LA VENGANZA DEL HIJO DE ESTRADA.
RELATO IMPROVISADO Tiempo de ejecución: 2 h 28 minutos.
No ha sido la jornada que se preveía a bordo. No es que haya tenido tiempo de aprender a manejarme con los aparejos náuticos conforme a la cruel puntillosidad del capitán Izaga para ganarme su complacencia o disminuir sus reprimendas.Digamos que me levanté a horas tempraneras y me dirigí a la cubierta, descalzo para no despertar al resto de la tripulación, en la idea de minimizar una ineptitud que estaba en boca de todos. No podía pegar ojo, y no por las visiones trágicas del gran escualo que los empujó con morbosidad a una mar de la que no podíamos escapar, sino porque acariciaba el día en que, obedeciéndome las manos, demostrase que no era el “mastuerzo de grumete” que consintieron a bordo. Pronto no fui más que lo que amenazó el capitán con arrojar a las fauces de la bestia para aplacarla.
Lo siento, porque una vez en cubierta me quedé prendado de la postal matutina. Quería sacar de la monotonía del viaje la belleza suficiente para no convertirme yo también en un trozo podrido de cuerda trenzada, y cuando me volví a dormir no supe oler la muerte. Y es que llevábamos sesenta y dos y treinta y cuatro días de navegación respectivamente, y nadie había visto ni una sola ola que semejase la falsa aleta de un megalodón para el más borracho. Sospeché que yo soy sería el megalodón final de la travesía, la anécdota sobrealimentada que Izaga desparramaría sobre las tabernas cuando volviésemos de vacío, distrayendo a todos de esa fanfarronería que iba a traer al bicho colgado del palo mayor del viejo cascarón. O al menos a eso aspiré.
Eso no significaba que no estuviera ahí, que las manifestacionesestentóreas de autoridad por parte del capitán en medio del mar encrespado no lo hubieran convertido en el aperitivo perfecto del megalodón. Carona y Castillo son otros dos a los que quería ver oscilar en una pose circense sobre el hocico de la bestia antes de convertirse en la “comidilla”, como yo fui la del Scalamastro en su última travesía.
Con la sangre agolpada en la cabeza y una enorme opresión, cuento conque vengan a por mí antes de que consuma todo el aire. Una enorme bañera blanca y encarnada, y las voces chillonas que se mezclan con la música, atrayendo la atención de toda la marinería.
Eran un atajo de indeseables desparramados por todo el golfo de México, cazadores de tiburones sin familia, a los que nada podíadesincrustar ya de su miseria y de las camas de las putas que quisieran alojarlos, guardando el secreto de la muerte de mi padre, también cazador. Hasta que oliéndose el botín periodístico del megalodón que publicitó un científico loco se echaron a la mar en el Scalamastro de Izaga con el arpón entre los dientes.
El sonar los condujo por Curacao, Santa Lucía, Barbuda y Caicos, detrás de una masa informe de proporciones suficientes para alojar dentro la estructura del Scalamastro, hasta que chocaron con mi bote en la bocana del puerto. Era muy temprano, había oído meses atrás en los noticiarios la que se estaba organizando, escuché hablar de Izaga, abandoné la empresa de seguros animado por mamá y lo seguí por todo el Caribe, hasta que a él y a los suyos los echaron de Caicos, donde no cabían en la pequeña prisión local. No era la única embarcación que venía a repostar mientras se registraba el Caribe en busca de la sardina más grande del mundo, pero sí la que llevaba a Izaga, y me la jugué. De no ser porque se me ocurrió decir que volvía de revivir la aventura deEl viejo y el mar, y eso removió contra pronóstico el bigote del único de aquellos bestias que había leído la novela antes de convertirse en auténtico caucho, no hubiera obtenido sitio en la bodega, seguramente por la vanidad de que relatara su epopeya. En realidad aquel atajo rufianes, después de saquear mi embarcación, como estaba previsto, había caído en la poltronería, tramando convertir al hijo de Estrada en su limpiabotas.
Con la sangre agolpada en la cabeza y una enorme opresión, cuento conque vengan a por mí antes de que consuma todo el aire. Una enorme bañera blanca y encarnada, y las voces chillonas que se mezclan con la música, atrayendo la atención de la marinería.
A la hora de la siesta, a unas cien millas naúticas de la costa de Guyana, me acercaría subrepticiamente a la estampa del viejo Izaga y le interrogaría, ocultando el arpón que atravesase su cuello a la menor mentira acerca del destino de mi padre, aunque ya sabía por mamá la versión de los hechos.
A las tres fue cuando la ingesta del único pez que parece habitar estas aguas en sus distintas variedades culinarias tras el último vertido, se nos ha atragantado con un estruendoso golpe que levantando toda la popa del Scalamastro ha dibujado en el mar un semicírculo de espuma. Izaga me había rehuido la mirada durante la comida, y tras un momento de noqueo y espantosa incertidumbre sólo mi cómica postura, con medio cuerpo atrapado en un barril vacío y pataleando, ha empujado a los hombres hacia la cubierta, huyendo del mismo destino que el padre de Estrada y atropellándose en las escaleras para ir a enfrentarse a la bestia de las turistas.
