domingo, 1 de abril de 2012

Relato: La lámpara

       LA LÁMPARA


    Hipólito Clavijo trabajaba como dependiente en una tienda de lámparas en la calle Mayor desde los dieciséis años. Las lámparas se vendían muy de tarde en tarde, pero los números no eran de su incumbencia, los números los llevaba la señora Matilde en un cuaderno amarillo, que a él le parecía siempre el mismo, así que la viabilidad del negocio siempre fue para Hipólito un asunto misterioso. Era el encargado de levantar las persianas, abrir la tienda cuyo techo barroco de lámparas parecía apunto de derramarse, y abrillantar todo el material, adelantándose a la señora Matilde y a Expósito, su hombre de confianza, también conocido en el pueblo como el comercial.
        Tenía Hipólito el rito de llegar cinco minutos antes y quedarse de plantón con la llave en la mano sólo para demostrarse así mismo y a la sociedad rubicunda y cabizbaja en invierno, y pausada y presuntuosa en verano, que él estaba al margen de aquella indignidad, y cuando abría el periódico comarcal en el bar de Julio Almansa, le parecía que la noticia de un escándalo esperaba agazapada en cualquier sección a morderle la nariz. Porque Hipólito no había dejado de cavilar durante años sobre el asunto de la viabilidad de la empresa, concluyendo que si él era diligente y las lámparas seguían sin venderse, aquel no era un negocio de lámparas propiamente dicho, y por tanto engañoso. Hubiera podido bastarle con su sueldo escaso, pero la inquietud no le abandonaba, como si llevara un radio-casette, según se imaginaba él, suspendido en algún lugar detrás del cogote, susurrándole lo que estaba pasando. Lo mismo en lo alto de las gradas del municipal de deportes, comiendo pipas con su señora esposa, ambos vestidos de punta en blanco como si acudieran a la boda del hijo que no podían concebir; que ocurría cuidando de los periquitos y del huerto que poseían en una pedanía junto a la ruidosa autovía, la inquietud siempre estaba ahí.
       Las patillas y el bigote de Hipólito habían encanecido, pero la señora Matilde se refería a él delante de los escasos clientes como el “muchacho”, aunque los dos tenían más de sesenta años, sin que se hubiera relajado ni un sólo día el trato ni se hubiera agravado, a pesar de la amenaza que ella parecía llevar en los labios. Habían ido de niños a la misma escuela, e incluso se habían fijado el uno en el otro con cierta intención durante unas fiestas patronales, pero todo cambió cuando Hipólito tuvo que buscarse las habichuelas y el padre de la señora Matilde le hizo un hueco en la trastienda.
       La vuelta de las vacaciones, el reparto de las participaciones de la lotería de Navidad con su sorteo radiado, los ascensos y descensos de categoría del equipo local, los nacimientos de los hijos primero y los nietos después de la señora Matilde, habían ido sucediéndose con cierta previsibilidad, pero las lámparas seguían sin venderse. Once clientes, eso era todo, lo que arrojaba una pírrica media de 0,2 clientes al año, sin descontar los que sólo habían venido a mirar, según sus cálculos.
      Un Hipólito estigmatizado por un negocio en ruina del que cobraba cumplidamente cada final de mes, había mentido a su propia mujer exagerando su cometido, hasta que los dos prefirieron callar, como los amigos. Entre tanto la poca sorna de Hipólito había proyectado en un sótano del que se sentía dueño y señor, un túnel de metro, y cuando en las calles se cruzaba con uno de los heroicos clientes y se saludaban sentía una oleada de dicha que le reconciliaba con la sociedad.
      Aquella mañana descendió las escaleras que llevaban al sótano con el ánimo corrompido por la cercana jubilación y la muerte no mucho más lejana, sin saber a qué había dedicado toda su vida bajo la bombilla desnuda. En seguida tomó asiento con el pulverizador y el vinagre en su pequeño taller de reparaciones, frente a la lámpara de araña granate, estilo vintage, a la cual había puesto de nombre Rigoberta, de modo que cuando sonaba la campanilla de la puerta anunciando un cliente, a Hipólito le latían las sienes y le parecía que no se habían dicho todo lo que tenían que decirse antes de la partida. Razón por la cual nunca olvidaba, después de limpiarla, dejar desmontado uno de sus componentes, o llevárselo en previsión a casa para poder visitar a Rigoberta y saber que clase de hogar iluminaba. No era una tienda de anticuario, aunque amenazaba con serlo, y entre tanto nadie quería que su casa pareciera la del pasodoble, aunque el precio también era prohibitivo, y esa era su esperanza.
       La otra posibilidad que se le ocurrió tumbado en el sofá cama del sótano a Hipólito, además de aprovechar el vinagre para los bocadillos del almuerzo, fue que la señora Matilde dirigiera en su ausencia una emisora de radio clandestina, desde donde animara a tomar el poder por la fuerza a una facción opositora en una república dictatorial. Su único error fue comentarle una noche esa sospecha a su mujer, a la que se le cortó el rollo, de modo que Hipólito la pasó en blanco y se tragó sus chistes.
     La señora Matilde llegó a eso de las nueve y tres cuartos, recién desayunada en la pastelería Alsaciana, y saludando muy quedo, ojos entornados, se metió toda estampado de flores y bollos detrás del mostrador. Hipólito había desarrollado la habilidad de reconocer por el timbre cada objeto con el que chocaba el amplio trasero de la señora Matilde detrás del mostrador, que a eso de las diez y diez ya había terminado de sacar punta a todos los lápices y de hacer las llamadas de teléfono pertinentes a sus dos primas divorciadas. Era entonces cuando la señora Matilde solía llamar a Hipólito a voces para que subiera a ocuparse de la venta, mientras ella se iba a  hacer gárgaras en el pequeño aseo de la trastienda.
        Sobre las diez y cuarto llegó Expósito, el comercial, un tipo alto y fino que daba muy buena imagen al negocio y para el que no pasaban los años. De hecho Hipólito tenía la seria sospecha de que de un día para otro habían cambiado al padre por el hijo. Expósito parecía guardar un secreto aprecio por Hipólito, cierto tacto en el trato, de modo que antes de llamarle la atención trataba de expresarse con las cejas.  De todas maneras no pedía más que una sola cosa. Hipólito siempre entendía cuando tenía que marcharse a por más vinagre.