domingo, 1 de abril de 2012

Antón Chejov o un problema doméstico

ANTÓN CHEJOV
O UN PROBLEMA DOMÉSTICO.


         Ha vuelto a suceder. La primera vez me resultó desagradable, me refiero a la mención de... (eso que no pienso pronunciar), pero sólo tenía que pasar unas páginas y continuar como si no hubiera escuchado nada. Antes de terminar el libro alguien encendía la luz de la cocina y el personaje y yo nos llevábamos la misma sorpresa. Eso no significaba que hubiera que pasar por alto a un autor tan reconocido como Antón Chejov, aunque sí dejé pasar un tiempo prudencial antes de retomarlo. Lo mismo debería haber hecho el propio autor para erradicar el problema antes de volver a ponerse a escribir. Por lo pronto me quedé sin saber como acababa el libro, aunque a mí sólo se me ocurría una manera muy eficaz y barata. Pero no, habían venido para quedarse, y un par de años después, en Pedida de mano, Stepan dice:
       -¡Lo que tendría usted que hacer es quedarse tumbado o aplastar c..., y no meterse a cazar zorros!
         No, yo creo que los zorros son unos animales entrañables, y que me voy a ir a dormir al bosque esta noche, y a la mañana siguiente ya me contará.
          Estaba en la biblioteca, en buen estado de ánimo, que es como suceden estas cosas, cuando menos te lo esperas, y me dije: si te has leído a Turgeniev, a Tolstoi y a Dostowiesky, por cosas así no le haces el feo otra vez al bueno de Chejov. Yo creo que necesitaba saber si lo del ruso era una obsesión, así que volví a casa, y al cabo de una hora estaba mirando debajo de la cama, por si acaso:
          -Glagoliev: Me estoy regañando por ser una persona sobrante aquí...
        -Anna Petrovna: -¿No será porque no se parece a nosotros? ¡Vaya! ¡Se reconcilia usted con las c... antes que con las personas!
        -Glagoliev: La estaba buscando, Anna Petrovna, tengo que conversar con usted sobre un asunto.
          ¡A ver si es verdad!
       Comprendo que Chejov quisiera compartir el problema con alguien, y leyendoPabellón número 6:
          -¡Una c....! ¡Una c...! -exclama Sonia, señalando una que corre por la mesa.
          -No la mates -dice Aliocha en voz baja-; quizá tenga hijitos.
          O en Un asesinato:
          “Comemos todos de la misma cazuela, como los mujiks, y en la sopa aparecen...(no puedo seguir)
         Esta mañana Chejov se ha superado así mismo. El relato se titulaba: Una buena colección. Y además de la conclusión que he sacado, se me ha ocurrido sugerir: ¿tan difícil resulta poner una rejilla en la salida del vapores del baño y otra en la de la cocina, como hicieron tantos otros autores para obviar el tema?
      Esta c... seca se bañaba en una sopa que me sirvieron en la cantina de una estación de ferrocarril; y este clavo, en una albóndiga que me comí en la misma estación. Este rabo de rata y este trozo de tafilete fueron hallados ambos dentro de un panecillo de la misma panadería de Filippov (¡no Sergei o Mijailk, sino Filippov!, véase el detalle, aunque yo ya veo detalles en todas partes). Esta anchoa, de la que ya no queda sino la raspa, venía en una torta que le regalaron a mi mujer el día de su santo (Y ¿con qué personas se relacionan ustedes, don Antón?, si no es mucho preguntar). Esta fiera llamada ciempiés me fue servida con una jarra de cerveza en una cervecería alemana (¡es que además las colecciona, y sólo tiene que meterse la mano en el bolsillo para enseñarle esas cosas a todo aquel que quiera escucharle!). Este pegote de guano estuve a punto de tragármelo con una empanadilla en una fonda. Y así sucesivamente, querido.”
        Me temo que el problema no eran los bichos, ni siquiera el naturalismo del maestro. Dicen que La gaviota es su mejor obra. La tengo ahí, en un estante, desde que me regalaron el libro con El cazador, de Turgeniev (este sí que mataba todo lo que se meneaba), y no me atrevo ni a quitarle el polvo. No sé, por mucha gaviota, tarde o temprano los personajes siempre tienen que volver a casa. 

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