domingo, 1 de abril de 2012

Apunte biográfrico: Mis espejismos musicales


                MIS ESPEJISMOS MUSICALES.





        Desde mi gestación estuve en contacto con la música, tanto la popular como los discos de grandes sinfonias y conciertos de los que mi padre era un apasionado, como mi abuelo... no sé si también los vecinos. La música no me abandonó durante mi primera infancia, y mientras jugaba estaba construyendo sin saberlo un mundo mágico. De modo que a partir de los cinco años, cuando la aguja del tocadiscos se escoñó y mi padre se pasó a otras aficiones, tan legítimas como la fotografía y las maquetas de aviones, todas esas obras, como los grandes ballet de Chaikovsky, las Danzas eslavas de Dvorak o el Peer Gynt de Grieg, ya eran parte de mi ser más profundo.                  
          Durante mi larga travesía por el desierto, y hasta el momento de salir del piano, a los dieciocho años, solía enlazar casi inconscientemente, como por juego, lo que recordaba de estas piezas, en la última fila de la clase, o practicando el baloncesto solo y bajo cualquier condición climatológica, intentando meter una canasta de espaldas desde el centro de la cancha, siempre buscando la pirueta imposible. A veces, cuando una pieza clásica aparecía como sintonía en un anuncio, sentía un absurdo amor por una fragancia de colonia o una marca de papel higiénico... y luego el anuncio se acababa.         Un día ocurrió que buscando el disquete de un videojuego en un cajón, di con el programa musical de una revista informática que contenía el vals del minuto de Chopín, con aquel sonido de lata. Sentí que necesitaba escucharlo de nuevo, diez, y hasta veinte veces seguidas... A la familia le parecía un fenómeno muy divertido: "Por fin te interesas de verdad por algo" (ya me interesaba por bastante cosas que sólo me interesaban a mí). Poco tiempo después entró en casa un nuevo equipo de música, así que empecé a poner los viejos discos de vinilo... y me suspendieron por enésima vez. Casi los rayé todos, pues como poseído, no hice otra cosa durante semanas, día y noche, que reencontrarme con los grandes compositores: Mozart, Bach, Beethoven, Haendel, Tchaikowsky, Brahms... "¡Oye, niño, que parece que te han dao cuerda y estás pa que te lleve al psicólogo!". Era para fusilarme al amanecer, pero no estaban dispuestos a esperar tanto.             Desde muy pequeño, antes de cumplir un año, ya había manifestado otras habilidades, como hablar de forma inteligible sin parar, y dibujar coches o caballos identificables como tales, aunque todavía no he aprendido a programar el vídeo y me salen muy mal los espaguetis. Después de músico me gusta definirme íntimamente como creativo, y así, cuando mis esfuerzos armónicos y contrapuntísticos autodidactas, por culpa de mi fobia al profesorado y a las aulas con olor a tigre, arrasaban con todo, impulsado por un entusiasmo demoniaco, inextinguible y quijotesco, extraído del substrato hispánico, que me llevó a presentarme a la orquesta municipal y a grandes y sin embargo no suficientemente diligentes musicólogos que tenían que haber adivinado entre aquellos apretados trazos mi genio incógnito (puedo tararear ahora mismo, si me animan un poco, la melodía de mi sinfonía en sol menor de mi mayoría de edad, y no tendría que cambiar ni una sola nota... pero vamos a dejarlo), también escribía...           Sí, escribía para aplacarme (haciendo la mili, haciendo el amor con las doncellas, dejémoslo así, en las azoteas y transpatios, limpiando estiércol con una pala o reponiendo latas de tomate): una biografía de Mozart de ochocientas páginas que me llevó seis años, y que comenzando en el barrio de Aluche, seguía con un recorrido por todas las provincias de España en un Seat 600 en el que apretaditos, cabía en la baca el clavecín y hasta las sillas de camping con las que acamparíamos con la abuela y el canario a las puertas del Pardo, horas antes de matar de éxtasis y de dos vueltas de collar de perlas, a doña Cármen Polo de Franco. ¡Si esto no se parece a Cuéntame, que me despierten!     Todo ese papel abasteció por la otra cara, y durante el año siguiente a su intento de publicación, a la impresora de los balances y las cuentas, y todavía sobró para el parque de bomberos.  



    
        Sin embargo se mueve.