La magrana Novela de blog
2011 Todos los derechos reservados
Esta es una novela abierta e interminable para el blog, hecha de personajes reales y simbólicos, que tienen por lugar común la ciudad industrial en la que vivo, Elche, aunque podría tratarse de cualquier otra ciudad en el entorno de Madrid o Barcelona. Los personajes palpitan hasta que se reunen bajo la magrana del Misteri una vez al año para expiar sus pecados. He tomado como modelo la Colmena de Camilo José Cela, pero en un contexto contemporáneo y en plena crisis, y con un lenguaje actual. El poeta del pregón, el pintor incomprendido, la propietaria sin escrúpulos, la pareja pendiente de un embargo, el padre que quiere convertir a su hijo en una estrella del fútbol, el estudiante de telecomunicaciones que se va a trabajar a Alemania, los de la joyería que no pueden jubilarse por ayudar a sus hijos mayores en paro, el que juega a la bolsa creyendo que se va a hacer de oro, el inmigrante y cien personajes más.
EL POETA (1)
-Ponle unos diez años, lo que va desde que no me reencontraba con mis paisanos -asegura Antón Sultán Segarra, autor de La faraona, último premio de la crítica.
-¿Y eso? -pregunta su discípulo, saliendo del sueñecito que le ha cogido llegando a Almansa.
-Pues por muchas cosas. Mira, yo salí de aquí para no volver, siendo más jovencito que tú incluso, buscando labrarme un futuro como poeta, ¿sabes?, y yo creo que por una mezcla de orgullo y de eso que he dado en llamar en mi último libro el hartazgo del Nibelungo, quería darle una lección a toda esa gente que hace treinta años sólo veía en mí al hijo del horchatero.
Paulino Guardado estudia para escritor. Se arrimó a Sultán Segarra tras una conferencia, de modo que desde hace seis semanas está en todos los saraos y le acompaña en el puente aéreo. En premio a su fidelidad y aprovechando lo del pregón, que le han arreglado a Sultán Segarra, este organizó el viaje reconciliatorio con sus paisanos, y se ha traído al discípulo al pueblo para descubrirle sus orígenes de primera mano.
-Cuando yo salí de aquí eran cuatro casas, pero que esto ahora está muy cambiado, ¿eh? "Tout le monde a de l'enfance qui ronronne, au fondo d'une poche oubliée".
Paulino está tentado de sacar su cuaderno electrónico y ponerse a tomar notas, pero la digestión en el tren no le ha sentado muy bien que digamos, y con el sol que entra a raudales en el vagón, se siente un poco aplastado.
-No entiendo.
-Esta frase en francés viene a decir: todo el mundo tiene una infancia que ronronea al fondo de un bolsillo olvidado. Bueno, muchacho, toca enderezarse, que ya estamos llegando. Lo primero te voy a llevar a donde yo jugaba al fútbol, detrás de las tapias, antes de que me diera por las letras y las peras, y si los amigos y las autoridades no nos marean mucho mamá nos va a hacer un arroz a ti y a mí con costra que va a ser la muerte.
Paulino está repitiendo el café de la estación de Alicante y apenas se tiene en pie con el traqueteo y la sonrisa de un niño que está pidiendo siesta y que lo acuesten sin desvestir.
Al llegar a la ciudad, Antón Sultán Segarra, ha tenido la intuición, pegando la nariz contra la ventanilla, de que en agosto y a las cuatro de la tarde no iba a estar para recibirle precisamente la banda de música municipal en el andén. Entre unos y otros no ha venido nadie.
EL POETA (2)
-Si no puedes, déjatelo, guapo, que me está entrando angustia sólo de verte así.
Asunción Segarra, la madre del gran escritor, ha conseguido que el discípulo se tome por respeto todo lo que tenían en el frigorífico para tirar esta noche, pero los ojos de Cuadrado están de un ahuevado que da miedo verlo, con los fideos que se le salen por las comisuras.
-Mama, nosotros nos marchamos ya, que hemos quedado en el consistorio para mostrarle el discurso al concejal, por ver qué opina -asegura el autor de El finiquito y otros cuentos.
-Casi se me olvida. ¿Tú te acuerdas de Amalia, la del hijo de Ripollés, el de la lonja?
Antón Sultán Segarra sabe que dejó alguna medio novia antes de marchar a conquistar el mundo, pero apenas se acuerda de sus carnes prietas...
-Más o menos. ¿Por qué? ¿Ha tenido ya descendencia?
-Uy, de eso hace mucho, pero se enteró de que llegabas, y fíjate, ha dicho que quiere verte. Por capricho será, y yo, por no decirle que no...
Antón, con las manos en los bolsillos mientras Cuadrado se pone la chaqueta y casi besa las manos de la señora madre del gran autor, se extraña bastante. Sabe que Amalia no viene sólo a que le firme un libro.
-Mamá, y ¿por qué ibas a tener que decirle que no viniera?
-Un momento hijo, que estoy diciéndole una cosa a Paulino. Mira, Paulino, mi hijo, en sus tiempos, ahí donde lo ves, era todo un don Juan -sale de pronto Asunción-. Pues resulta que a Amalia no le ha ido muy bien con el procurador, no, y yo lo he arreglado para que se vean.
-Pues buena la has montado, mamá. Bueno, chata, si podemos estamos de vuelta para la hora de la cena. Y en cuanto a Amalia, dile que me he ido a Cancún.
Antón besa en la frente a su madre, y Paulino coge la cámara digital con la que ha sacado fotos de la habitación de Antón, que está tal y como la dejó cuando se fue a estudiar a la Sorbona. Y cuando están bajando las escaleras:
-Oye, y nada de dormir en el hotel, Antón, que aquí hay un cuarto para cada uno y una ducha como dios manda.
EL POETA (3)
Son ya dos días de dilaciones y disculpas. Con el ajetreo de las fiestas y el desastre ecológico en el Hondo, nadie tiene tiempo de examinar el pregón con Antón Sultán Segarra, a ver que les parece. En cuanto ha amenazado al equipo de gobierno con marcharse y escribir en su columna de El País sobre el agravio padecido, han enviado muy de mañana desde Santa Pola al concejal de cultura, en mangas de camisa y con las llaves del Polivalente, para organizarle, qué menos, una visita y una firma de libros.
El bibliotecario que casi se pone firmes, lleva a Sultán Segarra y a Cuadrado en su coche, que tiene el aire acondicionado estropeado, y cuando coge confianza hace el trueque con la cantidad de tráfico que hay en esta ciudad, y les endiña por el retrovisor, parados en un semáforo y con voz poco segura, una necrológica sobre Azorín que escribió para un diario comarcal, mendigando una humilde opinión.
-Pero ¿ese no es el Publitoral, un periódico sólo para los anunciantes? -le reprende Antón Sultán Segarra- ¿Qué me está contando? Y por favor, cuando conduzca, mire al frente.
Cuando llegan, el bibliotecario sube las escaleras de tres en tres y saca el recogedor y el cepillo mientras el concejal de deportes entretiene al literato con todo tipo de promesas vanas.
-Usted me está contando películas -contesta Segarra-, y yo le digo que no he venido aquí de mi bolsillo, con el amigo -se supone que Cuadrado, invadido de orgullo-, dejando de ganar un dinero de dos conferencias en los cursos de verano de El Escorial, para que me tengan como si me dedicara a vender cupones. Lo de la firma se organiza con antelación. Y si vengo aquí es por echármelo a la cara a usted y a todo el consistorio si hace falta.
El concejal de cultura tenía una lista con cien o ciento veinte voluntarios para animador sociocultural, que a la hora de la verdad no consigue movilizar por falta de fondos, y Sultán Segarra y Cuadrado se toman su estancia allí como una anécdota y andan entre los estantes de la biblioteca como por juego, con su whisky en la mano, contando los libros que hay de este o de aquel autor popular y disfrutando el aire acondicionado.
-Y ahora fuera risas. Se lo que te estás preguntando -se sincera Sultán Segarra a Cuadrado-, si vamos a ver cuántos libros tengo yo aquí. Te lo voy a decir: uno sólo. Y te diré por qué: porque fue el libro con el que me estrené como poeta, y porque yo los mío, los vendo. Serán los libros y las ediciones que tu quieras, pocas, pero a esos yo les doy salida. Fede...
-No, no, Fernando.
-Bueno, bien, el bibliotecario, tréenos unos martinis, anda.
Ya casi dan la una y media, cuando las tripas ronronean, y entran un fotógrafo del periódico, un poco apático, que abandona enseguida, y una lectora mayor, que mariposea un poco, como si no se atreviera a acercarse. Antón Sultán Segarra la invita a participar con él en un diálogo abierto autor-lector.
-Me he enterado por la radio y casi que no he tenido tiempo de venir -dice la señora- con la compra y la comida sin hacer.
-Nada, señora, a mandar. De modo que le ha gustado mi último libro. ¿Dónde quiere que le eche una firmita?
-Sólo quería decirle a usted que Franco hizo mucho bien por España, y que no hay derecho cómo lo pone en el libro, cuarenta años después...
EL POETA (4)
-Los picatostes de la política que todo lo que quieren manejar.
Antón Sultán Segarra se pregunta por qué se ha merecido como discípulo a este Cuadrado, y de dónde ha salido. “Picatostes en vez de capitostes”. ¿Estamos de coña?
-Esto lo he leído en Proust -asegura Cuadrado, para rematarlo.
Nada más llegar al ayuntamiento se aperciben de que se ha formado un corrillo de periodistas en torno al que sospechan debe ser el alcalde, pero cuando se despeja un poco descubren a Yago Antonio Paniagua, el otro literato local de renombre.
Ha existido siempre entre ellos una enorme rivalidad. En sus comienzos, Sultán Segarra y Paniagua escribían cada uno su columna en uno de los dos periódicos locales, pero no fue hasta que se presentaron a un premio de novela provincial, que le dieron a Sultán Segarra, cuando empezaron a tomarse ojeriza. Sultán Segarra decidió quedarse un año a terminar una novela antes de dar el salto a Madrid, y al descubrir que las columnas de Paniagua exudaban cierta pelusilla hacía él, atacando directamente sus opiniones políticas, empezó a pavonearse de su premio. Pero no contaba conque Paniagua encontrase tan pronto acomodo en un sitio como la redacción de la Vanguardia de Barcelona, justo antes de un verano que a Segarra se le haría soporífero, encerrado en los límites de la ciudad.
El colmo fue cuando la Vanguardia envió a un simple corresponsal para hacer un reportaje sobre un aniversario de las fiestas locales, y este quiso realizar una inesperada entrevista a Sultán Segarra. Hasta ahí no había nada que reprocharle, y Segarra, tras una ligera sospecha, vio la oportunidad de hacerse notar, forzando desesperadamente sus expectativas, remitiéndose inevitablemente a su gloria efímera y provincial para advertir de un futuro triunfal, mientras el otro le daba toda la cancha. La sorpresa llegaría cuando devorando Sultán Segarra la edición dominical de La Vanguardia, imaginándose el eco estruendoso conque golpearía su nombre en las grandes capitales y en la casa de Paniagua, descubrió que sólo se le mencionaba de pasada y junto a una docena de poetas aficionados de un club de la tercera edad. Vio la mano de Paniagua y lloró sangre, se sintió poco menos que una caca en el campo, dejó de comer dátiles y le dio por el billar francés.
Su segunda novela, La fuente verde, donde se respiraba un ambiente depresivo, había resistido sin embargo en los recovecos de los escaparates de algunas librerías, merced al premio y a que la ilustración de la portada sacaba provecho de su parecido con la portada de un libro de éxito. Una de las personas que se llevó uno de los últimos quince ejemplares que hasta entonces se han vendido en España, era el vicecónsul de Turkmenistán. Buscando un país exótico donde situar una de las subtramas se le ocurrió a Sultán, Turkmenistán, como se le hubiera podido ocurrir otros doce países. En la guerra entre Turkmenistán y Tayikistán, Segarra había decido que los héroes fueran los primeros... lanzando una moneda al aire. El vicecónsul se sintió además embargado por las descripciones detalladas que un extranjero hacía sobre la belleza de las muchachas y las montañas de Turkmenistán, que Segarra no había visto ni en un documental, y consiguió que el ministerio de educación tradujera e incluyera La fuente verde en los planes de estudio. Se vendieron así más de cien mil ejemplares. Antes de pasar siquiera por Madrid, Segarra se vio montado en un Tupolev, patrocinado por la editorial, camino de Turkmenistán, mintiendo una vez allí acerca de un viaje previo y salvaje en camellos y decidiéndose a convertirse en orientalista, pasión de la que nacerían otros treinta libros sobre Turkmenistán, Tadzykistán (los intelectuales de Turkmenistán no se dejaban engañar tan fácilmente), Afganistán, Pakistán, Kirgistán, Uzbekistán, Kazachstan, Azerbajan...
-Míralo, ahí está Paniagua -indica Sultán Segarra con la quijada-. Un gran escritor, no cabe duda, y no me duelen prendas reconocerlo. Te parecerá extraño, Cuadrado, si te digo que pienso leer lo último que ha sacado...
-No, no, extraño ¿por qué me iba a parecer?
-Dicen que es una novela de aventuras. No creo que sea un género desdeñable, y hay que respetar todas las tendencias...
-¿Le importa sí...?
-Vete, claro, vete, no te lo vayas a hacer encima.
Cuadrado se mete en los servicios, pero antes de que tenga tiempo de bajarse la bragueta, Sultán descubre que ha salido medio a escondidas para arrimarse al grupo en torno a Paniagua, y pedirle un autógrafo.
-Ponle unos diez años, lo que va desde que no me reencontraba con mis paisanos -asegura Antón Sultán Segarra, autor de La faraona, último premio de la crítica.
-¿Y eso? -pregunta su discípulo, saliendo del sueñecito que le ha cogido llegando a Almansa.
-Pues por muchas cosas. Mira, yo salí de aquí para no volver, siendo más jovencito que tú incluso, buscando labrarme un futuro como poeta, ¿sabes?, y yo creo que por una mezcla de orgullo y de eso que he dado en llamar en mi último libro el hartazgo del Nibelungo, quería darle una lección a toda esa gente que hace treinta años sólo veía en mí al hijo del horchatero.
Paulino Guardado estudia para escritor. Se arrimó a Sultán Segarra tras una conferencia, de modo que desde hace seis semanas está en todos los saraos y le acompaña en el puente aéreo. En premio a su fidelidad y aprovechando lo del pregón, que le han arreglado a Sultán Segarra, este organizó el viaje reconciliatorio con sus paisanos, y se ha traído al discípulo al pueblo para descubrirle sus orígenes de primera mano.
-Cuando yo salí de aquí eran cuatro casas, pero que esto ahora está muy cambiado, ¿eh? "Tout le monde a de l'enfance qui ronronne, au fondo d'une poche oubliée".
Paulino está tentado de sacar su cuaderno electrónico y ponerse a tomar notas, pero la digestión en el tren no le ha sentado muy bien que digamos, y con el sol que entra a raudales en el vagón, se siente un poco aplastado.
-No entiendo.
-Esta frase en francés viene a decir: todo el mundo tiene una infancia que ronronea al fondo de un bolsillo olvidado. Bueno, muchacho, toca enderezarse, que ya estamos llegando. Lo primero te voy a llevar a donde yo jugaba al fútbol, detrás de las tapias, antes de que me diera por las letras y las peras, y si los amigos y las autoridades no nos marean mucho mamá nos va a hacer un arroz a ti y a mí con costra que va a ser la muerte.
Paulino está repitiendo el café de la estación de Alicante y apenas se tiene en pie con el traqueteo y la sonrisa de un niño que está pidiendo siesta y que lo acuesten sin desvestir.
Al llegar a la ciudad, Antón Sultán Segarra, ha tenido la intuición, pegando la nariz contra la ventanilla, de que en agosto y a las cuatro de la tarde no iba a estar para recibirle precisamente la banda de música municipal en el andén. Entre unos y otros no ha venido nadie.
EL POETA (2)
-Si no puedes, déjatelo, guapo, que me está entrando angustia sólo de verte así.
Asunción Segarra, la madre del gran escritor, ha conseguido que el discípulo se tome por respeto todo lo que tenían en el frigorífico para tirar esta noche, pero los ojos de Cuadrado están de un ahuevado que da miedo verlo, con los fideos que se le salen por las comisuras.
-Mama, nosotros nos marchamos ya, que hemos quedado en el consistorio para mostrarle el discurso al concejal, por ver qué opina -asegura el autor de El finiquito y otros cuentos.
-Casi se me olvida. ¿Tú te acuerdas de Amalia, la del hijo de Ripollés, el de la lonja?
Antón Sultán Segarra sabe que dejó alguna medio novia antes de marchar a conquistar el mundo, pero apenas se acuerda de sus carnes prietas...
-Más o menos. ¿Por qué? ¿Ha tenido ya descendencia?
-Uy, de eso hace mucho, pero se enteró de que llegabas, y fíjate, ha dicho que quiere verte. Por capricho será, y yo, por no decirle que no...
Antón, con las manos en los bolsillos mientras Cuadrado se pone la chaqueta y casi besa las manos de la señora madre del gran autor, se extraña bastante. Sabe que Amalia no viene sólo a que le firme un libro.
-Mamá, y ¿por qué ibas a tener que decirle que no viniera?
-Un momento hijo, que estoy diciéndole una cosa a Paulino. Mira, Paulino, mi hijo, en sus tiempos, ahí donde lo ves, era todo un don Juan -sale de pronto Asunción-. Pues resulta que a Amalia no le ha ido muy bien con el procurador, no, y yo lo he arreglado para que se vean.
-Pues buena la has montado, mamá. Bueno, chata, si podemos estamos de vuelta para la hora de la cena. Y en cuanto a Amalia, dile que me he ido a Cancún.
Antón besa en la frente a su madre, y Paulino coge la cámara digital con la que ha sacado fotos de la habitación de Antón, que está tal y como la dejó cuando se fue a estudiar a la Sorbona. Y cuando están bajando las escaleras:
-Oye, y nada de dormir en el hotel, Antón, que aquí hay un cuarto para cada uno y una ducha como dios manda.
EL POETA (3)
Son ya dos días de dilaciones y disculpas. Con el ajetreo de las fiestas y el desastre ecológico en el Hondo, nadie tiene tiempo de examinar el pregón con Antón Sultán Segarra, a ver que les parece. En cuanto ha amenazado al equipo de gobierno con marcharse y escribir en su columna de El País sobre el agravio padecido, han enviado muy de mañana desde Santa Pola al concejal de cultura, en mangas de camisa y con las llaves del Polivalente, para organizarle, qué menos, una visita y una firma de libros.
El bibliotecario que casi se pone firmes, lleva a Sultán Segarra y a Cuadrado en su coche, que tiene el aire acondicionado estropeado, y cuando coge confianza hace el trueque con la cantidad de tráfico que hay en esta ciudad, y les endiña por el retrovisor, parados en un semáforo y con voz poco segura, una necrológica sobre Azorín que escribió para un diario comarcal, mendigando una humilde opinión.
-Pero ¿ese no es el Publitoral, un periódico sólo para los anunciantes? -le reprende Antón Sultán Segarra- ¿Qué me está contando? Y por favor, cuando conduzca, mire al frente.
Cuando llegan, el bibliotecario sube las escaleras de tres en tres y saca el recogedor y el cepillo mientras el concejal de deportes entretiene al literato con todo tipo de promesas vanas.
-Usted me está contando películas -contesta Segarra-, y yo le digo que no he venido aquí de mi bolsillo, con el amigo -se supone que Cuadrado, invadido de orgullo-, dejando de ganar un dinero de dos conferencias en los cursos de verano de El Escorial, para que me tengan como si me dedicara a vender cupones. Lo de la firma se organiza con antelación. Y si vengo aquí es por echármelo a la cara a usted y a todo el consistorio si hace falta.
El concejal de cultura tenía una lista con cien o ciento veinte voluntarios para animador sociocultural, que a la hora de la verdad no consigue movilizar por falta de fondos, y Sultán Segarra y Cuadrado se toman su estancia allí como una anécdota y andan entre los estantes de la biblioteca como por juego, con su whisky en la mano, contando los libros que hay de este o de aquel autor popular y disfrutando el aire acondicionado.
-Y ahora fuera risas. Se lo que te estás preguntando -se sincera Sultán Segarra a Cuadrado-, si vamos a ver cuántos libros tengo yo aquí. Te lo voy a decir: uno sólo. Y te diré por qué: porque fue el libro con el que me estrené como poeta, y porque yo los mío, los vendo. Serán los libros y las ediciones que tu quieras, pocas, pero a esos yo les doy salida. Fede...
-No, no, Fernando.
-Bueno, bien, el bibliotecario, tréenos unos martinis, anda.
Ya casi dan la una y media, cuando las tripas ronronean, y entran un fotógrafo del periódico, un poco apático, que abandona enseguida, y una lectora mayor, que mariposea un poco, como si no se atreviera a acercarse. Antón Sultán Segarra la invita a participar con él en un diálogo abierto autor-lector.
-Me he enterado por la radio y casi que no he tenido tiempo de venir -dice la señora- con la compra y la comida sin hacer.
-Nada, señora, a mandar. De modo que le ha gustado mi último libro. ¿Dónde quiere que le eche una firmita?
-Sólo quería decirle a usted que Franco hizo mucho bien por España, y que no hay derecho cómo lo pone en el libro, cuarenta años después...
EL POETA (4)
-Los picatostes de la política que todo lo que quieren manejar.
Antón Sultán Segarra se pregunta por qué se ha merecido como discípulo a este Cuadrado, y de dónde ha salido. “Picatostes en vez de capitostes”. ¿Estamos de coña?
-Esto lo he leído en Proust -asegura Cuadrado, para rematarlo.
Nada más llegar al ayuntamiento se aperciben de que se ha formado un corrillo de periodistas en torno al que sospechan debe ser el alcalde, pero cuando se despeja un poco descubren a Yago Antonio Paniagua, el otro literato local de renombre.
Ha existido siempre entre ellos una enorme rivalidad. En sus comienzos, Sultán Segarra y Paniagua escribían cada uno su columna en uno de los dos periódicos locales, pero no fue hasta que se presentaron a un premio de novela provincial, que le dieron a Sultán Segarra, cuando empezaron a tomarse ojeriza. Sultán Segarra decidió quedarse un año a terminar una novela antes de dar el salto a Madrid, y al descubrir que las columnas de Paniagua exudaban cierta pelusilla hacía él, atacando directamente sus opiniones políticas, empezó a pavonearse de su premio. Pero no contaba conque Paniagua encontrase tan pronto acomodo en un sitio como la redacción de la Vanguardia de Barcelona, justo antes de un verano que a Segarra se le haría soporífero, encerrado en los límites de la ciudad.
El colmo fue cuando la Vanguardia envió a un simple corresponsal para hacer un reportaje sobre un aniversario de las fiestas locales, y este quiso realizar una inesperada entrevista a Sultán Segarra. Hasta ahí no había nada que reprocharle, y Segarra, tras una ligera sospecha, vio la oportunidad de hacerse notar, forzando desesperadamente sus expectativas, remitiéndose inevitablemente a su gloria efímera y provincial para advertir de un futuro triunfal, mientras el otro le daba toda la cancha. La sorpresa llegaría cuando devorando Sultán Segarra la edición dominical de La Vanguardia, imaginándose el eco estruendoso conque golpearía su nombre en las grandes capitales y en la casa de Paniagua, descubrió que sólo se le mencionaba de pasada y junto a una docena de poetas aficionados de un club de la tercera edad. Vio la mano de Paniagua y lloró sangre, se sintió poco menos que una caca en el campo, dejó de comer dátiles y le dio por el billar francés.
Su segunda novela, La fuente verde, donde se respiraba un ambiente depresivo, había resistido sin embargo en los recovecos de los escaparates de algunas librerías, merced al premio y a que la ilustración de la portada sacaba provecho de su parecido con la portada de un libro de éxito. Una de las personas que se llevó uno de los últimos quince ejemplares que hasta entonces se han vendido en España, era el vicecónsul de Turkmenistán. Buscando un país exótico donde situar una de las subtramas se le ocurrió a Sultán, Turkmenistán, como se le hubiera podido ocurrir otros doce países. En la guerra entre Turkmenistán y Tayikistán, Segarra había decido que los héroes fueran los primeros... lanzando una moneda al aire. El vicecónsul se sintió además embargado por las descripciones detalladas que un extranjero hacía sobre la belleza de las muchachas y las montañas de Turkmenistán, que Segarra no había visto ni en un documental, y consiguió que el ministerio de educación tradujera e incluyera La fuente verde en los planes de estudio. Se vendieron así más de cien mil ejemplares. Antes de pasar siquiera por Madrid, Segarra se vio montado en un Tupolev, patrocinado por la editorial, camino de Turkmenistán, mintiendo una vez allí acerca de un viaje previo y salvaje en camellos y decidiéndose a convertirse en orientalista, pasión de la que nacerían otros treinta libros sobre Turkmenistán, Tadzykistán (los intelectuales de Turkmenistán no se dejaban engañar tan fácilmente), Afganistán, Pakistán, Kirgistán, Uzbekistán, Kazachstan, Azerbajan...
-Míralo, ahí está Paniagua -indica Sultán Segarra con la quijada-. Un gran escritor, no cabe duda, y no me duelen prendas reconocerlo. Te parecerá extraño, Cuadrado, si te digo que pienso leer lo último que ha sacado...
-No, no, extraño ¿por qué me iba a parecer?
-Dicen que es una novela de aventuras. No creo que sea un género desdeñable, y hay que respetar todas las tendencias...
-¿Le importa sí...?
-Vete, claro, vete, no te lo vayas a hacer encima.
Cuadrado se mete en los servicios, pero antes de que tenga tiempo de bajarse la bragueta, Sultán descubre que ha salido medio a escondidas para arrimarse al grupo en torno a Paniagua, y pedirle un autógrafo.
ADELA LA VIGILANTE NOCTURNA
Las sienes le palpitan y el corazón está apunto de salírsele del pecho para ir dando botes a esconderse detrás del sifonier. La persiana que rasga la madrugada, el trasegar de las sombras encorvadas, los cuchicheos roncos o el blanco de los ojos bajo los neones apagados, como indicios de criminalidad.
-Oiga, ¿con la policía?
-Policía nacional, sí, dígame, ¿en qué puedo atenderle?
-Quiero denunciar una actividad ilícita.
-Hable un poco más fuerte.
-¡No puedo! Escúcheme, está sucediendo otra vez, son esos hombres... ¿Le doy la descripción detallada y me manda un coche patrulla?
-Espere, ¿me habla usted por un casual desde la calle Alfonso XII?
-Sí, y estoy viendo todo lo que pasa a través de los visillos... Pero ¿cómo sabe usted donde yo vivo, si aún no se lo he dicho?
-Es usted Adela Guzmán... Mora, pone aquí, ¿no es eso?
-¡Sí, pero no me corte, agente, no me corte como su compañero de la otra noche, que le juro yo que esto es muy gordo! Y ¡vengan pronto! El coche patrulla...
-Bueno, bueno, yo no le corto, pero usted se va a tomar ahora mismo una tila delante mía. Porque lo que no puede ser es que nos tenga mareados con sus requerimientos, que casi pasan más cosas en esa calle una noche que en toda la ciudad en un año, pero luego siempre vamos en balde.
-¡Pero le digo que es cierto, esta vez es cierto! Han apedreado la farola para que yo no pueda verlos. Pues eso, mangar. ¡Vamos, ni yo ni nadie!
-Ya.
-Verá, hay uno que es negro senegalés, y otro que lleva pasamontañas.
-¡O los dos son negros, o los dos llevan pasamontañas, señora, aclárese! Quizá sólo es de noche y usted se lo figura, porque también es cierto que tiene mucha imaginación.
-Pues no, porque el pasamontañés bien pudiera ser esquimal, y yo tengo la cabeza muy bien puesta. Mande un coche patrulla, que venga, pronto. Y casi se me olvidaba: ¿está Prudencio, el agente ese que su madre es de Mojacar? ¿Lo conoce usted?
-No, Prudencio está durmiendo tranquilo con su familia y no se le molesta. Porque la gente duerme por las noches, como usted comprenderá.
-¿Van a venir o bajo yo a pecho descubierto, con mis setenta y seis años, que no hay derecho, y cojo lo primero que tenga a mano? Setenta y tres recién cumplidos.
-Usted no haga nada y retírese de la ventana, que ya nos pasaremos por allí.
-Sí, pero con el coche patrulla.
A la mañana siguiente Adela se acerca por el quiosco y ojea la prensa por encima imaginando que la noticia asalta la primera plana, por el miedo que pasó, el robo o lo que quiera que sucediese, porque fue hacerse una tila y sentarse en el sillón que tiene arrimado a la ventana, esperando que vinieran esos zánganos con el coche patrulla, y se quedó traspuesta.
-¡Qué, Adela, ¿preocupada de la situación en la antigua Yugoslavia o sólo en el barrio?
Es Olegario, vecino de toda la vida, jubilado e inversor de bajo riesgo, que luce chaqueta impecable a cuadros haciendo juego con la gorra. Pasea a su carlino y se lleva un ejemplar de Las Provincias, intercambiando una mirada de guasa con Javi, el dueño del quiosco, que sigue ordenando las revistas.
-No, yo lo que quiero es la receta del flan con repollo -se defiende Adela-, y el perro no me lo acerques que le doy un papirotazo en el hocico.
PIEDAD CIEN CASAS (1)
En una vivienda del barrio de la Vila, callejuela cercana a la basílica, Piedad Serrano se sobresalta en plena noche al escuchar el teléfono de la salita. Sin perturbar los benditos ronquidos de su marido, Fermín, y temiéndose la desgracia familiar que estarían a la espera de comunicarle, se levanta en camisón y se dirige a tientas para atender la llamada incesante.
-Sí, dígame -pregunta en un suspiro de ansiedad apenas reprimido.
-Piedad, ¿estás disponible? -quiere saber una voz masculina al otro lado.
-¡Pero bueno, pero oiga, pero qué horas son estas de llamar y qué poca vergüenza!
-No soy tu médico guapo, Piedad, como te estarás preguntando, ni tampoco el del catastro, aquella vez que casi la lías...
-¡Aaah!
-¿Sorprendida?
A Piedad le parece la voz de un actor de doblaje.
-Bien, vamos a hacer una cosa, Piedad, si te apetece.
-Él duerme -comunica Piedad por lo bajini.
-No, Piedad, me refiero a un asunto de otra índole. Ahora, Piedad, quiero que te dirijas a la puerta de tu domicilio conyugal... No, no hace falta que te vistas. Deposita el teléfono sin colgar. Sí, sobre la mesita. Bien hecho. Dirígete a la puerta y descorre el pestillo.
Piedad, caminando descalza, sale sumisa al frío descansillo del tercero, echando una mirada al teléfono lejano y en penumbra, del que sale la voz de macho, tan nítida como si aún siguiera pegada dulcemente a su oído.
-Cierra despacio y llama al ascensor, Piedad, haz el favor.
El ruido mecánico del ascensor descolgándose con nocturnidad por el esófago del edificio desde el sexto piso, sus inquietantes luces en el silencio de la noche, como en una película de terror, y por fin el estruendo de la puerta metálica.
-¿Me monto?
-Claro, te estoy esperando.
El ascensor se ha puesto en marcha antes de que Piedad toque ningún botón, con una música ambiente de baile pasada de rosca y un poco rallada. El ascensor desciende unos cinco pisos en dirección a las entrañas de la tierra.
-¿Todo bien en la familia, Piedad?
-Sí, mucho.
-Y ¿esa enfermedad que te tiene un poco fastidiadilla?
-Todo bien, gracias.
-Bueno, me alegro, Piedad, me alegro -y la voz silba un poco.
Luego, tras un crujido, el ascensor se desplaza a la derecha y de forma lateral unos metros por un imprevisto pasillo que estaría invadiendo el espacio del edificio colindante, y vuelve a elevarse pero en diagonal durante un buen trecho, se diría que por encima de las azoteas y de las antenas de la ciudad.
-Bueno, ya estamos, Piedad.
Piedad está mirando con la boca abierta la luz parpadeante del techo, cuando es invitada por la voz a salir del ascensor, que se cierra y desaparece a su espalda en la nada, silenciosamente. La oscuridad se disuelve en el blanco de una puerta descomunal, ante la que se halla Piedad, que certifica, pasándole un dedo, igual que hace cuando va a casa de su amiga Candelaria, que se trata de madera noble, o al menos que no hay polvo.
-No temas. Ahora busca en tu bolsillo
Piedad descubre que al camisón le ha nacido un bolsillo, y que dentro hay una llave dorada, que luego no encaja con la cerradura.
-No se puede estar en todo -se disculpa la voz, y la puerta se abre sola.
Piedad cierra la puerta a su espalda, de modo que la voz del actor de doblaje se apaga impotente, hasta su extinción. Piedad penetra descalza en un recibidor semicircular, alfombrado, lleno de espejos y entradas que comunican con pasillos y otras estancias estilo vintage años sesenta, en colores rojo vivo, blanco y rosa pastel. Dormitorios picarones, cabeceros acolchados, muebles futuristas para la época, maniquíes, peceras con peana llenas de caramelos, jarrones con flores sintéticas, olor a naftalina y una luz irreal que no entra por ninguna ventana.
-¡Un vestidor!
Piedad se introduce ensimismada por el laberinto de habitaciones inagotables y acogedoras, caminando descalza sobre la moqueta, oliendo y tocándolo todo, hasta que nota en la espalda el picor de una mirada. Intuyendo el peligro y a sus sesenta y ocho años, Piedad intenta escapar saltando por encima de los sofás de plástico, entrando y saliendo de armarios que comunican con nuevos vestidores llenos de ropa muerta, en la que se enreda, hasta que se refugia apretando las carnes debajo de una cama de matrimonio.
Los ojos de la muñeca están ahí fuera, intentando sintonizar con ella. Piedad puede notarlo.
Los tacones sexis irrumpen y se pasean el dormitorio, para detenerse a dos palmos de la nariz respingona de Piedad, golpeando su dueña una fusta contra los muslos. La muñeca parece una Barby de párpados verdes, pestañas largas, camisón transparente, medias de rejilla y unas zapatillas con tacón de andar por casa coronadas por una bola de felpa.
-Fermín, cuchicuchi, sé qué estás ahí debajo -la muñeca se acuclilla para mirar debajo de la cama-. Mi hombrecito, ¿pero dónde te has metido?
Piedad observa los labios voluptuosos, y cierra los ojos justo antes de encontrarse con la mirada mecánica de la muñeca. Piedad se sofoca manoteando en la cama con los brazos abiertos, como una ballena rocual en celo, sacudiendo con su cola las olas del mar embrabecido, ¡aeooo! ¡aeooo!, abofeteando a Fermín, que sobresaltado se defiende como puede con los codos.
-Sana sanita, culito de rana -dice la muñeca, demorando sus robustos y húmedos labios el besuqueo sobre los dedos pintados de Fermín.
PABLO VISITA A SU AMIGO DE LA LEGIÓN
-¿Qué tienes?
-Te puedo ofrecer un fusil semiautomático Dragunov con mira telescópica. Pero si quieres algo más potente, trataré de conseguirte de segunda mano una ametralladora ligera calibre 7,62...
-¡Joder, Mansi, sólo quiero matar a un canario!
A Pablo Salvador, sentado en una silla que ha vaciado de revistas militares atrasadas, le duele la cabeza. Mansilla y él fueron amigos en el colegio, pero uno tomó el pincel y el otro las armas.
-¡Esta zorrona me tiene muerto!
-¿En qué quedamos, en una zorra o un canario?
-¡En una vieja sin modales y cabezona que no respeta sueños, ni siestas, ni el descanso del vecindario, y me dan ganas de meterle el canario por el culo!
-¿Te apetece un poco?
Pablo observa con desconfianza el mejunje de fabada y champiñones regada con Redbull que Mansilla está engullendo de una lata a las once de la mañana.
-Si tienes, mejor, un Paracetamol...
-Por tener tengo hasta un chiste sobre eso. Escucha, escucha: ¿Qué le dice Michael Douglas a Katherine Z-Jones cuando ella se pone pesadita en la cama y a él le duele la cabeza.
-No tengo ni puta idea.
-Para Z... amol.
-Bien, me quedaré con la ametralladora. Primero mataré el canario y luego te mato a ti.
-¡Es para descojonarse vivo, no me digas! Este todavía es mejor, verás: ¿Qué le contesta Flavio Briatore a Ana Obregón cuando esta le cuenta que se ha liado con David Bechkham?
-No quiero saberlo.
-¡Fantástico, Ana, fantástico! Por Antoñita la fantástica, joder, ¿no lo pillas? Pero tienes que poner acento de peperoni.
-Oye, Mansi, ¿cuánto hace que no venías por España? No, por saberlo.
-Un par de años hará, pero no me acuerdo.
-¿Tienes curro?
-Desde que me separé de mi mulatita, la Trini, que se volvió con los niños a Santo Domingo, sólo en el híper que te conté, y allí no duré ni dos semanas.
-¡Guardia de seguridad! No estaría tan mal.
-Tú no entiendes. Guardia de seguridad ahora es cualquiera. La gente no quiere líos, les parece que un ex legionario como guardia de seguridad es como meter un portaaviones en una pecera. Entonces volví a presentarme y me escogieron como mascota del Colaquick. Es un traje de cuarenta kilos que no transpira, y siempre hay otro imbécil vestido de conejo gigante que se cree más profesional que tú.
-Y ¿cómo acabó?
-La lié, ya me conoces. Una chica de la confitería con prisas me plantó una bandeja entre las pezuñas y me pidió que llevara los tocinos de cielo a no recuerdo dónde. Cuando se me cayeron al suelo me cogió por banda el conejo jefe, allí sólo éramos dos conejos, y empezó a gritarme, como siempre hacía: que cómo habían traído gente tan inútil, semejante imbécil de la agencia de colocación, y que a ver si me echaban a la puñetera calle. Estaba la de la confitería y todos los padres en la cola, con sus hijos, mirando, y no me pude reprimir. Tampoco pagan muy bien, así que lo agarré en peso como a un fardo cualquiera, despejé la cinta de la caja con una mano, tirando los cartones de leche y los cereales y las botellas al suelo, y coloqué al conejo jefe encima de la cinta. Luego le solté una moneda de cincuenta céntimos a la cajera, que estaba temblando, y me quedé esperando el cambio de cuarenta y nueve céntimos. Después metí al conejo en un carro y me lo llevé silbando al aparcamiento, soltándole una galleta a un securata demasiado diligente que me salió al paso. Acababa de atar con mis cordones el carro a un camión de transporte que salía para Murcia en ese momento, pero me arrepentí: a lo mejor el conejo tenía gazapos, como yo.
La risa agrava el dolor de cabeza de Pablo, que sigue todavía asombrado del desorden reinante, un poco como el suyo, pero menos artístico.
-¿Y ahora?
-Estoy esperando que me llamen para un trabajito que necesito como agua de mayo. Desde lo de Bagdad no he vuelto a hacer cosquillas a nadie, y ya han pasado tres años. Unos meses más esperando a que me llamen, aquí jugando con la Play o viendo otra vez Black Hawk derribado en el sofá, y ya no valgo ni para matar chinches.
-¿De qué me hablas? Pero, ¿no decían que habíamos sacado las tropas de allí?
-Oficialmente. Una cosa son los soldaditos de plomo y otra son los que repartimos más plomo. Olvídate de los convenios y lo que hayas visto en la tele. Siempre hay trabajo que hacer en la escombrera de la diplomacia internacional para salvarle el culo a un gilipollas. Ahora estoy fuera, pero me han dicho que a lo mejor tenemos que deponer a un dictador en el golfo de Guinea. Es como echar una quiniela. Siempre depende de que un general de este o aquel país, quiera sacarnos del paro.
-Soldado de fortuna. Y ¿qué tienes que hacer tú por allí?
-No creo que me llamen para regular el tráfico. La última vez limpiamos de una extensión de selva del tamaño de Extremadura, una guerrilla entera. Y hasta ligué.
-¿Vas a traerte a Boix?
-Pues no lo sé, está más tieso que una mojama, y en cada salto en paracaídas nos lo pone un poco más difícil. La última vez, en Colombia, saltó con un televisor de doce pulgadas bajo el brazo, traído ex-profeso, se quitó el paracaídas y se lo puso debajo del culo como si estuviera sentado en el salón de su casa. Me tuve que pelear con él ahí arriba para que guardara la formación cuando ya se podía ver a dos monos capuchinos haciéndoselo en la copa de un árbol. Después nos adentramos en la selva persiguiendo a un renegado (...) Llovía sin cesar, caminábamos sin rumbo, y a los diez días empezamos a considerar la idea de zamparnos unas zancudas. De hecho nos las zampamos (...) Seguía lloviendo, las provisiones se habían terminado, y unos escorpiones amarillos, con unas venosidades verdes repugnantes (...) Avanzamos con los ojos llenos de barro, intentando esquivar la carroña de un tapir, sobre el que caí con las dos manos (...) Hasta que encontramos los malditos gusanos, como si estuvieran pidiendo a gritos: ¡Cómeme!
Pablo baja las escaleras de tres en tres, con una mano en la cabeza y otra conteniendo sus tripas.
-Pero ¿a dónde vas, chalao, si la pastillas todavía no te han hecho efecto?
-Ya se me pasará.
-¡Eres un flojo!
EDU EL BOLSISTA (I)
Los de la cafetería del polígono no dan abasto poniendo cafés y aperitivos, y la barra parece un rompeolas contra el que chocan los sueños de prosperidad y aún la propia subsistencia. Tres filas apretadas de empleados amenazados de despido inminente, sobre los que vuelan los últimos calamares, relampaguean los pañuelos y las caras son de funeral.
-Esta mañana cuando me he levantado para venir al trabajo he tenido una premonición, y cuando vengo, ¡tate!
-Dice Fernando que todavía no es seguro, pero que tampoco puede decir que no estemos ya en la puta calle.
-Dile a Fernando que si no lo han despedido, que lo despido yo.
-Ahora que este año nos íbamos a ir mi señora y yo por primera vez a la Ribera Maya.
-¿Qué te apuestas a que se llevan toda la producción a China?
-Desde que me separé estaba durmiendo en una furgoneta, y ahora que no voy a tener ni para la gasolina, ¿cómo voy a pensar en mudarme al barrio de los ricos?
-Yo no sé vosotros, pero yo pienso luchar. He cogido todos los listados, he hecho una bola, y he atascado el retrete de la secretaria del gerente.
-Me paso siete años buscando trabajo, y cuando por fin lo consigo, llega la crisis, me van a pasar la primera nómina del mes, van y me despiden. ¿En qué fase se supone que estoy ahora?
-A mí lo único que me cabrea son las formas.
-¡Hijos de puta!
-Yo tengo una prima segunda que trabaja en una tienda, y allí están buscando a dos mozos de almacén. Lo digo porque si eso, me dais una cantidad por la solicitud, y yo ya hablo con ella.
-No he faltado ni un sólo día, he venido hasta malo, he hecho todas las horas extra, y así me lo pagan. Ahora, la indemnización por despido me la voy a gastar toda en señoritas de compañía.
-Para mí esto no es real. Dicen que si tú quieres puedes desviar toda la energía negativa y concentrarla en un punto lejano. Ahora estoy por comprarme el segundo libro, donde dicen cómo encontrar trabajo.
-¡Me voy a cagar en su padre!
-A mí me conoce el de la oficina de empleo porque hemos vivido puerta con puerta nueve años. Era un poco suyo, esa es la verdad.
Al único empleado de Sistemas Operativos S.L que parece inmune a la tragedia se le reconoce por su postura en la silla, dejando tranquilamente que se le enfríe el café, pasando con satisfacción las páginas color salmón de la presa económica. Se llama Eduardo, y aunque la gente aún no lo sabe, pertenece a una especie aparte, nacido para ser millonario.
Eduardo tiene un plan para sortear las vicisitudes a las que están expuestos los demás, un plan que ha ido construyendo con el cuidado de un puente de palillos, cuando toda la tropa iba a almorzar, cuando estaba haciendo inmersiones en una baño de sales minerales, cuando leía escogidos volúmenes en los que hombres ejemplares de cada generación vertieron para todo aquel que quiso abrir su mente, la sabiduría en los negocios.
-Y he oído que los japoneses, para protestarle al jefe, se encierran en la fábrica y se ponen a trabajar a destajo. Y si no, me encadeno a la mesa y a ver quién puede más.
-¡Cabrones!
-A mí de pequeño me dieron en el colegio el primer premio en un certamen de cuentos. Todo es ponerse, aunque sea a los cuarenta y nueve años.
Eduardo dobla el periódico, y desde la soledad de su mesa, echada la cabeza hacia atrás con una imperceptible sonrisa de compasión, contempla al vulgo entre el que ha vivido demasiado tiempo. Eduardo ha dado el paso y se ha hecho bolsista.
EDU EL BOLSISTA (II)
Eduardo lleva ojeras y diez días sin salir de casa, donde el desastre está que le llega al techo. Se pasea en calzoncillos de la tele al frigorífico, en busca de un sandwich, y vuelve corriendo al sillón frente a los canales de economía internacional, sin respiro. Eduardo opera desde casa, y sigue los cambios que registra su valor cada cinco minutos, perdiendo lo que no estaba escrito. Sabe que el secreto consiste en aguantar un valor en perdidas, ahí donde todos han abandonado y un poco más allá, hasta que la coyuntura de ese giro magistral, aunque tenga que comerse mientras tanto los muelles del colchón.
A Eduardo le da consejos un broker chino que le recomendó un blogero alemán. Eduardo no sabe ni alemán ni de chino, pero no podía fallar, fue ver la foto de Tao Ming, emanando serenidad y un tanto de pillería, y se fue derecho al banco para sacar los dieciocho mil euros de donde los tenía y colocarlos en Carburantes Bang, porque los chinos son el futuro y más listos que el hambre. El del banco quería llevarlo por el camino equivocado.
-¿Está usted seguro de su decisión?
-Como que mi cumpleaños cae en diecisiete de mayo.
-Se lo digo porque hay rumores de que Bang puede entrar en fuertes pérdidas.
-Usted me está proponiendo una empresa de conservas en escabeche, y yo hablo de darle un mordisco a la gran manzana a lomos de un dragón milenario. ¡Muévame ese dinerito rico!
Los últimos datos suministrados no pintan nada bien, los estudios de mercado están fallando y aconsejan no jugarse el dinero de la comida y del día a día, pero Eduardo, colirio mediante, está logrando descifrar la cordillera de regularidad, las caídas y los picos de su valor rebelde.
Eduardo, ecologista sobrevenido, ha decido vender su coche, porque no tiene sentido gastar tanto para polucionar el planeta si puedes coger el transporte urbano, y cuando no tiene para el transporte urbano, Eduardo va a pata.
La televisión vuelve a arrojar los datos, pero Eduardo opina que ya está bien, tiene hasta calambres en los párpados, así que agarra la chaqueta y se marcha al bar para despejarse un poco.
Nada más llegar nota la hostilidad ambiente hacia él por su determinación, porque se sienten culpables de su propia cobardía. Están esperando a que triunfe para arrimarse a su buena estrella, o a que fracase para convertirlo en un mal ejemplo.
-¿Qué le pongo?
-Lo de siempre.
El del bar trata de calibrar su estado de ánimo, pero Eduardo se resiste como gato panza arriba.
-Hombre, lo de siempre será ya cosa de otros tiempos, ¿no?
Eduardo nota que la gente le observa a ambos lados de la barra.
-¡Venga, pues claro que sí, dale con un Johnnie Walker pura malta de esos, Manolo!
-Me llamo Paco.
-¡E invita a una copita a estos caballeros!
Ha sido una fanfarronada de su parte, un poco peliculera, y por dentro Eduardo está desencajado, al tiempo que le limpian el traje lleno de caspa con las palmaditas, pero tenía que disolver el ambiente de rechifla contenida entre los habituales del local un día más. El del bar apoya las manos en la barra y se le queda mirando.
-¿Qué, cómo va la cosa?
-¿Perdone?
-Que ¿cómo va lo del mercado? -repite Paco restregando el pulgar con el índice.
-No, sí, muy bien, muy bien, ya le digo.
-Entonces ¿es verdad eso, que se gana dinero con eso de la bolsa?
-¿No me ve? Si fuera por amor al arte...
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