con sus hallazgos y se muestran tantas veces pueriles a la hora de servirlos. Pero es que nadie se encierra tres lustros en una habitación si tiene talento, como hizo Proust, a no ser para hermanarse con Shakespeare por medio del retruécano. Parece estar analizando lo que hay debajo de la diadema de diamantes a la que se dirige a saludar, ese tratado sobre la sofistificación, hasta que consigue abstraerse y el suelo del salón de baile desaparece bajo sus pies, bajo los nuestros, para tratar con la esencia última y los resortes del ser humano.
        Para llegar a ese grado hizo falta ser un voyeur casi de nacimiento, oculto detrás de unos postigos cuando todos los niños se dedican a jugar, mientras él espía y luego retrata las andanzas de monsieur de Charlus y tantos otros, pues no deja de ser a lo largo de sus libros un ladrón de secretos. Proust se asemeja al dueño de un tenderete de marionetas que levanta la cortina para ofrecer al público y disfrutar con él de un espectáculo asombroso, haciendo que toma distancia con una gama de personajes a veces respetables que maneja él mismo y que casi siempre tienen un revés escandaloso y potencialmente homosexual, como él escondía o administraba sus complejas tendencias sexuales y se recreaba en el morbo, y sólo a veces deja escapar un grito en demanda de justicia social. Pero por su propia complejidad, la del hombre que entre otras cosas desea y envidia secretamente a las mujeres y quiere ser deseado por los hombres, Proust no soporta ser clasificado por otro Proust, ni quisiera renunciar a la vida social ni al triunfo literario por su condición, convertido en una especie de diplomático que tiene acceso a lo más brillante y a lo más oscuro.
          La suya es la insistencia en la creación de un mundo sensitivo y analítico, cronista de un París que sólo le sirvió de trasfondo y en el que se somete a la jerarquía, en una época de creadores absolutistas que descubren la pólvora cada día, siendo que Proust no se puede resumir en sus hallazgos sobre la memoria en su literatura ni en su magdalena, sino que toca todos los palos, traduciendo los caracteres humanos de la manera más elegante mientras se escucha con placer así mismo, llegando a conclusiones más certeras que las del psicoanalista, a las que sólo puede llevar la literatura, pues la creación se permite jugar con lo absurdo, del que nace su genialidad.
           A partir de esa enfermedad del asma me he leído al asmático Proust siete veces siete, convertido en mi biblia literaria durante la fase de la pedantería para intentar arreglar los errores de juventud empeorando las cosas, de la que he tardado demasiado tiempo en liberarme pero a la que estoy tan agradecido.



LAS CLAVES DE MOZART      


      Este es un análisis del talento, la figura y la insercción en la historia del  que para muchos es el músico más dotado de todos los tiempos, con permiso de Juan Sebastian Bach.


            El ritmo: Imaginémonos bailando sobre la superficie de un lago de forma que consiguiéramos no hundirnos nunca. Mozart nos da esa sensación de fluidez, con la armónía siempre muy cambiante para rehuir la monotonía, como si el compositor buscara permanentemente en sus notas la postura perfecta para su propio e inquieto cuerpo. 
        Nada parecido, cuando hablamos del ritmo, al obsesivo de batería marcando el compás para que no descarrile la melodía en una canción, que tanto se parece a las palmas que dan los alumnos de primero de conservatorio y que es un recurso juvenil, efervescente, pero poco sutil, desterrado por todos los grandes músicos de la historia.  Digamos que si Haydn le hubiera dado a los timbales a lo largo de cada una de sus sinfonías no sería Haydn, sería Luís Cobos. 

          La tensión y la distensión. Mozart resuelve la complejidad que se propone: armónica, contrapuntística, estilística y melódica con sencillez. Evita por todos los medios resultar previsible y te mantiene en tensión, a la expectativa de algo importante que se anuncia en todo momento. Cuando por fin se produce (antes de salir de unos cuantos compases vuelve a capturar tu atención sutilmente) tienes la sensación de que nadie podría haber escrito aquello con más coherencia. Mozart no trata de imponer nada, discurre con naturalidad, sin implicaciones ideológicas ni severas tomas de postura artísticas. Digamos que consigue poner a los oídos atentos en contacto con un conocimiento elevado pero al mismo tiempo familiar, con algo que suena como una gran verdad que hacemos nuestra inmediatamente, como si únicamente el compositor consiguiera expresar algo que no somos capaces de manifestar y que llevamos dentro. Para los amantes de Mozart, esta particularidad, este juego misterio y sorpresivo con el oyente para revelarnos algo mágico de forma muy sensible, es más acusada que en el resto de los músicos.

              Imaginación ilimitada y factor de la casualidad: Wagner se asombra de que en Mozart, los pasajes que ponen en relación dos ideas brillantes tienen la misma entidad que estas ideas brillantes más reconocibles. Eso se debe a la propia conciencia del hombre por antonomasia nacido para hacer música, que no da nunca una nota por perdida ni en los cánones que escribía para divertirse con los amigos, y también al provecho que sabe sacar del factor de la casualidad en la creación musical.
             Primero hay que señalar que Mozart era un prodigioso improvisador, y en contra de lo que afirman algunos de sus mejores biógrafos, no necesitaba crear una obra enteramente en la cabeza antes de pasarla al papel (aunque era muy capaz), como demuestra dando a luz a la sinfonía Linz en sólo tres días para satisfacer un encargo de última hora en una etapa de un viaje. Los sonidos son una brutalidad, y Mozart tiene la mayor facultad para modelarlos y convertirlos en música con ayuda de la tradición, para ver de un fogonazo las posibilidades geniales que ofrece un pasaje melódico o unos acordes. Esto lo entendió enseguida, de ahí que bosquejara en la cabeza la obra pero dejara mucho margen para precipitarse por caminos insospechados, y son esos vacíos a la vuelta de la esquina de los que siempre sabe volver, esos choques de ideas aparentemente contradictorias, ahí donde el resto de los músicos se vería impotente para continuar, lo que nos da esa fuerte sensación de que Mozart tiene una especie de conexión divina que explicaría lo inexplicable de su genio y que no anunciaba ni su físico ni su carácter. Esa intensidad le ha hecho colocar cinco o seis obras maestras entre las diez mejores de cada género, y en los primerísimos puestos.
                 La casualidad podría hablar en detrimento de un creador, si no fuera porque el resultado no puede engañar y es inmejorable. Pero ¿qué diferencia, si no es la rapidez de elaboración musical, existe entre la chispa de un Mozart que las caza al vuelo y la de otros músicos que a raíz también de la chispa, crean sesudamente sus obras y las desarrollan durante meses sin alcanzar sus resultados resultados? No se puede reducir a Mozart a la casualidad o la chispa divina, cuando ha interpretado tan bien los libretos de ópera, y la música parece crear a los mismos personajes, dotándolos de un carácter más humano que los de otros grandes operistas.

            Desarrollo: Su padre era intérprete y compositor y ensayaba continuamente al violín o al teclado delante de la madre embarazada la música clásica de entonces, igual que a lo largo de las infancias de Wolfgang y su hermana Mariana, otra niña prodigio del teclado. Los dos estuvieron en intenso contacto con un ambiente muy musical. Mozart, con más genio creativo, se desarrolló en un cruce de caminos entre Francia, Alemania, Italia y Europa Oriental, con sus distintas escuelas musicales, y durante las giras concertísticas de la infancia recibió las revelaciones de los mejores músicos de su tiempo casi sin excepción. En su obra temprana encontramos la fluidez italiana, el rigor germano y la galantería francesa. Pronto conocerá a los hijos de Bach, a los hermanos Haydn, al padre Martini y a Gluck. Esos contactos fueron decisivos en su tiempo.



                Mozart por dentro: el cóctel perfecto: El abanico de la personalidad de Mozart era más amplio que el del común de los mortales, lo que da idea de la gran plasticidad propia de un gran creador. Echando un vistazo a la interpretación factorial de la estructura de la personalidad que hace Eysenck, dividida en melancólicos, coléricos, sanguíneos y flemáticos, el compositor abarca más de dos grupos. Desenvuelto, ocurrente, hablador, amigo de entrar y salir y sociable como un sanguíneo (aunque podría atribuirse al éxito social de su carrera musical, pues en su etapa aciaga nos topamos con un temperamento más bien depresivo y antisocial); activo, optimista, excitable, inquieto y sensible (no agresivo, pero con fuertes tensiones) como un colérico; de humor variable y ansioso, como un melancólico. Hay quien dictaminó que sufría psicosis maniaco depresiva, y también se ha hablado de un carácter bipolar. Digamos que el límite a la locura lo ponía su naturaleza bondadosa.
        Su estructura cerebral era más femenina que masculina (alto potencial homosexual, aunque no necesariamente homosexual), lo que llamaríamos su sensibilidad, un rasgo común a todos los grandes compositores. Estoy de acuerdo con Desmond Morris cuando dice que los homosexuales, gracias al síndrome de Peter Pan, pero creo que también a una mezcla de plasticidad femenina y ambición artística históricamente masculina, suelen tener una inteligencia, una inventiva y una creatividad mayores que la del resto de los mortales. Mozart no era homosexual (aunque no es lo mismo no parecerlo en el estricto siglo XVIII que en el XXI) sino más bien un adorador de las mujeres bonitas y las mujeres músico en particular, sobre todo cantantes, por el efecto que la voz sensual del otro sexo en pleno canto produce en un oído tan sensible y capaz de proyectarla.  Tenía una ambición artística más característica en los hombres por la sencilla razón de que hay mayor número de hombres capaces de arriesgarse y soportar la incomunicación para sacar adelante mediante el juego con lo absurdo una obra no literaria, y muy pocas mujeres que persisten en esos caminos creativos y menos comunicativos,  más presionadas socialmente y así mismas, incluso hoy.
           De los tres biotipos de Sheldon, donde se describen las características temperamentales de pícnicos (o endomorfos) atléticos (o mesamorfos) y leptosomáticos (o ectomorfos), Mozart encaja en el tercero, señalando la postura y movimientos cohibidos, reacciones rápidas, fobia al ruido, mal dormir (fatiga crónica) y apariencia más bien juvenil.
            El doctor Cox realizó un estudio de las obras y la vida de una serie de hombres geniales y estimó que Mozart debía poseer un C.I de 165 puntos. Si está fuera de toda duda que fuera un superdotado intelectual, como demanda una obra de esa dimensión, la suya era, además de una inteligencia musical, una inteligencia afectiva, como destacó en estas célebres palabras: “Ni una gran imaginación, ni una elevada inteligencia hacen al genio; amor, amor y amor, he ahí el genio".

               El aparente distanciamiento de un creador y el futuro de la música: Aunque no contribuya mucho a su leyenda romántica, Mozart podía haber escrito el Réquiem durante un agradable verano en la playa, y no con la conciencia de su propio fin, como demuestra su eficacia al expresar los diversos estados anímicos de sus personajes en sus óperas, escritas en muy breve plazo. Eso no quiere decir que cuando estuviera de buen humor no fuera más tendente a escribir una serenata en Mib mayor que en plena depresión. Simplemente estaba en posesión de la paleta y sabía utilizar todos los colores de forma convincente y eficaz. El compositor, tanto por su perseverancia como por su dominio de esa paleta, se ha convertido ya en una cuestión de confianza. Si escuchamos cualquier obra suya escrita a los ocho o nueve años, podrá parecernos ingenua comparada con sus otros logros, pero comprobaremos, a no ser que un exceso de cerumen nos confunda, que nunca resulta pesada, que el niño no se perdía tampoco y que el adulto no tuvo que arrepentirse de ninguna creación. Aún así sospecho que la obra que le dio tiempo a producir en los treinta y cinco años mejor aprovechados de la historia de la música, en palabras de uno de sus biógrafos, sólo fue la parte juvenil de su carrera, no porque fuera a internarse por caminos más espesos, sino por su vitalidad. 
  Nunca sabremos qué eclipses se habrían producido tras un choque entre Beethoven y Mozart dentro de los muros de Viena, aunque me atrevo a decir que no hubiera renunciado a las cualidades que hoy conocemos, y que su obra sonaría tan fluidamente como la que llegó a crear, pues de otra forma se hubiera sentido muy a disgusto, aunque es probable que el genio de Beethoven le hubiera dado más conciencia de su originalidad.
   Se ha señalado que su música parece hecha con el cuerpo, así que nada más lejos que imaginarnos a un Mozart vanguardista, especulando con el sonido, como se ha hecho después, bregando con todo tipo de estridencias y recursos efectistas, que sería el anti-Mozart.
             Mozart mantuvo por tanto una gran lucidez en su arte, y gustaba reflexionar sobre los problemas de la música... al menos un segundo antes de ponerse a componer, cuando toma el control en esencia el subconsciente, lo que llamamos en su caso inteligencia musical. A diferencia de lo que caracteriza a un romántico, no le parecía adecuado impregnar su partitura de un estado de ánimo personal, que pudiera perjudicar el resultado final, lo cual se corresponde más a sus ideales artísticos que a las cortapisas de la sociedad de su tiempo. “La música siempre debe seguir siendo música”, dijo. Pronto aparecería Beethoven, como decimos, abriendo nuevos caminos, aunque el compositor de Bonn, dado su diferente carácter, no es ni el clausurador de Mozart y ni su continuador, como tantas veces se dice, sino la mejor opción posible hasta la fecha, la de un gran revolucionario influenciado al principio por ciertas obras de su predecesor, como la fantasía para piano k475, los caprichos, la sonata k457 o los conciertos para piano y orquesta nº20 y 24, así como por las sinfonías de Haydn, su maestro terrenal.
           Beethoven explotó el "romanticismo sereno" que ya había madurado Mozart, creando un nuevo mundo más impulsivo e influyendo en los compositores venideros como nadie antes o después, pero no sólo por sus propuestas musicales novedosas y a veces castrantes para algún sucesor de la talla de Brahms, sino también por la imagen que desde entonces tuvieron los compositores de sí mismos como de seres originales, alejados de las fórmulas e innovadores, aunque muy pocos lo fueran realmente, y ninguno alcanzara su genio.
            En el primer tercio del siglo XIX se desarrolló el poema sinfónico. Si no fuera por el título de la partitura y por el programa de mano, nadie sería capaz de sospechar durante un concierto que Tchaikowsky estuviera paseando en su poema sinfónico a Romeo y Julieta, y podríamos imaginarnos cualquier otro drama parecido. Digamos que Tchaikowsky o Richard Strauss eran tan grandes músicos que ni siquiera un poema sinfónico podía arruinar su musicalidad, y estaban lejos de rebajar su arte, mucho antes siquiera de intentar expresar los latidos de corazón de los amantes o los rayos y los truenos. Lo demás se presta a la interpretación, guiados por el título. Pero el poema sinfónico sólo era la más inocente de las propuestas extramusicales que vinieron con el romanticismo, y fue un excelente pretexto para crear mucha música maravillosa.
             A partir de Beethoven se va perdiendo inevitablemente la naturalidad, pues Beethoven sólo tenía un camino, el de separarse de la época anterior, el de radicalizarse en lo posible impulsado por su belicoso temperamento. Además sentía desconfianza del prestigio de un maestro como Mozart que había venido a quedarse, a compartir su propio momento después de muerto, en vez de esperar como Bach a que lo rescatara y lo ofreciera al público un Mendelssoh unos setenta años después de su muerte. Beethoven llegó a sentir verdadera impotencia ante Mozart en géneros como la ópera, con la desafección del público hacia su Fidelio, público que conectaba mejor con un autor de mayor sentido dramático y aún más musicalidad, como era el salzburgués. Con Beethoven se acelera el ritmo de las conquistas, sobre las que antes trabajaba un ejercito de compositores de muy distinto pelaje a lo largo de medio siglo, hasta que aparecía un genio y sobre aquella base hacía su pequeña gran aportación. Así encontramos en Beethoven, que tras las grandes e innovadoras sonatas de su periodo central, algunas de las últimas piezas en el género quieren decir tantas cosas nuevas y quieren revelar tanto del alma humana, que en su originalidad resultan confusas, casi habría que hacerlas acompañar de un texto, y para el propietario de un oído que no esté saturado de estas grandiosas propuestas extramusicales, y un poco muerto musicalmente él también, en muchas obras descubre a un Beethoven que no va más allá de una bagatela o una fantasía tumultuosa y reconcentrada en sí misma. Beethoven llegó a explicar de viva voz sus intenciones musicales en algunas de sus obras para ayudar en su comprensión, lo cual podría entenderse como una especie de reconocimiento de impotencia ante el público.
            Pero Beethoven es todavía un gran genio, otro milagro creativo. A partir de ahí los compositores no vuelven a enganchar el pie en la bicicleta en las cuestas, a no ser mediante retrocesos, a veces bochornosos para sus ambiciones primeras, muchas veces insinceros, y aunque se siguen produciendo obras maestras y se puede hablar de una bocanada de aire nuevo, ocurre también una especie de desplazamiento de los polos, un alejamiento inevitable del sentimiento, cuando no un desprecio al público y un acercamiento a la fealdad y la oscuridad (música dodecafónica), olvidando que el ser humano sigue siendo ese griego antiguo e incluso ese ser prehistórico en lo esencial. A partir del siglo XX todo compositor recién salido del conservatorio y mínimamente dotado trama montarse aparte, pero ¿cómo ser original sobre una columna de excentricidades en las que te han educado tus maestros, en la idea de convertirte en digno hijo de tu tiempo, aunque tu tiempo sea caótico y no le interesen especialmente tus propuestas? Lo primero que hace el compositor hoy, y quizá la mayoría no tenga más recurso, es presentar sus respetos a la musicología o al teórico que le ha tocado en suerte como maestro antes que al público exigente pero también entusiasta, no lo olvidemos. Lo que es bueno para los ordenadores y la tecnología móvil no es tan eficaz para el arte. Finalmente se produce el colapso, pues, ¿qué se puede producir nuevo, y sobre todo atrayente, todas las mañanas, después del caos?
        Mucha música contemporánea nos suena a una intentona de fuga para escapar a de las propias carencias de quien a lo mejor no produciría ni un buen minueto. Lo preocupante es que en su escapada hacia adelante, los buenos compositores, e incluso los genios, resultan obligatoriamente desprovistos de naturalidad, llegan al oyente de manera abrupta. Pero por otro lado, ¿no era inevitable esta deriva que acompañó a las grandes convulsiones del siglo XX, y una vez que la aristocracia bien pensante ya no tenía ningún papel en la creación para producir algo agradable al oído? Es, desde luego, valiente, sobre todo en una época tan comercial como esta, con la victoria final del capitalismo, ir doblemente contra el gusto general.
          En el mejor de los casos (pues la fealdad y el horror sonoro es el suicidio de la música y de tantos autores) se trata ahora de producir nuevos conceptos de belleza, es decir, de eficacia a la hora de producir un entusiasmo mínimo que te conduzca a un concierto de música contemporánea.  Pero esta belleza, esta eficacia y este entusiasmo en realidad no puede ser radicalmente distinto de lo que conmueve a un ser humano que en el fondo, como digo, sigue siendo el mismo que hace siglos. La única manera de producir ese movimiento de una música contemporánea que acompañase al oyente de su tiempo y que ocupara el centro de su interés, como ocurrió hasta principios del siglo XX y la llegada de Schoenberg, en todas las épocas anteriores, sería que los músicos volviesen a trabajar en una sola dirección, incluso partiendo de la propuesta más áspera, pero ya hemos visto que en nuestra época sería un despropósito, por no decir un imposible.
        La musicología empieza a ser más benigna hoy y a levantar el pie del acelerador al hablar de compromiso del creador con su propio tiempo, aunque el compromiso pudiera suponer la desaparición de la música contemporánea, debido a que actualmente alcanza más protagonismo la especulación musical que las verdaderas dotes, incluso en quien las posee. Tenemos así el curioso caso de compositores comprometidos y vanguardistas, críticos con la presencia de música de otros tiempos en las programaciones por una especie de patriotismo de época, pero con un catálogo b para poder pagar la hipoteca, componiendo incluso bandas sonoras para el cine lujuriosillo de la época del destape. La pregunta es: Si les hubieran pedido que fueran sinceros con las propuestas de su tiempo, como mínimo dodecafónicas, ¿habrían podido escribir música para una escena de amor que resultase inspiradora del... amor? La pregunta parece ingenua, pero lleva a una segunda: ¿Sus propuestas pueden entusiasmarnos mínimamente hoy si no se programa en la primera parte de uno de sus estrenos mundiales la sinfonía 80 de Haydn o el Bolero de Ravel, y sobre todo no somos parientes cercanos del autor o al menos su musicólogo de cabecera?
           Alguien dijo que la música nació y murió en el siglo XVIII. Aunque no sea del todo cierta esa frase de que todo está inventado (referida más a que la armonía, la melodía, el timbre y el contrapunto ya los conocemos y teóricamente nada puede sorprendernos, hasta que nos sorprende) hoy, lamentablemente, tiene mucho más interés Las cuatro Estaciones de Vivaldi que viene con la colección del periódico que el último estreno de un compositor actual reconocido en su ámbito. Como síntoma, el mercado discográfico de la música clásica representa un tres por ciento del total, lo cual se corresponde con su nivel de exigencia o conque todos los amantes de la música clásica tenemos la música nocturna de Mozart en casa en al menos tres versiones (estaríamos hablando de muertos muy vivos), y no hay muchas novedades que adquirir que nos produzcan ese tipo de entusiasmo o parecido, algo que no se parezca a la banda sonora de una película de terror. ¿Cuál es el porcentaje que representa la deliberadamente complicada música contemporánea en el mercado e incluso en taquilla, si no es el tres por ciento del tres por ciento como síntoma de su marginalidad?
          Alegar que algún día se comprenderán todas las propuestas musicales, o al menos aquellas a las que vamos vacunados, como tardaron un tiempo en comprender a cualquier genio del clasicismo o el barroco, es peligroso. Casi nadie se preocupará de transitar esos caminos nuevos, y tenemos unos hallazgos sorprendentes, a veces ingeniosos, pero poco madurados, más bien indigestos.
          Mozart fue el primero que vino para quedarse, hemos dicho, y se convirtió pronto en un refugio ante las nuevas propuestas, a veces fascinantes en el envoltorio pero tantas veces pobres musicalmente. Cada vez más instrumentistas, directores y programadores de teatro, echaron mano del repertorio anterior. No es nada extraño ante una propuesta musical contemporánea tan radical, que a veces se anda por las ramas de la filosofía o la astronomía para variar, cuando no la oceanografía, por más que recurramos como narrador a Rafael Taibo con la voz de Jacques Costeau para que nos acompañe a las profundidades, aderezados con los siempre recurrentes textos de García Lorca.
         Mucha gente considera que la alternativa al caos de la música contemporánea es la música popular. Cuando se habla de un músico moderno a casi nadie se le ocurre pensar en ese compositor que ha estudiado durante diez años, y que está componiendo una obra quien sabe si magistral, que no será jamás interpretada en un escenario lleno de luces de colores, donde todo el mundo grita, impidiendo escuchar los supuestos matices. Más bien pensamos en un rockero. Pero las novedades musicales del pop, el rock y otras tendencias populares, que producen frases que revelan una gran ignorancia, cuando no risa, tales como: "Los Beatles son al siglo XX lo que Mozart al XVIII", o :"Si Beethoven viviera adoraría a los Rolling, son puro márketing, y no solo a nivel de megaestrella con pretensiones de adquirir una casita en Palm Beach. La minoría en la apreciación de la música clásica con respecto al grueso de la música popular, que en España, y pese a la enorme creación de orquestas, auditorios y el reconocimiento de toda una legión de nuevos compositores en los últimos tiempos,  es inferior todavía a la de paises con mayor tradición cultural de peso como Alemania, Francia, Italia o Reino Unido, es tan lógica, por su mayor complejidad, como la que existe hacia la gran pintura, la novela o la ciencia, y sus representantes más destacados: Velázquez, Shakespeare o Einstein. El equivalente a un rockero sería en pintura el más popular dibujante de cómic, en literatura el escritor de folletín o de aventuras, y en la ciencia el divulgador científico, siempre más ameno.

          Si es verdad que la progresión en bloque de los músicos populares se parece mucho a una progresión barroca en una misma dirección, y de ahí su pervivencia, explotando unos mismos cauces hasta el aburrimiento por su ausencia de verdaderos genios creativos, se debe más a su impulso comercial, y de ahí su estancamiento. La música rock o pop está limitada por la necesidad de granjear una satisfacción inmediata a un tipo de oyente juvenil que se parezca a todo el mundo, hasta alcanzar millones, y que a la menor complicación armónica o contrapuntística, ya usual unos trescientos años antes, saltaría huyendo por encima de las butacas. Sobre la base de un ritmo de batería al que antes hemos aludido y sobre el que se derrama como en una tostada casi cualquier cosa que de buen rollo, cumpliendo la mínima función de incitación sexual mediante la repetición obsesiva, se han desarrollado las leyendas de numerosos grupos y bandas, con unas voces que no pasarían la prueba de la ducha y que no parecen alterar a nadie, con una escenografía que ofrezca el suficiente ambiente marciano que decante definitivamente al público. Estaríamos hablando de fenómenos audiovisuales, del mundo de la canción, además de poderosos iconos juveniles.
             Hablaremos mejor del mundo de la canción que del mundo de la música, en cuanto al pop y al rock, casi obligatoriamente en inglés, pocas veces en eslovaco o griego. Tenemos bonitas canciones y prometedores pasajes que a veces llegan a ser mejores que muchas farragosas sinfonías escritas por medianos músicos, sobre todo si la megaestrella tiene la suerte de que le haga las canciones un tío, generalmente anónimo, que al salir del conservatorio ya sabía que no iba a ser Juan Sebastián Bach, ni siquiera su primo de Murcia. No se puede ser un genio de los juegos de mesa jugando al parchís, sino al ajedréz. Si el músico pop no vende no existe, lo cual se contradice con la existencia de casi todos los grandes compositores (y otros grandes artistas) a los que llevamos siglos venerando y que a veces no tenían nada que llevarse a la boca, víctimas muchas veces de una envidia casi deslumbrante. Un genio musical acabará siendo rescatado por los suficientes grandes oídos para su pervivencia, al menos en teoría. Sin embargo el ídolo juvenil tiene el mismo corto recorrido que el cantante de ópera o el instrumentista  (no el compositor), pero además, por su poca ambición artística, manifiesta y reincidente en el disco recopilatorio, y porque es su estilo y su puesta en escena, y no su capacidad musical lo que resulta determinante e inimitable, empobreciéndose progresivamente su legado una vez muerto, su obra será enterrada más o menos cuando asome otro ejército de rockeros con la misma impronta, casi cuando el nieto del último que vio al ídolo de masas en directo ponga el disco de vinilo encontrado en el desván y aquello le suene a Josephine Baker bailando el charlestón desnuda con un cinturón de plátanos, que también se iba a cargar a Richard Strauss, alias Odisea 2001. Por estas cosas no podemos hablar de que la música popular haya ocupado el lugar de la modernidad. El lugar común de la música popular es la exaltación, también la balada en cierto romanticismo, más apreciable, y el premio el dinero y la fama mundial patrocinados por la industria musical.
                El genio no recopilatorio se basa en la sensibilidad y en unas capacidades musicales inusuales y muy críticas que a veces amenazan seriamente su frágil salud mental. Con la democracia universal y el sírvase quien quiera en internet, por encima de intereses periodísticos y las triquiñuelas de la industria para meterte el champú de marca en la repisa del cuarto de baño, ya tenemos un ídolo del pop y hasta del villancico por semana, primero pobre y desgraciado, propietario de un garaje donde se reunía con cuatro amiguetes, y luego inevitablemente rico y por tanto vecino en Palm Beach. Digamos que todo el mundo necesita música, y que hay gente a la que le gusta muy diversa música, y que el entusiasmo de unos y otros se parece mucho, si no es el mismo, pues tanto a la hora de escuchar a los Beatles como a Haendel podemos tener la sensación de que estamos bajando algo así como una montaña rusa de emociones, pero los presupuestos son distintos. A un lado tenemos el mundo de la canción, y al otro el arte de los sonidos.
Tchaikowsky dijo que no hay nada más falso que creerse la verdad en música. Una vez dicha esta verdad como un templo, no hay nada más estúpido que la democracia del esfuerzo y la exigencia, entre una izquierda amiga del buen rollo y la tabla rasa para no ofender a nadie y una derecha que suele pensar en lo que resulta beneficioso económicamente o no. Todo intento de alcanzar la excelencia sería relativizado y la cuestión se despacharía diciendo aquello de que el gusto es subjetivo (y lo es, pero a veces está limitado por la ignorancia) menos a la hora de postrarnos ante el ídolo futbolístico, con la indudable demostración del genio que es meter o no la pelotita en la portería contraria.
           
          Volviendo a la música contemporánea. Para que la literatura hubiera llegado al grado de esquizofrenia al que ha llegado la música contemporánea y su desconexión con los espíritus a veces más musicales, habría sido necesario que hubieran desaparecido de los textos las vocales hace casi unos cien años, y entonces no tendríamos muchas ganas de ponernos a descifrar para poder leer. La historia de la música se ha apaisado en nuestros horizontes, y ahora convivimos con todos los siglos casi en plan de igualdad.
         Cuando Mozart, que parece haber sido el último músico en ponerse a componer, decía que la música debería seguir siendo música, se refería a que el inconsciente tenía que imponerse en su arte siempre al consciente. Para quien no entienda lo que acabo de decir, sólo añadiré que Mozart no tomaba drogas, aunque los rockeros, sea por su ignorancia, han tenido el buen tino de no salirse de la base de ese ideal primario, lo que los hubiera arruinado para la parroquia. La combinación artística de la notas ya es capaz de proponer (más que de expresar algo tan certero como quieren los subjetivos musicales, que en su intento llevaría al fracaso o a una merma) cosas grandiosas que se bastan así mismas. Creo que era Copland quien decía que musicalidad es que oigas una sola nota al piano y esta ya sea capaz de cambiarte el ambiente de una habitación.
           En sus óperas Mozart no se pliega tanto al argumento arropando a los personajes, como consigue (y podría hacerlo de docenas de maneras diferentes), que lo que él propone, encaje además como un guante, de forma que si sustituyésemos al cantante por un instrumento solista, obtendríamos una magnífica y fluida pieza de concierto, lo cual no se puede decir de Wagner y otros. Mozart dijo que la poesía debe ser hija obediente de la música, porque es la música la que marca el destino final, el triunfo actual y hasta centenario de una ópera.
          La verdad es que creo que estamos como al principio y que todo sigue dependiendo, para superar los problemas de la música contemporánea que no se plantean en otros géneros como el pop o el rock, y que de alguna manera tuvieron en el pasado, de un golpe de entrecejo genial.


               Curiosidades de Mozart
            -Era muy pálido, pero además componía y tocaba mucho el piano, así que debía andar muy poco bajo el sol, un sol además centroeuropeo, donde se te congela la mano en un parque antes de sacarla del bolsillo para tocarle el culo a tu pareja. Cuando volvió de Italia su hermana lo describió sin embargo como cetrino, que no cretino, como le llamó el arzobispo cuando lo despidió.
            -Su estatura rondaba el metro cincuenta aproximadamente. Debió repercutir mucho en su crecimiento las extraordinarias exigencias musicales a las que le sometió su padre, el trajín de los viajes y que de niño no pudiera ser alimentado con leche materna ni Calcio 20. Napoleón y Kant también se compraban la ropa en la sección infantil, 1,50 de estatura, lo cual debería hacer replantearse muchas cosas a los amantes del baloncesto.
           -Al poco de llegar a Viena, reclamado por su déspota Arzobispo, no se le ocurrió otro lugar para ir a vivir después de escapar de su servicio, que alojarse en casa de los Weber. Aloysia, la cantante de la familia, le había rechazado de manera humillante después de un fugaz romance, y no parecía nada interesado en ninguna de sus hermanas, entre ellas Constanza. Pero ya hemos dicho que a Mozart no le iba la marcha, aunque a veces pueda parecerlo. Tal vez recaló allí  por la posibilidad de volver a hacerse presente en la vida de Aloysia con nuevas perspectivas de futuro (pero esto parecía imposible, al estar ella recientemente casada, sin olvidar que Mozart era muy liberal, y hasta prestidigitador), o tal vez resarcirse de alguna manera, mediante la familiaridad, de aquel varapalo, presentando además esas nuevas cartas que a ella la hiciesen arrepentirse un poco de su decisión. Seguramente Mozart se sentía más seguro entre mujeres a las que ya conocía, sin descartar del todo, como insinúa Constanza a través de un biógrafo, que se hubiera fijado en ella de una manera vaporosamente sensual mucho antes. Entregaría pues a esta toda la felicidad que la otra no había querido.

Francisco José Escudero-Silva 




  





Yo artista. ¿Quién me lo iba a decir?


 


                 


                                               Adolescente jugando con su sombra (2012)

       Hace poco, durante una siesta, estaba oyendo en la radio el homenaje a un pintor recientemente fallecido (Tapies, para qué vamos a andarnos con rodeos), la forma en que explicaban sus obras,  y descubrí que al cerrar los ojos producía formas y colores complejos, y que si me concentraba un segundo adquirían sentido de un solo golpe. Digamos que al concentrarme convertía en algo aquella nebulosa prometedora, a la que luego se le podía dar o no una explicación artística o racional. Si el sueño realiza, por así decirlo, vídeos de nuestro subconsciente, cerrar los ojos un segundo producía cuadros. Podía producir cientos de cuadros posibles en unos minutos, abriendo y cerrando los ojos a voluntad, y hubiera querido tener una impresora de colores conectada a mi cabeza en ese instante, pues lo difícil era plasmar esas impresiones en papel con todos los colores y relieves. Este cuadro que muestro, Adolescente jugando con su sombra,  es un ejemplo aproximado de ese momento de inspiración, pues el resultado final nunca será el mismo, del único cuadro que concebí en un segundo y llevé al papel, o al ordenador más exactamente. La calidad artística ya sería otra cuestión, pero si la mayoría de las obras contemporáneas se basa en un golpe de ingenio, me parece que esta es una obra válida como otra cualquiera, y no tengo ninguna pretensión como pintor. Generalmente el artista trata de despojarse de todos los yugos académicos para llegar a la esencia artítica que está buscando, y eso puede durar décadas, cuando este tipo de impresiones súbitas y más sinceras, te presenta una porción de tu subconsciente tan válida como un sueño. El problema sería la heterogeneidad de la obra producida, pero si puedes elegir entre cientos... Tengo un primo que trabaja en el museo Reina Sofía, y bueno... hemos quedado a comer, me ha preguntado cómo me va, le he dicho que el trabajo me va regulín regulán...  No me ha prometido nada, pero hay una pared junto a una escalera de incendios que está llamando a gritos que la enguarrinen, y ¿quién sabe?


Once the Abobinable Waris Over, Happiness Fills our Hearts (2010), obra de Yayoi Kusama. 

                   


Apuntes biográficos:
LA NUEVA ALUMNA
       




       Quizá la vi bajar de un coche negro y reluciente, unos doce o trece años atrás, cuyo motor hacía trepidar las ventanas de todo el colegio. El humo denso que salía del tubo de escape ennegreciendo la nieve. Su piernecita calzada con un leotardo blanco, su cabello largo y cobrizo coronado por una diadema, un abrigo azul marino con botones amarillos y la insinuación de una falda escocesa. Tenía el rostro esculpido en porcelana, y unos ojos distantes que a mí se me antojaban dos negras y casi oblicuas rendijas. Nada de eso, de cerca debían ser dos enormes caramelos de color miel, lo cual es otra forma de marrón desvaído para romanticones en espera. 

         Era ver como tomaba posesión de aquel entorno que para cualquier otro debería resultar tan hostil, con el curso ya comenzado y viniendo de un lugar tras las montañas, y ya era suficiente para cautivarte durante todo el año aunque desapareciera tan rápido como había venido. Era el despertar de la sensualidad con un envoltorio de inocencia, era como el fruto rebosante que guardaba su semilla de mujer. Se soltó de la mano de su padre, un tipo trajeado y severo, de mirada apabullante, y entró sola en las instalaciones, así que tuve el instintivo deseo de que fuera para mí, de que nos tocara en suerte a toda la caterva, en la mañana invernal, y fuera yo quien concediese a los demás el placer de adorarla. Nunca había pedido ningún deseo, o más bien, preludio de mi independencia de carácter o de mi inconsciencia me creía dispensado de esa clase de suerte.
        Y entonces el deseo se cumplió. Yo, que tenía un creciente y problemático desinterés en casi todo lo que no fueran mis fantasías, que esperaba hastiado a que transcurrieran las horas y las materias mientras olía a bosques metiendo la nariz en el plumier, y de pronto hasta de las fantasías estaba dispuesto a renunciar, acabando con los sueños de evasión. Había contado cada escalón pulsado, cada loseta del pasillo, y allí estaba ese milagro capaz de socavar la inflexibilidad pertinaz del profesorado. Se hizo un silencio de muerte y el director nos la presentó. Se llamaba Alicia Peñalver, natural de Valencia, lugar de peregrinaje. Todavía puedo verla respondiendo a nuestra salutación coral de bienvenida, comprendiendo de una mirada a sus nuevos compañeros con cara de resignación, como si no pudiéramos hacer nada para alegrarle la cara y devolverla a sus queridos orígenes. Donde seres asexuados o muy quemados hubieran encontrado una pizca de antipatía, emanaba una gran serenidad, y todos presentaron su solicitud de amistad esperando desvelar su gran secreto. Ni que decir que tiene que como yo pertenecía a la categoría de los menos aplicados, lo que los psicólogos achacaban a un déficit de atención al parecer incurable, por prudencia o temor a que rechazase lo poco que podía ofrecerle, menos que mi humilde y vulgar amistad, me mantuve al margen, recreándome en su contemplación.
           Más tarde descubrí que los temas de conversación de mi madre y sus amigas incluían en la categoría de honor a esa niña y a su padre, o al padre y a la niña, e intenté infiltrarme en dichas tertulias, aguantando todas las carantoñas de las tías falsas y engolosinadas. Creo que estuve asediando mucho tiempo la paciencia de mamá con circunloquios, pero no podía engañarla. ¿A qué viene tanta preguntita? ¿Acaso te gusta tu compañera?, me desentrañó con ese tonillo que no llamaba al engaño. Había oído que a los niños no les gustan las niñas antes de los diez u once años, y le pareció que había salido muy precoz. A esa edad nos entra un gran pudor, la mínima insinuación que nos relacione con el “enemigo” con el que estamos apunto de confraternizar resulta insoportable. Queremos mantener el control de nuestros sentimientos y nuestra reputación un poco más, bajo el instinto de no querer crecer antes de lo debido, y no podríamos soportar que fuera la comidilla de todo el mundo, que los demás se permitieran juzgarlo, que minimizase y maltratase tu orgullo esa tiranía adulta que no se toma demasiado en serio tus sentimientos. Luego perdemos felizmente tanta dignidad y hasta nos convertimos en nuestros propios pregoneros.
          De momento fueron meses de inquietud, ni siquiera me había convertido en alguien prometedor para ella, y mucho menos lograba encontrar la fórmula que me permitiera entrar en su jardín privado, limitándome a cazar el pavo real de algún rumor ya desplumado por todos. Sólo escuchar su nombre en un sitio que no fuera la escuela o el salón de casa me hacía huir despavorido, tramando convertirme en un superhéroe o deportista famoso con el que ella quisiese tratar después de un tiempo muerto que ya era la felicidad, cuando a lo más que podía aspirar era a sentir celos toda la vida, como un residuo prehistórico de la propiedad.
          Odié por primera vez la llegada de las vacaciones, pues ni siquiera ese mínimo placer de contemplarla de lejos podía durar. Mis notas iban de mal en peor, repetiría curso con seguridad, y mamá no estaba dispuesta a facilitar otro salto olímpico. Con su sueldo de oficinista y madre soltera hizo cálculos en la trastienda y consideró lo que se ahorraría si me pasaba a un colegio público, decepcionada ante mi desastroso rendimiento. Con ese dinero iba a adquirir unas sillas antiguas que le traían por la calle de la amargura y que su jefe le ofrecía a mitad de precio, esperando que le costara también la mitad seducirla, el muy tacaño.
          No puedo describir la angustia que sufrí cuando un día viniendo del colegio vi como las tapizaba en el patio trasero, y sólo pude gritar: “Mamá, ¿cómo vamos a pagar esto?”. A lo que mamá contestó: “Oye niño, ¿tú también me vas a poner impedimentos? Acabo de venir del banco, y no me ha gustado lo que me han dicho sobre nuestras finanzas. Llevo detrás de unas sillas como estas desde antes de que nacieras, y cuando vayas a la universidad, aunque sólo sea un decir, habrá nuevos gastos. Es ahora o nunca”. Planchado, tuve la ocurrencia de alterar el orden de las cosas confundiendo mi presente vulgar con unas muy explotadas promesas, y aún fui más allá. Lo que podía haber sido el relato de un exiguo mérito académico en una asignatura “maría” quedó transformado en un éxito sin precedentes. “Mamá, me he lucido en matemáticas”, fue lo más salvaje que se me ocurrió. Se lo solté tal y como me vino a la cabeza, y si el embuste no hizo que me ruborizase fue porque sólo pensar a lo que estaban a punto de obligarme a renunciar en horario lectivo, me imbuía del mayor heroísmo. Mamá no supo cómo reaccionar, mientras caían del pincel sobre el periódico los goterones de barniz. “¿En matemáticas? ¿Estás seguro? Lo digo porque nadie en la familia ha aprobado un examen de matemáticas desde que yo estudiaba cuarto y reválida, y ya ha llovido. Había pensado que debía tratarse de una tara genética que arrastramos en la familia.”
          A lo mejor me había pasado de listo. Me temblaba todo el cuerpo, estaba a una división con decimales de decepcionarla para toda la vida. Pero era seguir siendo el piojo verde de la clase o un piojo con vistas. “Mamá, recordarás este día”. Ella contestó: “Me lo dices tan de sopetón que no sé si darte un abrazo o enfadarme, cariño, porque no teniendo un pelo de tonto tus notas me han dado tantos disgustos... -se dio cuenta de que todavía no habían llegado a sus manos-. ¿Seguro que no es una mentira piadosa? -se dio cuenta de que una pila de mentiras piadosas podían engendrar un político de largo recorrido-. Seis largos años he estado esperando que me dieses ésta alegría, harta de suspensos, de calabazas, de aprobados raspados en el mejor de los casos... y eran en gimnasia”. Me cogió de la mano y me arrastró a la puerta de casa, pero de pronto se dio cuenta de que estaba un poco crecidito para restregar a nadie mis prodigios, que había sostenido en vano durante tantos años, acordándose de cuando antes de cumplir los once meses cantaba Él vino en un barco de nombre extranjero. Bueno, el resto de la humanidad sólo me había escuchado eructar un ta-ta-tá-taaa-na-taaa-ma que curioso lector abrillantará con alguna percusión.
          Mamá no tenía muy buena opinión de papá ausente, y los vecinos tampoco: “Siempre había creído que pareciéndote a tu padre tenías que ser de efecto retardado -me decía-, aunque tardó mucho menos en salir por la puerta, y hasta hoy. Pero lo importante para ti no es como se empieza, sino como se acaba”, solía decir, y yo me imaginaba a los ochenta y ocho años arrastrando las zapatillas por la acera camino de la administración de loterías más próxima en un último y vano intento.
         Mamá todavía estaba muy apegada a sus sillas, quedaba vencer la última resistencia, y le dije que no debía interrumpir mi progresión: “No debes interrumpir mi progresión. En éste colegio puedo prometer y prometo...”. Me quedé en blanco, pues a veces las mentiras no tienen mucho recorrido, y prefería atenerme a mi última mentira piadosa ahora que se había ilusionado conmigo y no tenía ningunas ganas de hacer averiguaciones sobre mis calificaciones escolares. “¿Qué es eso que prometes?” -me preguntó-. “Pues eso -le contesté-, que puedo prometer y prometo”. Entonces ya no se pudo aguantar: “¡Hijo mío, mi niño, ya tienes hasta vocación de político de la Transición!”. Como es lógico quise bordarlo: “Mamá, la Transición es un periodo de cambio que nos dimos los españoles para inaugurar un proceso de paz y prosperidad que dejase atrás la oscura noche de los tiempos...”. “Bueno, bueno, ya está bien, a ver si te va a dar una fiebre reumatoide o algo semejante y te va a salir humo por las orejas”. Me hizo tumbar en el sofá con la Game Boy y me puso una bolsa de agua caliente en la frente, pero pensándoselo mejor, volvió y se llevó la Game Boy y me puso entre las manos un libro de Camilo José Cela. No, no era Madera de Boj, pero era digno precursor. Luego se quedó mirando las sillas que se interponían en mi camino de redicho académico, y supo lo que tenía que hacer:
           -“¡Maldita sea -dijo diez días después de barnizarlas, de observarlas doce horas al día, de invitar a los vecinos a casa para que se fuesen despidiendo de ellas-, las devolveré, qué pesado! Está bien, creo que es por una buena causa, mi jefe lo comprenderá... ¡Ya lo creo que lo comprenderá! Tú seguirás en ese colegio, pero con tu primer sueldo de notario me vas a regalar unas estilo Alfonso XII. Ahora voy a dormir, no quiero pensar en nada, no vaya a ser que mañana me levante con la pierna cambiada y me de por devolverlas”. Fue su último intento. “Pero mamá, si de lo que se trata es de que las devuelvas”- le dije. “¡Sí, eso he querido decir, puñetas... y lo alegre que estoy yo”.

L

                                    Divertimento. I. Allegro                    


                             

                                Divertimento II. Adagio


                            Divertimento III. Rondó                                     



LA PAX DE MOURINHO Y GUARDIOLA.
             

      El aficionado del Real Madrid admira de Mounrinho su liderazgo, su tenacidad, la capacidad para inculcar en los jugadores el espíritu combativo basado en la estricta aplicación de una estrategia que se ha demostrado exitosa, especialmente en el uso acertado del palo y la zanahoria a las estrellas del equipo para no minar ni perturbar un ápice la moral del conjunto, como ocurría antaño con los Beeckham, el díscolo Guti y otros hombres anuncio. La paradoja es, que al tiempo que ha creado esa especie de cinturón de hierro en torno al entrenador, Mounrinho se mosquee cuando el público del Bernabeu disienta, y además tan tímidamente, respecto al planteamiento timorato contra el eterno rival, escocidos por esas derrotas político-futbolísticas acumuladas en tan corto espacio en las que el resentimiento histórico de un Barcelona ahora intratable, consigue trasladarse a un aficionado madridista que por esa misma superioridad tradicional en títulos, disfrutaba las victorias dentro del ámbito deportivo. Es ahí donde el mismo entrenador que ha caldeado el ambiente, irritado por la falsa humildad de Guardiola, demuestra ser un entrenador de paso, para el que los colores son él y su palmarés, antes de volver a cambiar de aires, Inglaterra, por ejemplo. Es cierto que en Inglaterra el aficionado se muestra incondicional con su equipo en la derrota, a diferencia de un madridista levantisco, que teniendo derecho a todo después de pagar la entrada se muestra tan poco fino y exigente que parece estar pidiendo que le lleven un puro y una copa a la grada para que se vaya contento, como lamentablemente tuvieron que padecer Michel y otros en plena celebración de títulos.
       Mounrinho es consciente del desafío. Nunca antes se juntaron en el Real Madrid un entrenador y un jugador tan determinantes como él y Ronaldo, esos dos portugueses con un destino, y ha tenido que ser cuando la hegemonía de ese Barcelona con la columna vertebral mundialista, divinizado por el presunto mejor jugador de todos los tiempos, y dirigidos por el hijo de la tierra, estaba rompiendo el techo del Milán de Arrigo Sacchi y del Real Madrid de las cinco copas de Europa, llevando a la liga española a su época de oro. ¿Abandonará Mounhinho en cuanto consiga la liga o la Champions para poner a salvo su reputación, ahora que está en alza y en la cresta de esa ola que nunca volverá a repetirse?
         En contra del criterio de los que ponen a la Premier como ejemplo de competitividad a la hora de elegirla la mejor liga del mundo, con cinco equipos fuertes, frente a ese tratado de Tordesillas de la liga española entre Real Madrid y Barcelona, condenados a repartirse todos los títulos nacionales y convirtiendo en comparsa al resto de sus rivales europeos, se ha demostrado que nuestra competición es un polo de atracción mundial que no distingue de latitudes y que ensombrece cualquier otro duelo: Inter-Milán o Manchester United-Liverpool. El resto de los equipos se está contagiando de ese impulso, como si los dos grandes tiraran de ellos hacia arriba, como se demuestra con los últimos resultados en la Europa Ligue. Esperemos que ni Mourinho ni Guardola den esquinazo a la historia del fútbol y nos regalen tres o cuatro años más de espectáculo. 




                                                       SINFONÍA Nº1  II. Andante       


    FRANCISCO UMBRAL
  GEOMETRÍA DEL DANDI
    


             El cadáver de Umbral dio mucha guerra en vida. Cuando murió, un mes de agosto, el mundo de las letras pareció recuperar la paz y el sosiego perdidos, las academias desmontaron sus barricadas y los imitadores, discípulos celosos los unos de los otros, se desbandaron y volvieron a escribir casi de cualquier manera, abandonando en el banco de un parque incluso esa chulería que habían tomado prestada.
            “Yo no soy un escritor, soy un género literario”, se quejaba astuto, el maestro, última gran síntesis de las letras, preñado de erudiciones y metáforas hurtadas/lustradas de las librerías y hasta de los paraninfos, que se llevaba ocultas en la gabardina del exhibicionismo, y a través de las cuales se podía rastrear todo el siglo literario español sin levantarse del sillón de mimbre. Umbral: “No me gusta repetirme”, ese hombre que yendo a comprar el pan compuso 200 veces el mismo concierto o el mismo libro, como declarara Stravinsky de un tal Vivaldi. Escribía de memoria, y como los viejos rockeros cuando mueren, el personaje y la obra se acababan con él, primero por la reiteración y luego porque era una memoria muy creativa, la suya. Cuarenta o cincuenta años disparando a todo lo que se mueve con la Olivetti con la que llenaba a discreción de metralla todas las esquinas del oficio de escribir, para acabar donde empezó, hecho un Larra desperdigado que una universitaria rezagada se llevará a casa para mezclarla en un cajón con su ropa íntima, pero las cosas ya no funcionan así. Salió fumata blanca, pero su periódico declaró desierta su columna, que ya no frecuentaba, colgando del mismo gancho al último superviviente de sus compinches y sus parrandas, que le llamaba maestro, con la cortesía de una viñeta que marcara distancias entre el genio y la imitación.
               Dicen que algunas madrugadas neblinosas de Vallecas se aparece a los barrenderos y las meretrices en un cruce de calles, bufanda, abrigo largo y sombrero de copa alto, pues el snobismo sigue trabajando, pero que su voz de ultratumba habla cheli y los otros dominicano, y la cosa se queda en otra boutade.
            Y sin embargo hubo un tiempo en que escritores prósperos e imberbes soñábamos con peregrinar a Madrid en puente aéreo y clase business, para hospedarnnos en las pensiones baratas con olor a coliflor, buscando la gallofa del pueblo, el camastro chirriante, el tomate rojo del gladiador de las letras en el vacío del frigorífico, que curiosamente tenía luz, esperando entre lágrimas que a última hora una matrona nos quitase la oda de entre las manos y nos hiciese una paja por compasión, a ver si se nos pegaba algo, o una colitis. Los que llegaron a tanto terminaban de mear con beatitud en una palangana llena, con cuidado de no salpicarse los zapatos de cocodrilo, a pesar que el maestro había dicho que había que meterlo todo en el libro, y se marchaban pitando a firmar sus cosas en El Corte Inglés, a medio poner los tirantes y subiéndose a trompicones los calzones estampados de El coche fantástico.
         Umbral tenía la propiedad de transformar hasta la podredumbre en esplendor, acrecentando de leyenda al gamberro intelectual que amedrentaba tanto a los académicos como a los cachorros, con la frente alta y las greñas de maestro severo de pueblo o dentista temible y hosco, cultivando la antipatía. Así, los aristócratas en suéter de las letras, supuestamente rebeldes, los ansones y los cebrianes, que tenían hechas sus costumbres y sus tertulias dentro, prefirieron, escandalizados, a un economista que a un autodidacta. Al genio le daba la ventolera, y al próximo académico lo editaban en tebeo en el suplemento infantil. Por cosas así hoy en día tiene más prestigio quedarse fuera que ir a que te pongan deberes a la Docta Institución.
      Los cachorros que traspasaron su intimidad veían en Umbral a un rollings de las letras, el carácter discriminatorio en el que salvarse ellos, capaz de montar el pollo y de poner a parir a los padres, esos padres que poco antes no les daban paga ni para las zapatillas de baloncesto, destinándoles a la literatura. El viejo zorro testarudo, ya jugando a momia de sí mismo, se dejaba agasajar en su dacha paseando su mirada por encima de las coronillas y los cuadernos emborronados, gratificándoles con su cinismo y cronometrándoles los artículos “dejar que los jóvenes se acerquen a mí”. Pero no sacó a pasear la túnica púrpura, sin la cual volvían a casa. Él maestro se miraba con el otro ojo en el espejo del salón, a ver cómo quedaba antes de que la santa llamara al gran egoísta a la trastienda para darle la tortillita a la francesa y ponerle la inyección en el culo.
       Dandi y erotómano, lleno de presuntas amantes y demás fornifollaciones, se mostraba paternal con las hembras del periodismo y la poesía, y estas le profesaban un respeto casi filial, adolescente y tembloroso. Eso las salvaba del gran macho de las letras, amparadas las entrepiernas por los libros sobre sus novios que no las comprenden y sus bulimias.
     Frente al poeta que tiene arrendado el último jardín con flores, frente a los políticos crispados o malhlerianos, frente al filósofo al que la novela le parece algo insustancial y como de críos, que hubiera querido ser artista él mismo, razón por la cual se mete en todo sin saber de nada, Umbral se da una patina intelectual poniéndose los gemelos de Heidegger para proyectarse como ser de lejanías con miopía y astigmatismo, cuando hace mucho que no le salían las novelas con un muerto en la página diez y no es capaz de distinguir una huella dactilar de un elefante, y también eyacula metáforas felices llenando el último medio siglo, o se folla a Alma Mahler para fastidiar a Alfonso Guerra.
        Para el artista en las alturas y coronado de sí mismo, las reglas son muy otras a las de la vida. El verse vivir así y hacer de tu madre Greta Garbo o Antoñita la fantástica ya da la soberanía del talento que reclama su servidumbre, eso a lo que las personas decentes pero pecadoras en la intimidad no se atreven nunca. Umbral, advenedizo de las letras, reacciona con violencia contra la imagen del escritor amable y de salón que no quiere ofender con su talento pero las mata callando asombrando a las amas de casa y a los cadetes, o contra las medianías que le achacan la falta de suspense y misterio final en el libro porque no ven la metáfora, como el resto de sus atributos, por ningún sitio, por más que los pasea. Contra la gente que demanda humildad en el artista pero presume de descapotable con alerones o de tetas de silicona.
        Umbral no estaba dispuesto a ser el intelectual expuesto al desprecio de la ignorancia consuetudinaria ni a la ausencia de reconocimiento en habitaciones sin ventilar en favor de ese que la tiene más larga que tú en la Feria del Libro escribiendo lo mismo que a los quince y que todavía no ha sufrido. Se sabe mejor escritor que nadie y va a retarlos a florete, pistola o daga de la palabra. “Hay que provocar”, dice, y lo que ocurre es que Alejandro Dumas se lo toma en serio y un día casi se presenta en la Casa de Campo con toda la cacharrería. “Soy agresivo, como todos los hombres sin carácter”, que dijo Tolstoi.
       Umbral es un sentimental que se lleva muy mal con los débiles, y va a zarandear y a dorar mediocres a fuego lento, confrontando públicamente su obra y su personalidad y desatando el Apocalipsis umbraliano: morir matando cuando al bastardo ya no se le pueden morir más madres ni más niños como manzanas aplastadas. Salvándose él se salva, presuntamente, toda la humanidad. “Si el sol dudara un momento, se apagaría”, declara, y por si acaso es ególatra, existencialista, memorialista, cronista de la villa y corte, poeta, novelista, gamberro, animador sociocultural, castizo, costumbrista, filósofo, su propio departamento de publicidad, su agente literario, su relaciones públicas, su crítico, su mejor lector, un afrancesado y hasta su autorretrato de Goya en Burdeos si hace falta. A los demás sólo les queda acatarlo o declarar públicamente su mediocridad.
        Aconsejan los que saben de literatura: “Escribe de lo que conozcas”, y así hay tanto libros últimamente de la princesa de Éboli como alumnos de talleres literarios. “Nadie se conoce mejor que así mismo", era la última concesión de Paco Umbral, lo que pasa es que se repite más que las judías con chorizo, había leído demasiado, y todo el mundo sabe que los que no leen no llegan a nada serio, y los que leen mucho arruinan su imaginación. Pero es el personaje mejor logrado de la literatura española, la fascinante encarnación de todos los cuentos chinos o vallisoletanos que había fabricado en sepia un piernas para redimirse en el vedetismo de su bastaría y del mortadelo en blanco y negro que se trabajaba las colaboraciones de los periódicos por cuatro perras y unas gachas, hasta que pudiese cultivar el humor finolis, guarro y desinhibido, la fritanga literaria y folklórica, metiendo en la misma hormigonera a Cela y a la Duquesa de Alba.
        Hay siete tipos de libros umbralianos, más algunos híbridos que no vamos a tratar aquí: las recopilaciones de artículos o Teoría de Lola; las biografías de los poetas y amigos en los que aprovecha para autobiografiarse así mismo con más glamur, como Cela, un cadáver exquisito; la parodia nacional y esperpéntica de Los amores diurnos, las memorias del gladiador de las letras en Las ninfas, el diario vertido como crónica social (a Eduardo Haro Teclen le parecía que Trilogía de Madrid era el mejor libro de Umbral porque lo sacaba allí a él y a sus dóbermans, pero no había demasiada chicha literaria, y hoy sabemos tanto de Haro Teclen como de sus dobermans) los escarceos filosóficos y venerables de Un ser de lejanías, y por último Mortal Rosa, o lo más sincero que ha escrito nadie nunca, y que es lo último que queda.



DE CRÉDITOS BLANDOS Y CARADURAS


       Entender de economía, no entiendo ni j, pero la banca pública parece ser la única alternativa, aunque fuera coyuntural, a los desmanes de la banca privada: retención del crédito, lágrimas de cocodrilo que conmueven a gobernantes sospechosamente caritativos, y jubilosas gratificaciones bajo cuerda conque tío Gilito demuestra que nadan en oro, premiando a sus muchachos del consejo por los servicios prestados en el momento que pasan a la bolsa, la del pan. Últimamente ya no se cortan nada, haciendo públicas las plusvalías abusivas, demostrando su poder a través de la indignación pública a otros banqueros con los que traman al golf, y que la rabieta de la gente ya se pasará o se la suda. Para ejercitarse da igual un agujero que otro.
       Los políticos en año electoral tienen muy bien ensayado el rictus dramático conque amenazan con arrojar al Banco de España contra la banca privada, pero todo se queda en experimentar con la economía, y si mueve a mucho escándalo dimiten en falso de las cajas de ahorros, como si no fuera que va a venir a calentar el sillón vacío un sujeto proveniente del mismo sarao. En España las donaciones a los partidos no funcionan y no son desinteresadas, porque para que mandes tú con mi dinero, pensarán, voy y me monto yo (no se sabe si un partido o una empresa concesionaria), así que la bestia de los grandes mítines que llenan las plazas de toros, las fundaciones a los muertos vivientes y los vídeos perrunos, necesitan financiación.
      Veremos a los dos grandes partidos arrojarse las tijeras de costura conque nos están haciendo un traje nuevo que aprieta por todos sitios o las cajas fuertes que se vaciaron para enseñar a aparearse a la mariposa malaya, como si lloviera el dinero, pero lo que no harán nunca es lo más perentorio, hacer pasar a los bancos por el aro o crear la banca pública para que fluya el crédito. Alguien dijo que el dinero tenía que estar en algún sitio, y al parecer lo está.
       Los mismos partidos que piden el voto tienen estimaciones de las tiendas y las fábricas que van a cerrar en un mes, pero centrando la atención en meterle el dedo en el ojo por su irresponsabilidad al rival político, hacen que nos confiemos y creamos que para salvarnos todo consiste en ir a votar.
     Los partidos son grandes familias con muy trabajadas ascensiones que aseguran prosperidades a los correligionarios que aguantan el tirón. Su principal preocupación, una vez que nos han mareado como a los espectadores de un partido de tenis donde la pelota fuera el dinero, la red más fallona la banca y los tontos que miran, nosotros, es que si les faltara el crédito no podrían ostentan el privilegio del bipartidismo (aunque otras formaciones guardan la misma prudencia), y un día todas las siglas representarían lo mismo. A ese miedo son capaces de someter hasta nuestra salud, nunca la suya, porque por lo que cobran y lo que van a cobrar cuando los fichen en la cosa privada, después de estar en la cosa pública, los maestros y los médicos se los rifan.
      El voto cautivo o la radicalidad habitual de los grupúsculos políticos aseguran a los grandes partidos un mínimo caudal de votos (del otro ya se encargarán los bancos) que no puede arruinar ni la mayor pifia política, y como hay suficientes vasallajes regionales para dar la impresión a los bancos de que los que cortan el bacalao, son los que son y los de siempre, tampoco les faltará nunca el dinero para la publicidad y las grandes concentraciones de masas agilipollables o congresos.
     En nuestra condición plebeya habita la creencia de que el dinero lo inventaron los mismos que nos lo niegan, y por eso pueden seguir negándonoslo aunque nos lo hubieran sustraído subrepticiamente. Pienso en un voluntariado bancario, tipo ONG, que aunque no diera créditos ni repartiera dividendos lo guardarse como debajo del colchón, el banco del colchón (total, para verlo pasar...), hasta que un día los bancos tuvieran que bajar a beber al rio.

2 meses después:
            La última pirueta del presidente del gobierno quedará en los anales de la incompetencia. Ha esperado a que se produjeran las elecciones (sospechoso miedo a ser perjudicado por el electorado) para aprobar por la cara el indulto a un alto ejecutivo del Banco de Santander, beneficiario principal de los gobiernos socialistas, y para ello ha anulado la sentencia del Tribunal Supremo. Después, con la dudosa legitimidad que da la presidencia en funciones y tal vez para distraer a sus afines de la maniobra, ha entregado más de siete millones de euros a la Asociación de Memoria Histórica, que se desentiende de una de las partes en conflicto para reivindicar precisamente a las víctimas que luchaban  sobre todo contra el capitalismo. Se trata del presidente del gobierno que debido a su erroneos diagnósticos sobre la crisis y a la mala gestión de las cuentas públicas, había doblado el espinazo para satisfacer a los poderes económicos que reclamaban un ajuste, aunque fuera perjudicando a las economías familiares. Tal vez dolido por el rechazho político, el monclovita se ha quitado la careta para mirar por su retiro dorado y el del partido. Hasta el último minuto el despilfarro, la incongruencia y la injusticia de uno que venía de hombre justo.


Hubo un tiempo en que no ser griego, era ser bárbaro

Hubo un tiempo en que no ser griego, era ser bárbaro. 



                           La Academia de Platón  - Casa del consejo vikingo
             Europa está cada día menos madura, de una jaula de grillos condenados a funcionar como una orquesta se está convirtiendo en el ordeno y mando del más fuerte. La madurez de Europa consistía en que Alemania y Francia fingían que todos los países valían lo mismo, y a la hora de las grandes decisiones se actuaba por consenso, de modo que Malta tenía el mismo derecho de veto que Alemania. Un día ya no fue suficiente, el día que los alemanes decidieron que las contrapartidas se habían terminado, y la volvieron a liar. A diferencia de otras tentativas ya no ha hecho falta enviar tropas por toda Eurolemania para dominar a los vecinos en la idea de que no saben lo que quieren y los métodos teutones para el tratamiento de la individualidad y la independencia nacional les enseñarán a ser libres. Ahora basta conque sean rentables. Y ¿qué animal es aquel del que todo se aprovecha? Según los medios británicos, los PIGS (Portugal, Irlanda o Italia, dependiendo de la conciencia de superioridad nórdica de quien esgrime el acrónimo; Grecia y Spain), los cerdos, como nos denominan por el norte, pues economizan hasta para agruparnos.
          


              


             Sólo ha hecho falta una crisis persistente y la demostración de que en algunos países la insolación incapacita para organizarse, y ya se han convertido en nuestros tutores por nuestro bien. Incluso han contado con la colaboración de un gobierno de Francia en pose permanente, con un afán de protagonismo que roza el delirio, especulando con la Entente Cordiale para demostrar su influencia en el mundo mientras el resto nos quedamos mirando como se lo montan, y todo en la idea de que los alemanes son la fuerza bruta y ellos son la inteligencia. Los telediarios abren hace tiempo con este titular: “Francia y Alemania se reúnen para decidir el futuro de Europa”, y nadie parece ofenderse. Ahora la clase política francesa, más bien de derechas, ha empezado a temer que pudieran ser fagocitados ellos también. Cuando se le acabe la cera veremos al Elíseo encabezando la rebelión contra el gigante, llamando a Bruselas para que prevalezcan la igualdad y la solidaridad, o al menos haga y deshaga. Hace poco el periódico francés Liberation se metía en las botas con alzas del general corso, titulando con displicencia: “Después de los griegos, los latinos”, en referencia al próximo dolor de cabeza que les obligaría a enmendarnos, marcando distancia genética con esos países del sur que a la clase política francesa siempre le ha servido para aliviar sus complejos con una Alemania que es mejor tener como amiga que como enemiga. Me llama la atención ese desplazamiento de la denominación por el cual los Estados Unidos son América, de lo cual no cabe duda, y así la llaman los mexicanos, y los mexicanos, ya que no son americanos, son latinos, como los llamamos en España los mismos que les enseñamos esta lengua derivada del latín. Bueno, y ¿nosotros qué somos? Los franceses lo tienen claro, somos latinos, a condición de convertirse ellos en pequeños alemanes o Axteris y Obelix (es un secreto a voces que los romanos del cómic en realidad son los malditos boches).

      Los ingleses también lo tenían claro y siempre habían mirado con recelo a Europa, en la idea de beneficiarse de lo bueno y ponerse en guardia a la hora de pagar las consumiciones, pero ahora que Alemania ha tomado las riendas y sus ex-colonias coquetean con los gigantes de verdad: USA y China, ya no se trata de comer mientras no dejas comer, hay que estar a la que salta. Han alimentado durante tanto tiempo su escepticismo insular (cuando había un temporal, no era Gran Bretaña la que estaba aislada, sino Europa, es de suponer que hasta Vladivostok), que el provincianismo se impondrá en todos los referéndums de carácter hipócrita que suelen convocar periódicamente sus dirigentes en la esperanza de que la gente entre en razón y no les penalice políticamente, condenando mientras tanto a ese país a una posición marginal en la toma de decisiones, incluso a la hora de pringar en su beneficio. Este fin de semana todos los periódicos de Europa eran un clamor a la hora de señalar que la reina histórica de todas las alianzas continentales se quedaba sola.

       Nadie discute que las naciones del sur, menos industriales, se han portado irresponsablemente con el dinero, a pesar de que eran bancos alemanes y franceses los que se forraban aprovechándose de la relajación de nuestras costumbres. Lo que preocupa es que la humillación del rescate no la dirija Bruselas, que sería como una especie de reunión de alcohólicos anónimos que te acaba comprendiendo, sino Berlín, convirtiendo a sus nacionales en ciudadanos de primera clase frente al resto, pues son los alemanes los que votan al canciller que por su bien nos apretará las clavijas e impondrá su forma de ver las cosas, haciendo notar además que no se puede esperar nada bueno de los parientes pobres. El presidente de la Comisión Europea, Van Rompuy, viéndose en tan mal lugar, calificaba de “chiste”, la intención de Alemania y Francia de imponer sanciones a los países que no cumplieran con el plan de déficit que ellos mismos diseñaran. A lo mejor la gracia o la Grecia le acaba costando el puesto.

Todavía nos acordamos por aquí de cuando, a finales de los noventa, Francia y Alemania sacaron adelante unas exigencias a su medida que había que cumplir para entrar en la moneda única. España las cumplió contra todo pronóstico, con más solvencia que Francia y Alemania, y hubo que ampliar los plazos para que los amos del cotarro no pasaran apuros. Era como haberle ganado una carrera a Usain Bolt y que le dieran la medalla a él, sólo porque se había quejado del viento imprevisto. Luego se ha demostrado que aquello era un espejismo basado en el ladrillo que nos permitía vivir por encima de nuestras posibilidades, pero está claro que fuimos los primeros de la clase por un día. Los alemanes piensan que siempre son demasiado generosos, pero es una generosidad muy bien recompensada, basada en la menor industrialización de los países que podrían fabricar sus propias lavadoras y coches más baratos, y que acaban convirtiéndose en economías subsidiarias por la sencilla razón de que un latino tarda mucho tiempo en tomar en serio la idea sobre una lavadora de otro latino, mientras a los anglosajones y a los germanos no se les escapa nada. 
           Por fin Europa como negocio, de modo que el gobierno alemán soltó el globo sonda de que se podía expulsar de la Unión a quien no cumpliera ciertos requisitos, olvidando la historia, los lazos y los ideales europeos de un Billy Brandt.

              El ideal igualitario se diluye entre el egoísmo y la responsabilidad de unos miembros de la Unión que se comportan como niños en una escuela, donde Alemania sería la delegada, la líder y la empollona, además de una fuerza bruta con la que nadie quiere verse las caras en el recreo. Francia es aplicada y redicha, y se arrima a Alemania con buen ojo para no tener que sufrir otra vez el zarpazo del oso. El Reino Unido era soberbio, distante y hasta despectivo, siempre aparentando tener cosas mejores que hacer que intervenir en los líos de los demás, pero cada día que pasa es más suspicaz ante el compadreo que se traen los dos grandes. Después tenemos a los aplicados repeinados de la primera fila: Holanda, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Austria y Luxemburgo. A los que podríamos sumar Bélgica, con serios problemas de identidad. Irlanda progresaba adecuadamente, pero en plena borrachera económica ha vuelto a meterse en líos gordos. Italia era el saltimbanqui más gracioso de la clase, animador de todas las fiestas hasta que se ha dado de golpe con la realidad más cruda, y ahora ha sido dejada de lado por los gerifaltes, con cierto recochineo de superioridad por parte de Francia, aunque Alemania ya lo tenía calado. España, después de un tiempo presumiendo de que le había tocado la lotería, se ha dado cuenta de que el dinero no solo no llueve, sino que se puede mojar, aunque aquí llueva muy poco, y ha tenido que acudir a la casa de empeños. Alemania y Francia quieren que aprenda la lección, que sea humilde y se conforme para siempre con su discreto lugar jerárquico. Portugal siempre había sido modesta, últimamente tirando a vulgar, pero eso no le ha servido de nada y también ha terminado por recibir los palos. Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Estonia, Letonia, Lituania, Malta, Eslovenia, Rumanía, Bulgaria y Chipre completan el pelotón de los torpes, en distintos grados de mediocridad, corrupción y humillación. No se esperaba nada de ellos ni se espera. Y llegamos a Grecia: Más que indisciplinada, Grecia es una calamidad, la oveja negra de la clase, amenazada de expulsión y arrastrada por el barro por su mala cabeza. Alemania y Francia ya no saben que hacer con Grecia y piensan que no tiene arreglo por culpa de una tara genética de los griegos. La clase entera está en boca de todo el mundo debido a Grecia, y en consecuencia parece lícito tratar a los griegos como unos niños insensatos e incorregibles. Y yo me pregunto: si los jefes me tratan mal, Europa se ha convertido en una central lechera alemana, y yo voy a ser una especie de vaca que ya no da leche y sólo recibos los palos, ¿por qué no me voy con lo poco que tengo con los chinos, los americanos o los japoneses? Porque nos devolverían a los amos en un paquete con lazo.

            La historia no siempre fue así, y aunque en Grecia no ocurre nada serio desde lo de "Aristóles" Onassis y la Calas, que mira como acabó, hubo un tiempo en que no ser griego, equivalía a ser un bárbaro. Si tomáramos otra foto fija de la clase, pero en el siglo V a.c, nos encontraríamos a una Grecia con un carisma indiscutible, que sabe todo lo que se sabía entonces y ha sentado las bases modernas de la filosofía, ciencia, arte, política, astronomía, teatro, poesía, oratoria, arquitectura, geografía, medicina, música o navegación. y a una Alemania dividida en clanes de barbudos gruñones que viven en chozas y sólo viajan para ir a cazar focas o para dar de porrazos a otra tribu. Si Alemania empezó a tener cierta preponderancia cuando se desarrollaron las ciencias y las artes, el romanticismo y la industria en los siglos XVIII y XIX (siendo reducida después de algunas exaltaciones hormonales a la tarea de dirigir Europa por nuestro bien), los griegos pudieron tratarlos como a hombres prehistóricos durante quinientos años, y los romanos durante mil. A Grecia y a Roma les quedaría todavía mucho margen, como para tener que soportar ninguna insinuación, y desde luego ninguna insinuación genética, pues desde ese punto de vista que ellos utilizan para “dar un toque a los demás por su bien”, los horrores nazis de la Segunda Guerra Mundial los habrían devuelto a una época muy lejana en la evolución, pese a las bombas voladoras V1 y V2, más precisas. Eso en el caso de que fuéramos injustos con todos los alemanes. También los judíos, los árabes, los egipcios, los fenicios y demás pueblos del Mediterráneo, eran el colmo de la sabiduría frente a germanos, galos, británicos o vikingos. En la Inglaterra del siglo XVIII el sistema de cañerías de la ciudad era más anticuado que el dejado por los romanos un milenio y medio antes, y la limpieza corporal dejaba mucho que desear, pese a tanto potingue francés de la época, así que podemos imaginar que en el resto de Europa se estilaba el ¡agua va!, o el ¡vete hacerlo al campo y luego te limpias con una piedra!