domingo, 1 de abril de 2012

El eterno problema del intelectual ante la música

EL ETERNO PROBLEMA DEL INTELECTUAL ANTE LA MÚSICA

                                           "La música", alegoría de Silvano Escolapio, 1827

          Se preguntaba Goethe: ¿qué es la música?
       Se refería a cuál es la explicación última de la música en el ser humano, pues en los diccionarios la definición que más lejos llega habla de complejos procesos psicoanímicos, sin definir en que se apoyan nuestros procesos psicoanímicos para crear y admirar la música. Sabemos que la música es un lenguaje sin conceptos: no se puede expresar con palabras, se crea, se ejecuta y se disfruta, o no, con el inconsciente. La música empieza a serlo a partir de una sucesión de dos notas bien definidas, ordenadas en las escalas tradicionales o modernas. Aunque Copland dice que una prueba de musicalidad se da ya cuando el sonido de una simple nota hace que te cambie el ambiente de una habitación. Podemos preguntarnos si existía la música antes que la palabra o tuvieron un desarrollo paralelo.
          Un hombre prehistórico, que apenas se comunica con palabras, golpea con un hueso una calavera para advertir en la lejanía de un peligro. Fácilmente descubre que golpear otro objeto sucesivamente, a intervalos y a veces al mismo tiempo, puede superar la monotonía que produce en él y en su entorno el sonido monocorde, prolongando así su hallazgo. Si es capaz de convertir su entusiasmo en una reacción que produzca en los demás ganas de escucharlo de nuevo, es fácil que se haga imitar con la voz por aquellos que no disponen de los mismos instrumentos. Si esa música se introduce en ciertos ritos estará además teñida de tragedia o de alegría más intensas, y será común que la expresión hablada, el acompañamiento de la voz, termine también de exagerarse para producir una emoción que no se alcanza aún hoy con la palabra, pues la palabra define pero no conecta con el brutal emocional que nos compone en un alto porcentaje, sino a través de un proceso muy artístico, muy sutil y muy arduo, al que sí llega la música en unas pocas notas, de ahí su éxito de masas. Hay gente que no lee, pero es difícil encontrar a alguien a quien no le atraiga alguna música.
       El acompañamiento de la voz, nuestro mejor instrumento, convertido en palabra cantada o no, impregnará la música de mayor convicción en sus orígenes. Intensidad, graves y agudos, duración, timbre, melodía, armonía, métrica y ritmo son los elementos con los que juega el músico que va dejando de ser prehistórico, y la discriminación a lo largo del tiempo acerca de lo que merece la pena volverse a escuchar e incluso conservarse de generación en generación por los mejores oídos, o prueba del tiempo, no ha hecho sino reforzar y volver más compleja en la búsqueda de la originalidad la traducción de sentimientos a lenguajes musicales. La belleza, que no es lo empalagosa o lacrimosa que resulta una música, que también puede ser imperiosa pero estar construida de una manera atractiva al oído, es la efectividad, la consolidación de ese lenguaje, y la ausencia de esa belleza musical, de esa comunicación que cualquier humano más o menos dotado puede percibir en uno u otro plano por encima de culturas, estilos o épocas, explicaría la crisis de la música contemporánea actual.
         Goethe, que asistió en Francfort al acontecimiento más o menos circense, pero también precursor del genio, de aquel Mozart prodigioso de siete años, con su peluca y su espada a medida, se maravilló con Don Giovanni y la Flauta Mágica casi al mismo tiempo que lamentaba la muerte del compositor. Existía una música tradicional o popular entonces, pero la única que ha sobrevivido a su tiempo se interpretaba, como hoy, en un lugar con una luz bien dosificada, por unos músicos discretamente vestidos (salvo en la ópera), preparados a lo largo de muchos años y desde luego con un oído bien afinado, que suele ser más amigo del violín y el piano que de la pandereta o la batería. No era una música repetitiva si quería perdurar, e igualmente se utilizaban discretamente los timbales, ni necesariamente cantada, por aquello del simple arte de mezclar sonidos sin un significado exterior; tampoco en un idioma tan exitoso como el inglés, y si lo era las voces solían y suelen ser selectas, pasarían con facilidad la prueba de la ducha. El público podía elegir entre asistir a un acto social o intentar escuchar los matices, pero en ambos casos estaba callado, salvo por alguna tos inevitable, lamentada por todos los demás. Todo esto, más el pasado prodigioso o genial de algunos de estos autores, nos da la medida de las intenciones de unos y otros compositores, independientemente de que el uso del violín y la vocación de sinfonista u operística no da siempre por sentada una obra más valiosa que otra tocada a la guitarra o producida en otro género, y las emociones suelen ser igualmente intensas y desde luego respetables. Entre un genio y el cantante del verano tenemos un enorme espectro, más admitamos que todos tenemos filias y fobias y hay gente a la que le gusta de todo.
         Una vez hemos hablado de que el arte de mezclar sonidos puede ser tan exigente o deficiente como todos los demás, hay que preguntarse qué mueve al intelectual a meter tantas veces la gamba con la música. Ante el hecho musical casi podríamos dividir al filósofo común hispánico en cuatro categorías: ignorantes, despreciativos, condescendientes y nietzchewagnerianos, estos últimos más dotados. Nadie duda de sus talentos en las materias que los vieron nacer como intelectuales, pero se puede empezar a pensar que su orgullo a veces se resiste a la ignorancia en todas las materias, de una forma que no tiene nada que ver con el aprendizaje o la humildad, y de ahí comentarios sonrojantes acerca de la música.
          Ignorantes musicales, como Savater: “Mozart me parece la carraca de una caseta de feria, y Bach de una fría pomposidad”, para dejar claro que a los quince años él ya sabía que la música era una cosa de poca sustancia, con lo cual, después de Edith Piaf...
           Despreciativos, como Umbral: “Admiro la literatura y la pintura, pero no la música. Al fin y al cabo la literatura y la pintura son artes selváticas, maniguas de palabras y colores, mientras que la música es un estilización no se sabe qué. A mí me suena lo mismo Chopin que un gato pasando por encima de las teclas del piano, y con Beethoven duermo la pleura”. Con lo cual acaba de servirnos la explicación a su poco apego musicl, haciendo innecesario el bastoncillo para los oídos.
         Condescendientes, como José Antonio Marina: “A mí lo que me admira de la música es más lo que el hombre es capaz de hacer con sus manos y un trozo de madera y unas tripas de cerdo para construir un violín, que la música que pueda salir por ese violín”. Lo cual es un tipo de admiración artesanal que da para un ratito, nada comparable a la apreciación que sentiremos durante siglos por algunas obras maestras, si tenemos un mínimo oído musical.
        Y por último, de entre todas estas personas que uno ha leído con interés y a veces con admiración, tenemos al nietzchewagneriano, todo un clásico entre los filósofos, que aparte de su entusiasmo musical y puestos a elegir entre todos los demás, parece convencido de que las obras de un Wagner o un Bruckner serían casi las únicas música a la altura de su pensamiento, lo cual parece un poco forzado por esa mezcla de walkyrias y eternos retornos.
       Hasta cierto punto, y en el uso de libertad de expresión, podía comprenderles, pues yo también he pasado por lo mismo, recordando el día que entré en el museo del Prado y me dirigí a la sala de Las Meninas esperando una impresión sobrecogedora, de montaña rusa, que no se produjo. Claro que no conseguí arreglarlo, dejando a un lado mi afición por entonces a ciertos dibujantes y mi nula sensibilidad pictórica, cuando me empollé tres tratados de pintura. Al menos sirvió para que no dijese más gilipolleces, oiga, y para que quedase claro que podía ir echándole la culpa a mis legañas antes que a Velázquez.