domingo, 1 de abril de 2012

Hubo un tiempo en que no ser griego, era ser bárbaro

Hubo un tiempo en que no ser griego, era ser bárbaro. 



                           La Academia de Platón  - Casa del consejo vikingo
             Europa está cada día menos madura, de una jaula de grillos condenados a funcionar como una orquesta se está convirtiendo en el ordeno y mando del más fuerte. La madurez de Europa consistía en que Alemania y Francia fingían que todos los países valían lo mismo, y a la hora de las grandes decisiones se actuaba por consenso, de modo que Malta tenía el mismo derecho de veto que Alemania. Un día ya no fue suficiente, el día que los alemanes decidieron que las contrapartidas se habían terminado, y la volvieron a liar. A diferencia de otras tentativas ya no ha hecho falta enviar tropas por toda Eurolemania para dominar a los vecinos en la idea de que no saben lo que quieren y los métodos teutones para el tratamiento de la individualidad y la independencia nacional les enseñarán a ser libres. Ahora basta conque sean rentables. Y ¿qué animal es aquel del que todo se aprovecha? Según los medios británicos, los PIGS (Portugal, Irlanda o Italia, dependiendo de la conciencia de superioridad nórdica de quien esgrime el acrónimo; Grecia y Spain), los cerdos, como nos denominan por el norte, pues economizan hasta para agruparnos.
          


              


             Sólo ha hecho falta una crisis persistente y la demostración de que en algunos países la insolación incapacita para organizarse, y ya se han convertido en nuestros tutores por nuestro bien. Incluso han contado con la colaboración de un gobierno de Francia en pose permanente, con un afán de protagonismo que roza el delirio, especulando con la Entente Cordiale para demostrar su influencia en el mundo mientras el resto nos quedamos mirando como se lo montan, y todo en la idea de que los alemanes son la fuerza bruta y ellos son la inteligencia. Los telediarios abren hace tiempo con este titular: “Francia y Alemania se reúnen para decidir el futuro de Europa”, y nadie parece ofenderse. Ahora la clase política francesa, más bien de derechas, ha empezado a temer que pudieran ser fagocitados ellos también. Cuando se le acabe la cera veremos al Elíseo encabezando la rebelión contra el gigante, llamando a Bruselas para que prevalezcan la igualdad y la solidaridad, o al menos haga y deshaga. Hace poco el periódico francés Liberation se metía en las botas con alzas del general corso, titulando con displicencia: “Después de los griegos, los latinos”, en referencia al próximo dolor de cabeza que les obligaría a enmendarnos, marcando distancia genética con esos países del sur que a la clase política francesa siempre le ha servido para aliviar sus complejos con una Alemania que es mejor tener como amiga que como enemiga. Me llama la atención ese desplazamiento de la denominación por el cual los Estados Unidos son América, de lo cual no cabe duda, y así la llaman los mexicanos, y los mexicanos, ya que no son americanos, son latinos, como los llamamos en España los mismos que les enseñamos esta lengua derivada del latín. Bueno, y ¿nosotros qué somos? Los franceses lo tienen claro, somos latinos, a condición de convertirse ellos en pequeños alemanes o Axteris y Obelix (es un secreto a voces que los romanos del cómic en realidad son los malditos boches).

      Los ingleses también lo tenían claro y siempre habían mirado con recelo a Europa, en la idea de beneficiarse de lo bueno y ponerse en guardia a la hora de pagar las consumiciones, pero ahora que Alemania ha tomado las riendas y sus ex-colonias coquetean con los gigantes de verdad: USA y China, ya no se trata de comer mientras no dejas comer, hay que estar a la que salta. Han alimentado durante tanto tiempo su escepticismo insular (cuando había un temporal, no era Gran Bretaña la que estaba aislada, sino Europa, es de suponer que hasta Vladivostok), que el provincianismo se impondrá en todos los referéndums de carácter hipócrita que suelen convocar periódicamente sus dirigentes en la esperanza de que la gente entre en razón y no les penalice políticamente, condenando mientras tanto a ese país a una posición marginal en la toma de decisiones, incluso a la hora de pringar en su beneficio. Este fin de semana todos los periódicos de Europa eran un clamor a la hora de señalar que la reina histórica de todas las alianzas continentales se quedaba sola.

       Nadie discute que las naciones del sur, menos industriales, se han portado irresponsablemente con el dinero, a pesar de que eran bancos alemanes y franceses los que se forraban aprovechándose de la relajación de nuestras costumbres. Lo que preocupa es que la humillación del rescate no la dirija Bruselas, que sería como una especie de reunión de alcohólicos anónimos que te acaba comprendiendo, sino Berlín, convirtiendo a sus nacionales en ciudadanos de primera clase frente al resto, pues son los alemanes los que votan al canciller que por su bien nos apretará las clavijas e impondrá su forma de ver las cosas, haciendo notar además que no se puede esperar nada bueno de los parientes pobres. El presidente de la Comisión Europea, Van Rompuy, viéndose en tan mal lugar, calificaba de “chiste”, la intención de Alemania y Francia de imponer sanciones a los países que no cumplieran con el plan de déficit que ellos mismos diseñaran. A lo mejor la gracia o la Grecia le acaba costando el puesto.

Todavía nos acordamos por aquí de cuando, a finales de los noventa, Francia y Alemania sacaron adelante unas exigencias a su medida que había que cumplir para entrar en la moneda única. España las cumplió contra todo pronóstico, con más solvencia que Francia y Alemania, y hubo que ampliar los plazos para que los amos del cotarro no pasaran apuros. Era como haberle ganado una carrera a Usain Bolt y que le dieran la medalla a él, sólo porque se había quejado del viento imprevisto. Luego se ha demostrado que aquello era un espejismo basado en el ladrillo que nos permitía vivir por encima de nuestras posibilidades, pero está claro que fuimos los primeros de la clase por un día. Los alemanes piensan que siempre son demasiado generosos, pero es una generosidad muy bien recompensada, basada en la menor industrialización de los países que podrían fabricar sus propias lavadoras y coches más baratos, y que acaban convirtiéndose en economías subsidiarias por la sencilla razón de que un latino tarda mucho tiempo en tomar en serio la idea sobre una lavadora de otro latino, mientras a los anglosajones y a los germanos no se les escapa nada. 
           Por fin Europa como negocio, de modo que el gobierno alemán soltó el globo sonda de que se podía expulsar de la Unión a quien no cumpliera ciertos requisitos, olvidando la historia, los lazos y los ideales europeos de un Billy Brandt.

              El ideal igualitario se diluye entre el egoísmo y la responsabilidad de unos miembros de la Unión que se comportan como niños en una escuela, donde Alemania sería la delegada, la líder y la empollona, además de una fuerza bruta con la que nadie quiere verse las caras en el recreo. Francia es aplicada y redicha, y se arrima a Alemania con buen ojo para no tener que sufrir otra vez el zarpazo del oso. El Reino Unido era soberbio, distante y hasta despectivo, siempre aparentando tener cosas mejores que hacer que intervenir en los líos de los demás, pero cada día que pasa es más suspicaz ante el compadreo que se traen los dos grandes. Después tenemos a los aplicados repeinados de la primera fila: Holanda, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Austria y Luxemburgo. A los que podríamos sumar Bélgica, con serios problemas de identidad. Irlanda progresaba adecuadamente, pero en plena borrachera económica ha vuelto a meterse en líos gordos. Italia era el saltimbanqui más gracioso de la clase, animador de todas las fiestas hasta que se ha dado de golpe con la realidad más cruda, y ahora ha sido dejada de lado por los gerifaltes, con cierto recochineo de superioridad por parte de Francia, aunque Alemania ya lo tenía calado. España, después de un tiempo presumiendo de que le había tocado la lotería, se ha dado cuenta de que el dinero no solo no llueve, sino que se puede mojar, aunque aquí llueva muy poco, y ha tenido que acudir a la casa de empeños. Alemania y Francia quieren que aprenda la lección, que sea humilde y se conforme para siempre con su discreto lugar jerárquico. Portugal siempre había sido modesta, últimamente tirando a vulgar, pero eso no le ha servido de nada y también ha terminado por recibir los palos. Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Estonia, Letonia, Lituania, Malta, Eslovenia, Rumanía, Bulgaria y Chipre completan el pelotón de los torpes, en distintos grados de mediocridad, corrupción y humillación. No se esperaba nada de ellos ni se espera. Y llegamos a Grecia: Más que indisciplinada, Grecia es una calamidad, la oveja negra de la clase, amenazada de expulsión y arrastrada por el barro por su mala cabeza. Alemania y Francia ya no saben que hacer con Grecia y piensan que no tiene arreglo por culpa de una tara genética de los griegos. La clase entera está en boca de todo el mundo debido a Grecia, y en consecuencia parece lícito tratar a los griegos como unos niños insensatos e incorregibles. Y yo me pregunto: si los jefes me tratan mal, Europa se ha convertido en una central lechera alemana, y yo voy a ser una especie de vaca que ya no da leche y sólo recibos los palos, ¿por qué no me voy con lo poco que tengo con los chinos, los americanos o los japoneses? Porque nos devolverían a los amos en un paquete con lazo.

            La historia no siempre fue así, y aunque en Grecia no ocurre nada serio desde lo de "Aristóles" Onassis y la Calas, que mira como acabó, hubo un tiempo en que no ser griego, equivalía a ser un bárbaro. Si tomáramos otra foto fija de la clase, pero en el siglo V a.c, nos encontraríamos a una Grecia con un carisma indiscutible, que sabe todo lo que se sabía entonces y ha sentado las bases modernas de la filosofía, ciencia, arte, política, astronomía, teatro, poesía, oratoria, arquitectura, geografía, medicina, música o navegación. y a una Alemania dividida en clanes de barbudos gruñones que viven en chozas y sólo viajan para ir a cazar focas o para dar de porrazos a otra tribu. Si Alemania empezó a tener cierta preponderancia cuando se desarrollaron las ciencias y las artes, el romanticismo y la industria en los siglos XVIII y XIX (siendo reducida después de algunas exaltaciones hormonales a la tarea de dirigir Europa por nuestro bien), los griegos pudieron tratarlos como a hombres prehistóricos durante quinientos años, y los romanos durante mil. A Grecia y a Roma les quedaría todavía mucho margen, como para tener que soportar ninguna insinuación, y desde luego ninguna insinuación genética, pues desde ese punto de vista que ellos utilizan para “dar un toque a los demás por su bien”, los horrores nazis de la Segunda Guerra Mundial los habrían devuelto a una época muy lejana en la evolución, pese a las bombas voladoras V1 y V2, más precisas. Eso en el caso de que fuéramos injustos con todos los alemanes. También los judíos, los árabes, los egipcios, los fenicios y demás pueblos del Mediterráneo, eran el colmo de la sabiduría frente a germanos, galos, británicos o vikingos. En la Inglaterra del siglo XVIII el sistema de cañerías de la ciudad era más anticuado que el dejado por los romanos un milenio y medio antes, y la limpieza corporal dejaba mucho que desear, pese a tanto potingue francés de la época, así que podemos imaginar que en el resto de Europa se estilaba el ¡agua va!, o el ¡vete hacerlo al campo y luego te limpias con una piedra!