Desde que tenía cuatro años el universo me produce fascinación y un miedo paralizante ante la imposibilidad de comprender, de contenerlo de manera tranquilizadora por más vueltas que le de a la cabeza. Con la edad la cosa no ha hecho más que agravarse, claro, como va a ocurrirnos con casi todo. Pero es que no estamos hablando de estrellitas más o menos luminosas, tal vez habitadas, sino de quienes somos y de dónde venimos, preguntándonos si acaso tendremos un primo en alguna estrella.
Recuerdo entre los ocho y los catorce años los viajes que toda la familia realizaba en coche para cubrir los cuatrocientos kilómetros entre la provincia de Alicante y Madrid, a donde llegábamos ya de noche para reecontrarnos con el resto de nuestros afectos. Tras una cabezada en los asientos de atrás, recorriendo algún lugar de Castilla La Mancha, por esas carreteras de entonces con un solo carril en cada sentido, a veces cruzadas por un ciclista que iba haciendo eses después de recoger caracoles, mis ojos se elevaban por encima de los letreros luminosos de las empresas de cerveza o las gasolineras que déjabamos atrás, y sentía ese absoluto sin estación término que todo lo envolvía: el universo. Reconozco que no resultaba tan prodigioso en un niño de esa edad interrogarse sobre el universo en el que ya me había internado antes con ocasión de La guerra de las galaxias, aunque más que marcianitos cachondos, cow-boys espaciales con toda la facha de vaqueros de Arizona, damas de Elche recién salidas de la peluquería y un poco incestuosas, un nazi mas malo que la tiña y un niño rubiales y escuchimi esgrimiendo un tubo fluorescente, tanteaba las posibilidades de ampliar mi limitado campo vital a lo grande, fantaseando con otras reglas, y no necesariamente para habitar en un mundo donde mis cualidades físicas fueran mucho más deslumbrantes y reconocidas que aquí.
Es lo que hacemos todos cuando pensamos en el universo, el universo habitado, una especie de evolución desde aquellas visitas que de la mano de papá y mamá hacíamos a un domicilio particular desconocido, donde se intuía un niño pelirrogo al final del pasillo con el sabíamos que nos íbamos a llevar fatal, sin saber si resultaba mejor ir hacerle la visita o esperar a que la visita nos la hiciera él.
Al menos sabemos que cualquier movimiento hostil interestelar, y hasta para felicitar unas pascuas, requiere de mucha paciencia, tanta que las gracias por la felicitación se heredan y ya las dará tu tataranieto por ti. Pero esto ya es pasarse. Cuando supe que los científicos estimaban en unas ciento cuarenta mil millones las galaxias del universo, que entre ellas hay huecos en los que cabrían otros miles de galaxias, que se están expandiendo a gran velocidad, que cada galaxia tenía (y tendrá por un tiempo) unos doscientas mil millones de estrellas, que el tiempo medio de viaje entre una estrella y otra en una nave espacial nos llevaría veinticinco mil años, y que las posibilidades de que al llegar no solo no encontraramos una civilización inteligente y no demasiado comilona, sino a lo mejor ni siquiera un traguito de agua para seguir otro trecho, sentí un enorme vacío. Nuestro planeta me pareció un cuarto de los juguetes donde ya no te diviertes con nada, porque ya lo has visto todo.
El universo más próximo será la realidad virtual, cuando los ordenadores sean millones de veces más rápidos y la creatividad humana, incentivada por la manipulación genética, cree mundos paralelos fantásticos y llenos de sensaciones donde podamos evadirnos enfermizamente de la dura realidad, hasta que podamos modificarla, y mientras tanto alimentarnos por sondas, cuando ya no nos de ni un rayito de sol. Lo demás sólo son claros de luna, que no es poco, auroras boreales, fotos borrosas de estrellas con nombres númericos kilométricos y una lotería de meteoritos que nos puede quitar tanta inquietud en un segundo.
Me quedan por hacer unas cuantas preguntas un tanto ingenuas: ¿Cómo llevarán nuestros dioses la limitación de su jurisdicción? ¿Es posible que tengan algún interés en todas esas formas de vida extrañísimas que quizá se encuentren en el universo, cuando no muestran tanto interés por las otras formas de vida que hay en nuestro planeta, pensando que nosotros podríamos ser tan inteligentes como unos mosquitos comparados con lo que habite por ahí? ¿Podemos pensar que escuchan nuestras humildes plegarias particulares cuando el mundo es una fuente de problemas sin resolver que a nivel universal habría que multiplicar por más granos de los que tienen todas las playas juntas, y cuando ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo entre ellos, tales dioses?
Entre tanto, todo lo que le digan que han visto por ahí de color verde, con antenas y bajando de una nave con forma de una bola de discoteca, es mentira. Es como si después de hacer el viaje a Madrid de cinco horas, mi familia y yo nos dedicáramos todo el tiempo a escondernos por la Casa de Campo para hacer la gracia.

