RECLUTA 48310110
Uno se hace la ilusión de que fue el último en licenciarse del servicio militar obligatorio cuando vació de desconsideración y hastío su taquilla, pero todavía quedaba por pasar el cepillo a otras levas de imberbes y alféreces provisionales. El peligro no era tanto una guerra, en la que hubiera que echar mano de la buena puntería de la juventud, que estaba en otra cosa, sino tenernos aborregados en el cuartel, en una especie de ajuste de cuentas al que tiene derecho una generación que empieza a creer que ha equivocado la profesión, por aquello de que pringue hasta el lucero del alba. Nos lo confirmó otro recluta de visita a nuestra unidad mecanizada: “Mi coronel nos ha asegurado que en caso de guerra no entramos en combate hasta el 5º año”. ¡Habría que ver de qué tamaño era el enemigo, si Luxemburgo o China, y si vamos a necesitar que nos prestéis antes de tiempo los BMR en los que pasáis el día haciéndoos fotos y pajas!, contestamos.
El primer día de servicio me llevé un rapapolvo. Uno pensará que no fui demasiado diligente a la hora de llevar un mensaje al general, de parte del comandante (eso vino después), o la vieja impresora de cartucho empezó a esparcir tinta sobre unos documentos secretos o no tan secretos (que también). Al parecer las fotocopias de unos sellos para uso y disfrute del capitán no habían salido filatélicamente perfectas. Puedo comprender que el capitán, que tenía una vida muy agitada, delegara el grave asunto de sus mariposas paraguayas, pues para acceder a su despacho había una antesala repleta a los lados de guapas secretarias, que dejaban de mecanografiar con una sonrisa dentífricacada vez que hacía su solemne entrada el monigote en uniforme de bonito. La fea y más mayor, pobre, era el espíritu organizador de los aniversarios y los cumpleaños entre el personal civil y el rey de la fiesta, también llamadas horas extra. Hasta quedaba en ir al cine, o maniobras anfibias nocturnas.
-Chonchi, plánchame el uniforme, que hoy también salimos de maniobras.
-A ver si te lo planchas tú, que yo soy ama de casa, pero no gilipollas.
Así que pasaba parte de la mañana en el gimnasio, donde tuvo el famoso incidente con unas pesas, con el resultado de una hernia. Dos cabos primera que lo vigilaban con un ojo: ¡verás este!, lo sacaron de debajo antes de que sus pulmones se parecieran a un acordeón.
El asunto es que me promocionaron hacia arriba para que resaltara mi nivel de incompetencia borreguil, supongo, nombrándome cabo, y me encontré en un despacho de 3 x 4, ocupado por un subteniente y un cabo primera, donde se movía mucho dinero, de vocación charcutero y peluquero. El subteniente tenía apariencia de cerdo respingón, con el hemisferio norte despejado, vocinglero, del tipo que amenaza a la del parkímetro si no le quita la multa de la furgoneta de reparto. En casa su mujer llevaba los pantalones, así que para remontar aspiraba a que en el ejército la soldadesca le tuviera entre miedo y admiración, nacido para enderezar a las almas ingenuas y sensibles con el ejemplo de su voluntad y su saber hacer. Cuando los reclutas ya no eran suficiente para Tiberio Julio César Augusto de Carabanchel Alto, la emprendía con el comandante, el teniente coronel o el capitán general de la región militar... en petit comité, claro.
Es cierto que si yo tenía un mal día, al volver de un recado del subteniente sin encontrar en su despacho al general que debía recibir su paga, podía lanzarle por sorpresa el sobre a unos dos metros de distancia de la mesa, como quien reparte baraja, antes de desempolvar mi gorra, tomar asiento haciendo crujir los dedos y seguir con mi crucigrama : "¡Tú, agarra esa!", para hacerle un asco por buscarnos las cosquillas, en su obsesión por gritar. A lo que en un par de ocasiones me contestó: "Si no estuviéramos en esta época, te daba así una hostia contra la pared!", abriendo mucho el brazo, lo que me hacía recordar las palabras del cabo primera que reía sus chistes desde hacía cinco años (del tipo: este es uno que se encuentra a una mujer bellísima y le pregunta, oiga ¿la notaría?, a lo que ella contesta, depende de dónde me la ponga... risas) El cabo primera venía a decir: "La próxima vez que el comebellotas te amenace, le pegas dos tú y dos de mi parte, ¡zaaas! ¡zaaas!, y luego sales al pasillo con la mano en la mejilla: "¡Me ha pegao, me ha pegao!". No sé como quedarían, pero esa fue durante mucho tiempo la manera recurrente que algunas generaciones de husares, marinos y aviadores tenían de saltarse el escalafón evitándose el papeleo.
El único momento heroico de mi vida militar ocurrió durante la soledad de una guardia al amanecer, escuchando la tercera de Beethoven con el transistor pegado al oído.
Ya el último día, bromeando con mi sustituto, un tipo majo, le dije: "Ahora, para celebrar que me licencio, voy a irme desde Villaverde hasta Chamartin a pié con todo el petate. Sí, porque me he perdido un par de maniobras por estar aquí, ¿sabes?". Efectivamente, cuando llegué a la parada del autobús el bonotransporte no aparecía por ningún sitio, no llevaba dinero encima, y el mismo 15 de agosto me vi cargando al trote con todo lo que tenía en la taquila, 35 kg, (yo pesaba 52 entonces) para no perder el tren, al otro lado de Madrid. Los 6 km de la avenida de Andalucia, 2 más hasta Atocha, y luego enfilas La Castellana, 8 o 9 km ,hasta el norte. En total unos 17 km en una hora y cuarto u hora y media. Al llegar al vagón me derrumbé en mi asiento con un aspecto muy poco saludable, y mis sensibles posaderas notaron que algo me abultaba el pantalón: el bonotransporte que antes no estaba allí. También podía haberme subido en Atocha, ahorrándome la mitad del camino, pero éramos imberbes.
El asunto es que me promocionaron hacia arriba para que resaltara mi nivel de incompetencia borreguil, supongo, nombrándome cabo, y me encontré en un despacho de 3 x 4, ocupado por un subteniente y un cabo primera, donde se movía mucho dinero, de vocación charcutero y peluquero. El subteniente tenía apariencia de cerdo respingón, con el hemisferio norte despejado, vocinglero, del tipo que amenaza a la del parkímetro si no le quita la multa de la furgoneta de reparto. En casa su mujer llevaba los pantalones, así que para remontar aspiraba a que en el ejército la soldadesca le tuviera entre miedo y admiración, nacido para enderezar a las almas ingenuas y sensibles con el ejemplo de su voluntad y su saber hacer. Cuando los reclutas ya no eran suficiente para Tiberio Julio César Augusto de Carabanchel Alto, la emprendía con el comandante, el teniente coronel o el capitán general de la región militar... en petit comité, claro.
Es cierto que si yo tenía un mal día, al volver de un recado del subteniente sin encontrar en su despacho al general que debía recibir su paga, podía lanzarle por sorpresa el sobre a unos dos metros de distancia de la mesa, como quien reparte baraja, antes de desempolvar mi gorra, tomar asiento haciendo crujir los dedos y seguir con mi crucigrama : "¡Tú, agarra esa!", para hacerle un asco por buscarnos las cosquillas, en su obsesión por gritar. A lo que en un par de ocasiones me contestó: "Si no estuviéramos en esta época, te daba así una hostia contra la pared!", abriendo mucho el brazo, lo que me hacía recordar las palabras del cabo primera que reía sus chistes desde hacía cinco años (del tipo: este es uno que se encuentra a una mujer bellísima y le pregunta, oiga ¿la notaría?, a lo que ella contesta, depende de dónde me la ponga... risas) El cabo primera venía a decir: "La próxima vez que el comebellotas te amenace, le pegas dos tú y dos de mi parte, ¡zaaas! ¡zaaas!, y luego sales al pasillo con la mano en la mejilla: "¡Me ha pegao, me ha pegao!". No sé como quedarían, pero esa fue durante mucho tiempo la manera recurrente que algunas generaciones de husares, marinos y aviadores tenían de saltarse el escalafón evitándose el papeleo.
El único momento heroico de mi vida militar ocurrió durante la soledad de una guardia al amanecer, escuchando la tercera de Beethoven con el transistor pegado al oído.
Ya el último día, bromeando con mi sustituto, un tipo majo, le dije: "Ahora, para celebrar que me licencio, voy a irme desde Villaverde hasta Chamartin a pié con todo el petate. Sí, porque me he perdido un par de maniobras por estar aquí, ¿sabes?". Efectivamente, cuando llegué a la parada del autobús el bonotransporte no aparecía por ningún sitio, no llevaba dinero encima, y el mismo 15 de agosto me vi cargando al trote con todo lo que tenía en la taquila, 35 kg, (yo pesaba 52 entonces) para no perder el tren, al otro lado de Madrid. Los 6 km de la avenida de Andalucia, 2 más hasta Atocha, y luego enfilas La Castellana, 8 o 9 km ,hasta el norte. En total unos 17 km en una hora y cuarto u hora y media. Al llegar al vagón me derrumbé en mi asiento con un aspecto muy poco saludable, y mis sensibles posaderas notaron que algo me abultaba el pantalón: el bonotransporte que antes no estaba allí. También podía haberme subido en Atocha, ahorrándome la mitad del camino, pero éramos imberbes.