LA PAX DE MOURINHO Y GUARDIOLA.
El aficionado del Real Madrid admira de Mounrinho su liderazgo, su tenacidad, la capacidad para inculcar en los jugadores el espíritu combativo basado en la estricta aplicación de una estrategia que se ha demostrado exitosa, especialmente en el uso acertado del palo y la zanahoria a las estrellas del equipo para no minar ni perturbar un ápice la moral del conjunto, como ocurría antaño con los Beeckham, el díscolo Guti y otros hombres anuncio. La paradoja es, que al tiempo que ha creado esa especie de cinturón de hierro en torno al entrenador, Mounrinho se mosquee cuando el público del Bernabeu disienta, y además tan tímidamente, respecto al planteamiento timorato contra el eterno rival, escocidos por esas derrotas político-futbolísticas acumuladas en tan corto espacio en las que el resentimiento histórico de un Barcelona ahora intratable, consigue trasladarse a un aficionado madridista que por esa misma superioridad tradicional en títulos, disfrutaba las victorias dentro del ámbito deportivo. Es ahí donde el mismo entrenador que ha caldeado el ambiente, irritado por la falsa humildad de Guardiola, demuestra ser un entrenador de paso, para el que los colores son él y su palmarés, antes de volver a cambiar de aires, Inglaterra, por ejemplo. Es cierto que en Inglaterra el aficionado se muestra incondicional con su equipo en la derrota, a diferencia de un madridista levantisco, que teniendo derecho a todo después de pagar la entrada se muestra tan poco fino y exigente que parece estar pidiendo que le lleven un puro y una copa a la grada para que se vaya contento, como lamentablemente tuvieron que padecer Michel y otros en plena celebración de títulos.
Mounrinho es consciente del desafío. Nunca antes se juntaron en el Real Madrid un entrenador y un jugador tan determinantes como él y Ronaldo, esos dos portugueses con un destino, y ha tenido que ser cuando la hegemonía de ese Barcelona con la columna vertebral mundialista, divinizado por el presunto mejor jugador de todos los tiempos, y dirigidos por el hijo de la tierra, estaba rompiendo el techo del Milán de Arrigo Sacchi y del Real Madrid de las cinco copas de Europa, llevando a la liga española a su época de oro. ¿Abandonará Mounhinho en cuanto consiga la liga o la Champions para poner a salvo su reputación, ahora que está en alza y en la cresta de esa ola que nunca volverá a repetirse?
En contra del criterio de los que ponen a la Premier como ejemplo de competitividad a la hora de elegirla la mejor liga del mundo, con cinco equipos fuertes, frente a ese tratado de Tordesillas de la liga española entre Real Madrid y Barcelona, condenados a repartirse todos los títulos nacionales y convirtiendo en comparsa al resto de sus rivales europeos, se ha demostrado que nuestra competición es un polo de atracción mundial que no distingue de latitudes y que ensombrece cualquier otro duelo: Inter-Milán o Manchester United-Liverpool. El resto de los equipos se está contagiando de ese impulso, como si los dos grandes tiraran de ellos hacia arriba, como se demuestra con los últimos resultados en la Europa Ligue. Esperemos que ni Mourinho ni Guardola den esquinazo a la historia del fútbol y nos regalen tres o cuatro años más de espectáculo.

