domingo, 1 de abril de 2012

La antigua conciencia de ser español... con perdón, y un poquito de historia

LA ANTIGUA CONCIENCIA DE SER ESPAÑOL... CON PERDÓN (Y UN POQUITO DE HISTORIA)
   
                                                      Capitán Blood, o lo que es lo mismo, la escoria
                                                                       de Henry Morgan adecentada para la ocasión.

      Cómo olvidar esas películas de piratas y bucaneros que en los ochenta echaban en la sobremesa del domingo en la primera cadena, supongo que para reforzar nuestra autoestima en una época en la que no pintábamos nada internacionalmente (y ahora tampoco), la selección de fútbol siempre caía en las grandes citas en los cuartos de final y nuestro raquítico botín en las olimpiadas nunca pasaba de dos medallas de bronce. Esas películas donde un saltinbanqui Errol Flynn en mallas se divertía a estocadas a costa de un atajo de grotescos y cetrinos soldaditos españoles de grandes bigotes y trajes floreados, al mando de un gobernador del siglo XVII, barrigón e incopetente, que siempre transportaba en su galeón dos cosas, un tesoro y una hija bellísima que primero se resistía y luego caía en brazos de un guapo justiciero inglés que hasta tocaba el piano con el pene. 
          Confieso que a mi tierna edad, y con lo sensible que he sido siempre, sentía una pequeña humillación, o un escozor coincidente con mi primera conciencia de ser español, o sea, mi pertenencia a una raza de siniestros perdedores y guapas mujes manoseadas por otros que enseguida vendría a confirmar el otro conocimiento de Gibraltar, nuestro Producto Interior Bruto y una cita mundialista, todo lo cual soliviantaba un poco a mi pequeñito macho ibérico. Es decir: moreno, bajito y cabreao. 

          En 1970 nuestro producto interior bruto era cinco veces menor que el británico, y ahora es algo menor de vez y media, y las rentas per cápitas no se diferencian en más de un ocho o diez por ciento, lo cual es un progreso y da para crar muchas canchas de baloncesto, gimnasios, velódromos, pistas de tenis y campos de fútbol de hierba. Porque ahora que no hay batallas navales (se me ocurre la guerra del Fletán, pero nos bajamos los pantalones a tiempo y a cambio los británicos se ahorraron otro desfile real, un par de películas y un documental restregones), las batallas son deportivas... O lo eran hasta que han empezado a cascarnos en todos los despachos internacionales por la forma en que llevamos las cuentas, con un poco de mala uva por lo bien que nos va en pantalones cortos. Antes los británicos atracaban nuestros barcos, se llevaban el oro y nos quedábamos a dos velas, y ahora ellos y otros paises se preocupan tanto por cómo nos va en la vida que estoy apunto de echar la lagrimita.
           Entre tanto aprendí a admirar a Shakespeare, lo he leído mucho, como a Jane Austin, Charlotte y Emily Bronte, Sherlock Holmes y Las aventuras de Guillermo, entre otros autores ineludibles. Me asombro de Newton y la sabiduría y tradición académica británicas, sus ochenta premios noveles frente a nuestros siete contados (sólo dos en ciencia), y me he tragado dos bodas reales, varias películas de James Bond, series, Benny Hill, hasta he soportado muchas horas de pop y rock británico cuando yo sólo trataba de coger un autobús, ver una película con anuncios o transitar por un centro comercial para comprar un desodorante, por no decir que estoy intentando aprender inglés casi desde Trafalgar.
          Digamos que mis reclamaciones sólo serían políticas, que los británicos simpre han sido nuestra piedra de toque internacionalmente, como nosotros lo fuimos para ellos durante trescientos años, y que parecen gente formal, fiable, eficiente y hasta simpática e irónica, por no decir flemática, aunque esto va por barrios.
        De vez en cuando un inglés sin inguna traza de deshollinador, sino bien vestido y perfumado, con probabilidades de sir y propietario de la enciclopedia británica, confiesa algo como: "No sabía que España hubiera tenido un imperio". Y cuando alguno descubre que España tuvo un imperio, aclara que sólo hicimos matar indios, con lo que algo sí sabía el muy pillín.   
         Por si acaso se inventó la figura del hispanista británico, que hasta el advenimiento de Internet era una forma de recordarnos que éramos unos cazurros que no sabíamos nuestra propia lección, y otra oportunidad de comer bien y hacer turismo de sol y playa cuando las grandes bibliotecas de Oxford y Cambridge estaban saturadas de historiadores, atestadas de humo para hacer recuento de la mayor de las grandezas posible.
             Desde hace un tiempo el hispanista británico está un poco un guardia, parece que dejamos de ser un poco indígenas y quiere ser más concreto y menos simpático, porque hemos progresado antes de que se jubile, recordándonos que Los Tercios de Flandes sólo estaban compuestos por un tercio de españoles (más o menos el mismo número de ingleses que había en el ejército inglés en la India), que España nunca fue un imperio en el sentido británico o francés, sino algo así como un monstruo deslavazado y etereo, que los españoles no son muy guerreros salvo civilmente, y que tampoco tuvimos héroes, entre otras perlas.
           Había incluso un brigadier de la Royal Navy retirado (y no es por señalar), no sé si bombero también, que en un libro atribuía el descubrimiento de América a un navegante chino, que es la cara que se me quedó. Dice en su libro "1421" (si lo llega a saber Ridely Scott) que China emprendió la chispa del Renacimiento con el Descubrimiento de América. Hasta entonces no había oído a nadie, y menos brigadier británico, decir que España encendió la chispa del Renacimiento. España no daba ni para un pitillo. Hay hasta un mapa que proclama auténtico y que tiene todos los contornos de América, con Alaska y la Patagonia (y hasta los grandes rios, por no decir los afluentes), e incluso África y Australia y el Polo Sur, para curarse en salud, no fuera a ser que un brigadier español saliera por ahí diciendo ahora que el Polo Sur también lo descubrieron los españoles. Se pasan los exploradores británicos doscientos años buscando en vano el Paso del Noroeste y muriendo en el Polo Sur en el otro intento, y resulta que un chino ya lo sabía y se lo calló, o porque como diría Gila: "No hay quien los entienda". Al parecer, después de aquel viaje en que remontaron el Missipi para cartografiarlo, a los chinos se les olvidó cómo volver, como construir barcos oceánicos, si no se les perdieron los mapas o se hicieron menos inquietos, y en un rapto de generosidad dijeron: "Que inventen ellos"... digo: "Que descubran ellos". Luego, en un rapto de generosidad, viajaron en carromato desde China hasta Italia, que es un viaje de unos tres años, para comentárselo todo al Papa, no sé si Benedicto, y el Papa les dijo aquello de: "Oye, cuando nazca Cristóbal Colón os doy un toque y os cuento como ha ido todo si eso. Te debo una, Guan Chu-Ming". Y así, gracias a la devoción que por el cristianismo han tenido siempre los chinos, el descubridor de América es un Italiano.

                          Mapa chino-británico del mundo de 1421, hallado en la bodega del brigadier     

           En cualquier caso, si fueron los vikingos o los chinos-británicos, como quiere este sedudo autor retirado, que debía estar un poco harto de hacer la supervisión de las obras del barrio (por no nombrar como descubridor a ese siberiano que hace más de 30.000 mil años cruzó el primero el Estrecho de Bering encendiendo la chispa de la chispa, con el frio que hacía por aquellos lares), ¿qué importancia tiene? El caso es que ninguna llegada anterior, de existir, se tradujo en el conocimiento del continente Americano ni en el intercambio con otras partes del mundo. Vamos, que en América no había ni una pagoda ni hacían rollitos de Primavera cuando llegó Cristóbal Colón, no tomaban salmón a la noruega, ni a China llevaron tomates o chocolate, con lo dulce que está y con lo que les gusta ahora la Coca-Cola.  También podríamos recordar los descubrimientos vikingo-españoles o chino-españoles de Australia, Nueva Zelanda, Polo Sur, Tahití o Hawaii, como digo más adelante por tocar un poco los huevos, que encendieron la chispa de la chispa de Cook, por lo menos si se llega a enterar, porque este explorador tocó casi todos los puertos con dos siglos de retraso, pero tiene más películas que el gordo y el flaco. No se trataba de tener pantalones y lanzarse a la aventura, sino de tener documentalistas.
           Pero tiene razón, por algún motivo en nuestros libros de textos sobre historia se recordaban grandes hechos como la derrota de la Armada Invencible y la derrota de Trafalgar, así que el meterle mano a nuestra historia resulta una gran tentación. En puridad, la única guerra que ganamos en los libros de textos españoles de mi infancia fue una batalla llamada Bailén, pero no hubiéramos ido muy lejos si los ingleses no nos hubieran salvado de los franceses definitivamente (incluso un tal Gallo, historiador francés que no conoce el famoso cuadro de Goya atribuye la derrota a un puñado de desarrapados españoles, en plan Axteris en Hispania Gippsy, que esa es otra, lo cual no sé si es más meritorio o más humillante para la Grandeur). Lo cierto es que los empresarios británicos se estaban tirando por las ventanas ante la ruina que suponía el bloqueo napoléonico, y que cuando los españoles se levantaron, las mujeres inglesas llevaban medallones con el retrato de "El Empecinado" entre sus pechos. En cuanto a Churchill ya teníamos para seis meses en los libros de texto de mi infancia. Churchill fue reportero en la Guerra de Cuba, y decía que los españoles (en su mayoría labriegos reclutados) huían como gallinas disparando al revés. Churchill también ganó la Segunda Guerra Mundial antes de enorgullecerse de matar sudaneses que luchaban por su libertad, no los Estados Unidos y la Unión Soviética, según se sabe. Dicho lo cual, sólo nos queda hablar de las grandes glorias del imperio británico, que paso a relatar:                 
       Es verdad que el imperio británico fue casi tan extenso como el imperio mongol: 33.000.000 km2, frente a 34.000.000 km2, aunque los mongoles iban en caballos, y  cuando los británicos alcanzaron su mayor extensión, en 1900, ya tenían barcos de vapor y ferrocarril, y hasta asientos de primera y segunda clase.
       Los mayores logros, sin embargo, los alcanzó el imperio español. Con barcos que parecían cáscaras de nuez, y partiendo de un país despoblado y pobre, al mismo tiempo que estaba enfrentado al mayor número de enemigos que ha tenido ningún nación en la historia y durante más tiempo, fue capaz de conseguir los grandes hitos de la marinería, junto a algunos portugueses e italianos, y una no desdeñable extensión de 25.000.000 km2, unos 300 años antes, si es que esto computa para algo. Una España casi desértica, despoblada y nulamente industrializada, de forma que veíamos el oro pasar con destino a los Pirineos, por nuestra mala cabeza, y el resto nos lo intentaban quitar por las malas, minando nuestro poder como fuera.  No, nadie tuvo ni ha tenido tantos enemigos, tan peligrosos, tan perseverantes y que además actuaran simultaneamente, como tuvo España durante ciento sesenta años: británicos, franceses, alemanes protestantes, italianos, portugueses, holandeses, turcos, bereberes, moro filipinos, camboyanos, aztecas, incas guaranies, mapuches, oceánicos, apaches, comanches... sin contar las revueltas internas de catalanes o moriscos.

                                El otro día me encontré un chino y me dio este mapa. Ahora, yo no me fiaría. 
Por cierto, Pedro Paez, un misionero español, fue el primer europeo que estuvo en las fuentes del Nilo (1618), de la mano de los etiopes a los que trataba de cristianizar, unos tres siglos antes que el inglés o chino de turno.



          Visto lo que otras naciones gastan en fastos y marmol legítimamente, se nos perdonará hablar del descubrimiento de América: Con toda probabilidad el acontecimiento más transcendental de la historia. Digamos que los españoles (yo no estuve allí, pero me hubiera gustado, aunque me mareo en los barcos) pusieron en conocimiento a América con el resto del mundo, pero fue la afluencia de oro y plata a Europa, acompañado del intercambio de muchísimas materias primas, lo que sentaría las bases del capitalismo posterior sacando al mundo de la era medieval. Las primeras universidades del continente fueron españolas, igual que ocurrió en Asia, al menos en su forma occidental. La primera imprenta, y tantos otros adelantos occidentales, también viajaron en las bodegas de los galeones.
            Aunque los estragos causados por el imperio británico en los cinco continentes y en una época mucho más civilizada como fueron los siglos XIX y XX (en que pasó de tener unas colonias dispersas que no alcanzaban más de tres millones de kilómetros cuadrados a dominar casi un cuarto del planeta a comienzos del siglo XX) fueron cuanto menos similares a los causados por el imperio español, nuestro país, debido a la Inquisición, la represión en Los Paises Bajos y los celos de otras potencias, se llevó la Leyenda negra. Si tus enemigos son Inglaterra, Francia o la Alemania Protestante durante ciento cincuenta años o más, tienes muchas posibilidades de que la leyenda negra fructifique en contra tuya, aunque algo de eso hubiera. Recordemos que la gripe española se originó en el continente americano, y que al estar en marcha la primera guerra mundial y no querer declarar cada bando los muertos a consecuencia de la epidemia, se decidió que como España estaba cerca, y era neutral, cargase con el mochuelo, y otras historias más, como ese francés que de la enciclopedia que se preguntaba qué habían aportado los españoles a occidente.  Escribir una enciclopedia no es sinónimo de conocer el siglo de oro español, que llenó de clásicos de la literatura toda Europa, conocer que es el segundo país con más patrimonio cultural del mundo, cuna de muchos de los mejores pintores de la historia; saber que salvó a Europa varias veces de los turcos, por no hablar de los descubrimientos, como el de América. Sólo gracias a la patata, buena parte de Europa no se murió de hambre.
         La obsesión de los ingleses durante trescientos años en el mar Caribe, el foco donde más fuerza y dinero invirtieron para doblegarnos, y la relevancia que alcanzaría después el Reino Unido, han conseguido convertir a los piratas en unos auténticos héroes del cine y la novela. Inglaterra fue una potencia naval, y eso explica que sus piratas junto a los de Francia y Holanda asolaran muchas islas y ciudades hispanas en el Caribe, que por la extensión del imperio no podían ser totalmente defendidas, pero hay que decir que apenas obtuvieron ganancias territoriales. Trescientos años luchando obsesivamente contra la hegemonía española sólo le produjeron el apresamiento de algunas flotas de Indias, Gibraltar, Jamaica, Trinidad y Tobajo, Belice y algunas Bahamas, a veces tomadas en coalición. Esto es menos del 5% del Caribe. Y hablamos de una España que estaba en guerra con medio mundo.
            Eso pudo haber cambiado si la mayor flota de la historia hasta el Desembarco de Normandía, la del Almirante Vernon, de 186 naves, en el contexto de la guerra de la Oreja de Jenkins, hubiera tomado Cartagena de Indias en 1741, en su intento de partir en dos el imperio y obtener para la corona británica Nueva España. El genio imbatido de Blas de Lezo (marqués de Ovieco, nombrado a título póstumo por Carlos III, como no) refugiado en una última fortaleza, impidió con sólo 3000 soldados españoles y 600 arqueros indígenas, la invasión por parte de una fuerza de 27.000 británicos, reclutas de Virginia y macheteros jamaicanos. La noche previa al ataque final Blas de Lezo ordenó cavar más profundamente el foso que rodeaba las murallas, de forma que las escalas británicas no alcanzaron la altura debida, y el enemigo fue diezmado por los fusileros españoles y los arqueros indígenas. Inmediatamente Blas de Lezo ordenó un contraataque a la bayoneta. Las efermedes de los sitiadores pusieron el resto para que Vernon levaras anclas con más de 10.000 muertos y una maldición contra el marino español, invicto desde su juventud tanto en el Mediterraneo como en el Caribe contra los ingleses y otros piratas, pero fallecido de enfermedad tras aquel encuentro crucial, que vale cien millones de hispanos.
            Todavía se conservan monedas conmemorativas del triunfo británico, que el rey de Inglaterra mandó acuñar cuando Vernon, que acababa de asolar la nulamente defendida Portobello, le despachó engreidamente la victoria por anticipado en Cartagena de Indias, y que serían el hazmereir de toda Europa. Inmediatamente el monarca ordenó deseterrar de los libros la mayor derrota británica y de la Royal Navy.

                                                                  La moneda que no fue.      

          Durante el siglo XIX, el Reino Unido se expandió en las deshabitadas tierras de Canadá, Australia y África, que representan 27 millones km2 de los 33 que alcanzaron. En esa época sólo tuvieron verdaderos problemas en la India y en los países de tradición islámica, pero ninguna revuelta triunfó. En Europa la influencia británica a la hora de concertar alianzas fue incontestable, pero su representación territorial fue insignificante (Chipre, Malta, Gibraltar), a diferencia del imperio español, el único de la historia que obtuvo simultáneamente la hegemonía mundial y europea con largas estancias (Italia 500 años, Paises Bajos 200, Portugal 60, regiones de Francia 180...) y al mismo tiempo en los cinco continentes, continuando la expansión aragonesa por el Mediterraneo, que llegó a poseer el ducado de Atenas. Los británicos, como decimos, sólo pudieron clavar una pica en Europa contra Napoléon cuando España se constituyó en el único pueblo de Europa que se reveló contra su ocupación, y aún así fue necesario que el emperador de Francia estuviera combatiendo en Rusia con lo mejor de sus fuerzas para que Wellington se arrogara nuestra propia guerra. Los ejércitos españoles, franceses, prusianos y más tarde alemanes eran más poderosos en cada época de explendor de estas naciones, que los británicos, incluso durante su hegemonía victoriana, pero la flota británica era con diferencia la más numerosa y mejor armada, y la isla brumosa no invitaba a dar el salto. Los tercios españoles fueron casi imbatidos durante un siglo y medio, mientras su flota dominaba todos los mares y descubría una isla por semana, de forma que los británicos eludieron siempre que pudieron la guerra en tierra.
           Cuando Cook llegó a Australia en el último cuarto del siglo XVIII, los españoles llevaban casi 250 años navegando el oceano Pacífico, el otro gran descubrimiento español, que puso en conocimiento a América con Asia (descubrimiento de Filipinas). Como digo, se puede hablar de los descubrimientos vinkingo-españoles de Australia, Nueva Zelanda, el Polo Sur, Tahití o Hawaii, pues todos estos territorios figuran parcialmente en mapas conservados en los archivos, y sólo la apariencia de improductividad, la escasa dotación de la flota explorada, a veces un solo barco que acababa de recorrer el Pacífico en su camino a las islas de las Especias, impidió su posesión. Juan Sebastian El Cano, a la muerte de Magallanes, capitaneó la flota y concluyó la primera vuelta al mundo en 1521, sesenta y cinco años antes que Francis Drake, al que quisieron atribuir la proeza.

                 Reproducción de la Nao Victoria cruzando el istmo de Panamá para ahorrarse no sé cuantas millas náuticas
       Con la adquisición del imperio portugués entre 1580 y 1640, el imperio hispánico se proyectó nominalmente hacia el oceáno Índico, las costas africanas, la India, Brasil, la Península Arábica, el golfo de Persia, el mar de China e Indochina, pero si todo esto no se conservó por mucho tiempo es porque se trataba de la época más convulsa, ni se pensó en sustituir a los portugueses (asediados por los holandeses) con una población española insuficiente para asentarse en esos territorios cuando todo el potencial humano estaba ya explorando América y luchando en Europa. Sólo se lograron asentamientos españoles, por otro lado efímeros (nunca duraron más allá de veinte años) en Taiwan, Borneo, Célebes o Camboya.
       América fue el foco principial de la expansión hispana, de manera que desde Canadá (Isla de Vancouver o San Miguel) hasta la Patagonia, todos las naciones de América, en su totalidad o parcialmente han sido de soberanía española. Tras la guerra de los Siete Años (1756-1763) España obtiene de Francia en compensación a su intervención en la alianza contra Gran Bretaña, la Luisiana, con capital en Nueva Orleans, en donde dan testimonio de nuestra presencia algunos bellos palacios de estilo francés. Tras la Guerra Revolucionaria Americana (1775-1783) donde Bernardo de Gálvez barrió las posiciones inglesas del sur del país, aliviando el frente norte e impidiendo el reabastecimiento del enemigo, España recuperó la Florida y algunas posesiones menores en el Caribe. Sumado al territorio de Nueva España nos da un sesenta por cien de los actuales Estados Unidos, que se perderían ante la expansión de la nueva potencia. En aquellas fechas, el veterano marino Luís de Córdova logró el apresamiento de dos fenomenales convoyes militares británicos e impuso un bloqueo a Gran Bretaña, instando a la invasión inmediata de las islas a sus aliados franceses, que no se sintieron preparados.
        El balance religioso del influjo del imperio se puede cifrar en la actualidad en más de 500 millones de católicos, tanto en Filipinas como en América (donde había ritos ancestrales a veces muy sanguinarios), y en Europa tanto en Alemania del sur, Bélgica como en Francia, donde Carlos V logró frenar el avance de los protestantes, así como el de los turcos en la Batalla de Lepanto, en la que participó el universal Miguel de Cervantes. También se enviaron puntualmente tropas a Irlanda y Escocia hasta 1719, pero esas y otras escaramuzas en suelo inglés se saldaron con derrota o con la quema de algunas aldeas y el apresamiento de algunos barcos, similares a las acciones de saqueo que solían hacer en nuestras costas los británicos.
         En el balance de enfrentamientos militares se puede contraponer al desastre de la Armada Invencible (1588), capitaneada por Drake, el de la Contraarmada Inglesa (1589), también capitaneada por Drake, donde María Pita alcanzaría el grado de heroína al emcabezar la resistencia de La Coruña. La intervención de España en la Guerra de Independencia de Estados Unidos (1777-1783) se contrapone a la intervención de Gran Bretaña en la Guerra de Independencia de Hispanoamérica (1811-1824). Los sitios infrutuosos a Gibraltar con el referido de Blas de Lezo y otras fortificaciones caribeñas. Otros enfrentamientos entre las dos naciones ocurrieron en suelo uruguayo y argentino, con dos expediciones invasoras británicas (1806-1807), que obtuvieron un éxito inicial, pero fueron finalmente derrotadas.
         Pero el siglo más cruento para España fue de lejos, sin duda, el siglo XIX, que se tiñe de rojo de principio a fin y que afectó al territorio nacional, una vez finalizadas las escaramuzas inglesas contra Cádiz, Galicia o Tenerife, donde Nelson perdió un brazo. Me refiero a la mal llamada Guerra de la Independencia española (1808-1814) contra Napoléon (que curiosamente no encuentra la misma denominación independentista en la resistencia francesa contra las ocupaciones de Prusia y el Tercer Reich, con la posterior liberación), las guerra de la Independencia de Hispanoamérica (1811-1824), los más de treinta pronunciamientos militares contra el poder constituido, las tres guerras carlistas, las guerras de Cuba y Filipinas, y finalmente la guerra contra Estados Unidos en (1898), que supuso el fin de casi todas las colonias, menos Guinea Ecuatorial y El Sáhara, entregadas bien entrado el siglo XX. De repente, por razones políticas, y viendose reducida a sus fronteras naturales, España empezó a desatar contra si misma toda la agresividad que había servido para expandirse por el globo, en un extraño ajuste de cuentas.
         El español, acostumbrado a delimitar sus exaltaciones patrióticas al ámbito deportivo, ya sea por complejo hacia unos nacionalismos centrífugos y victimistas que en ese sentido son muy poco comedidos, ya sea porque la dictadura imponía el patriotismo, ya sea por ignorancia o porque simplemente es lo más sano, descubre ahora en Internet (es mi caso, y he descubierto que el de muchos independientemente de su filiación política) que tiene el mismo derecho que el francés, el inglés, el norteamericano y otros a mirar su pasado y sentirse, cuando menos, lo mismo de orgulloso, admitiendo injusticias y salvajadas, que también las hubo. Pienso que cada uno es hijo de su padre y de su madre, y que ahora somos una Europa únida para pacificarnos con nuestros hermanos. Sin embargo me pongo en guardia cuando veo el ninguneo ultraeconómico, un tanto racista, patrocinado por el eje franco-alemán contra una Grecia, cuna de las ciencias, la democracia, la filosofía o el bello arte, igual que contra Italia, con capital en Roma, o España y Portugal, que ensancharon el mundo (por no nombrar a Islandia e Irlanda, algo más nórdicas) y digo: "¡Joder con los bárbaros, quién lo hubiera dicho!".

         En definitiva: es perfectamente compatible con desenpolvar el orgullo nacional de vez en cuando, el desear la paz, el admirar otras culturas antaño enemigas, el honrar a tu autonomía, llamada histórica o no, y el sentirse muy europeo.