domingo, 1 de abril de 2012

La libertad libertinosa


LA LIBERTAD LIBERTINOSA




               Caos circulatorio en el Madrid de los 70, (nudos imposibles de carreteras, turismos como cafeteras y taxis casi ministeriales) metáfora de los limitados caminos que puede seguir el ser humano en una época apunto de extinguirse, más emparentada todavía con el medievo que con la actual libertad, con la perpetuación de todos los tabúes y dogmas dictados por autoridades supremas que en Occidente terminarían de caer en sólo 30 años. Al menos esa es la ilusión sin perspectiva histórica que tenemos, la de que somos los primeros y auténticos privilegiados desde que a un imbécil en el climaterio o disminución de la actividad testicular, se le ocurrió imponer por primera vez a los demás el uso del taparrabos porque antes de que la rueda fuera inventada no se la sostenía ni con una carretilla.
              Aunque el ser humano todavía no haya aprendido a hacer del todo uso de su individualidad, limitándola a menudo a mirar para sí mismo y adquirir bienes de consumo. Opino que la libertad va más allá de elegir a quién votar, dónde ir a vivir o a qué grupo pertenecer.
            Votar suele ser un cara o cruz, ya lo sé, abonarse sin demasiado juicio y a perpetuidad a una tendencia normalmente emparentada con la tradición familiar más cazurra y que sólo practico por hastío de la otra tendencia posible y no demasiado destructiva. Pertenecer a un grupo es bueno para mantener abierto el local de dominó con nuestras cuotas y juntar los teléfonos de los amigos en una agenda, poco más, si no contamos con la religión, y se convierte en una flagrante manifestación de mediocridad cuando se trata de hacer bulto y diluir nuestra personalidad para intimidar psicológica, y no digamos físicamente, a otros monos más o menos agrupados. Los buenos sentimientos no pueden limitarse, ni siquiera al ámbito familiar. Una guerra es un lugar donde puedes matar impunemente a otro borrego que en otras circunstancias quizá sería tu mejor amigo. Aunque me asquea esa bobería que consiste en que por no luchar, puedes dejarte matar (bueno, eso no lo creo), o dejar que atropellen a una persona en el Tercer mundo sin protestar porque los derechos humanos sólo serían  patrimonio de ti y otros civilizados como tú.
             La libertad para mí es un suicidio que consiste en intentar librarse de todas las ataduras que recibimos desde la infancia encaminadas a matar el pensamiento y la imaginación para garantizarnos la buena integración en una jerarquía, que comienza cuando nos dan un pescozón para quitarnos el bocadillo en el recreo, y de la que creemos escapar los fines de semana cuando elegimos qué película vamos a ir a ver al cine, rezando para que el lunes el jefe tenga un buen día. La jerarquía sólo es conveniente cuando se parece a la amistad en busca de un bien común que respete nuestra individualidad. En ese sentido no seamos tan simples de los grandes gestos, como abolir primero instituciones como la monarquía (y mucho menos en una España atrapada, que necesita como Bélgica de los símbolos para seguir siendo ese gran invento hasta que Europa sea el gran invento y no una unión de suizas y abisinias), pues no habremos dado más que un paso político reducido al orgullo que sentirá la abuela del próximo presidente de la república.
                La libertad me parece lo contrario de la destructividad, que en democracia no tiene sentido, pues la libertad nace de nuestro bienestar psicológico, y ese no es posible en una sociedad convulsa. No se puede agredir esperando que el contrario tenga la buena educación de no devolvértela, y entonces se convierte en el cuento de nunca acabar, a no ser que enfrente tengas al Estado. Reducir a la rotura de unos escaparates cualquier debate, convirtiendo las ideas para nuestros oponentes en la pataleta de unos adolescentes tardíos a los que se les ha terminado la paga semanal, necesitados de una dosis de exaltación grupal a veces emparentada con el porro, la vestimenta radical o la desobediencia civil para reafirmar en realidad los poderes de la personalidad incipiente y reproductiva, es bastante poco eficiente, pues si son tantos como dicen y tan justicieros, nunca serán mejor escuchados y tendrán más éxito que cuando se conviertan en la sangría de votos de los demás partidos.
               La libertad renegaría del Pericles de turno que quiere trepar sobre nuestras chepas por el bien común para satisfacer con artimañas su voluntad de poder, aunque los largos debates para contentar a todo el mundo me hacen echar de menos a los Pericles mejor dotados, en el sentido político y no marmóreo de la palabra.