domingo, 1 de abril de 2012

Apunte biográfico: La nueva alumna




LA NUEVA ALUMNA
     




       Quizá la vi bajar de un coche negro y reluciente, unos doce o trece años atrás, cuyo motor hacía trepidar las ventanas de todo el colegio. El humo denso que salía del tubo de escape ennegreciendo la nieve. Su piernecita calzada con un leotardo blanco, su cabello largo y cobrizo coronado por una diadema, un abrigo azul marino con botones amarillos y la insinuación de una falda escocesa. Tenía el rostro esculpido en porcelana, y unos ojos distantes que a mí se me antojaban dos negras y casi oblicuas rendijas. Nada de eso, de cerca debían ser dos enormes caramelos de color miel, lo cual es otra forma de marrón desvaído para romanticones en espera. 

         Era ver como tomaba posesión de aquel entorno que para cualquier otro debería resultar tan hostil, con el curso ya comenzado y viniendo de un lugar tras las montañas, y ya era suficiente para cautivarte durante todo el año aunque desapareciera tan rápido como había venido. Era el despertar de la sensualidad con un envoltorio de inocencia, era como el fruto rebosante que guardaba su semilla de mujer. Se soltó de la mano de su padre, un tipo trajeado y severo, de mirada apabullante, y entró sola en las instalaciones, así que tuve el instintivo deseo de que fuera para mí, de que nos tocara en suerte a toda la caterva, en la mañana invernal, y fuera yo quien concediese a los demás el placer de adorarla. Nunca había pedido ningún deseo, o más bien, preludio de mi independencia de carácter o de mi inconsciencia me creía dispensado de esa clase de suerte.
        Y entonces el deseo se cumplió. Yo, que tenía un creciente y problemático desinterés en casi todo lo que no fueran mis fantasías, que esperaba hastiado a que transcurrieran las horas y las materias mientras olía a bosques metiendo la nariz en el plumier, y de pronto hasta de las fantasías estaba dispuesto a renunciar, acabando con los sueños de evasión. Había contado cada escalón pulsado, cada loseta del pasillo, y allí estaba ese milagro capaz de socavar la inflexibilidad pertinaz del profesorado. Se hizo un silencio de muerte y el director nos la presentó. Se llamaba Alicia Peñalver, natural de Valencia, lugar de peregrinaje. Todavía puedo verla respondiendo a nuestra salutación coral de bienvenida, comprendiendo de una mirada a sus nuevos compañeros con cara de resignación, como si no pudiéramos hacer nada para alegrarle la cara y devolverla a sus queridos orígenes. Donde seres asexuados o muy quemados hubieran encontrado una pizca de antipatía, emanaba una gran serenidad, y todos presentaron su solicitud de amistad esperando desvelar su gran secreto. Ni que decir que tiene que como yo pertenecía a la categoría de los menos aplicados, lo que los psicólogos achacaban a un déficit de atención al parecer incurable, por prudencia o temor a que rechazase lo poco que podía ofrecerle, menos que mi humilde y vulgar amistad, me mantuve al margen, recreándome en su contemplación.
           Más tarde descubrí que los temas de conversación de mi madre y sus amigas incluían en la categoría de honor a esa niña y a su padre, o al padre y a la niña, e intenté infiltrarme en dichas tertulias, aguantando todas las carantoñas de las tías falsas y engolosinadas. Creo que estuve asediando mucho tiempo la paciencia de mamá con circunloquios, pero no podía engañarla. ¿A qué viene tanta preguntita? ¿Acaso te gusta tu compañera?, me desentrañó con ese tonillo que no llamaba al engaño. Había oído que a los niños no les gustan las niñas antes de los diez u once años, y le pareció que había salido muy precoz. A esa edad nos entra un gran pudor, la mínima insinuación que nos relacione con el “enemigo” con el que estamos apunto de confraternizar resulta insoportable. Queremos mantener el control de nuestros sentimientos y nuestra reputación un poco más, bajo el instinto de no querer crecer antes de lo debido, y no podríamos soportar que fuera la comidilla de todo el mundo, que los demás se permitieran juzgarlo, que minimizase y maltratase tu orgullo esa tiranía adulta que no se toma demasiado en serio tus sentimientos. Luego perdemos felizmente tanta dignidad y hasta nos convertimos en nuestros propios pregoneros.
          De momento fueron meses de inquietud, ni siquiera me había convertido en alguien prometedor para ella, y mucho menos lograba encontrar la fórmula que me permitiera entrar en su jardín privado, limitándome a cazar el pavo real de algún rumor ya desplumado por todos. Sólo escuchar su nombre en un sitio que no fuera la escuela o el salón de casa me hacía huir despavorido, tramando convertirme en un superhéroe o deportista famoso con el que ella quisiese tratar después de un tiempo muerto que ya era la felicidad, cuando a lo más que podía aspirar era a sentir celos toda la vida, como un residuo prehistórico de la propiedad.
          Odié por primera vez la llegada de las vacaciones, pues ni siquiera ese mínimo placer de contemplarla de lejos podía durar. Mis notas iban de mal en peor, repetiría curso con seguridad, y mamá no estaba dispuesta a facilitar otro salto olímpico. Con su sueldo de oficinista y madre soltera hizo cálculos en la trastienda y consideró lo que se ahorraría si me pasaba a un colegio público, decepcionada ante mi desastroso rendimiento. Con ese dinero iba a adquirir unas sillas antiguas que le traían por la calle de la amargura y que su jefe le ofrecía a mitad de precio, esperando que le costara también la mitad seducirla, el muy tacaño.
          No puedo describir la angustia que sufrí cuando un día viniendo del colegio vi como las tapizaba en el patio trasero, y sólo pude gritar: “Mamá, ¿cómo vamos a pagar esto?”. A lo que mamá contestó: “Oye niño, ¿tú también me vas a poner impedimentos? Acabo de venir del banco, y no me ha gustado lo que me han dicho sobre nuestras finanzas. Llevo detrás de unas sillas como estas desde antes de que nacieras, y cuando vayas a la universidad, aunque sólo sea un decir, habrá nuevos gastos. Es ahora o nunca”. Planchado, tuve la ocurrencia de alterar el orden de las cosas confundiendo mi presente vulgar con unas muy explotadas promesas, y aún fui más allá. Lo que podía haber sido el relato de un exiguo mérito académico en una asignatura “maría” quedó transformado en un éxito sin precedentes. “Mamá, me he lucido en matemáticas”, fue lo más salvaje que se me ocurrió. Se lo solté tal y como me vino a la cabeza, y si el embuste no hizo que me ruborizase fue porque sólo pensar a lo que estaban a punto de obligarme a renunciar en horario lectivo, me imbuía del mayor heroísmo. Mamá no supo cómo reaccionar, mientras caían del pincel sobre el periódico los goterones de barniz. “¿En matemáticas? ¿Estás seguro? Lo digo porque nadie en la familia ha aprobado un examen de matemáticas desde que yo estudiaba cuarto y reválida, y ya ha llovido. Había pensado que debía tratarse de una tara genética que arrastramos en la familia.”
          A lo mejor me había pasado de listo. Me temblaba todo el cuerpo, estaba a una división con decimales de decepcionarla para toda la vida. Pero era seguir siendo el piojo verde de la clase o un piojo con vistas. “Mamá, recordarás este día”. Ella contestó: “Me lo dices tan de sopetón que no sé si darte un abrazo o enfadarme, cariño, porque no teniendo un pelo de tonto tus notas me han dado tantos disgustos... -se dio cuenta de que todavía no habían llegado a sus manos-. ¿Seguro que no es una mentira piadosa? -se dio cuenta de que una pila de mentiras piadosas podían engendrar un político de largo recorrido-. Seis largos años he estado esperando que me dieses ésta alegría, harta de suspensos, de calabazas, de aprobados raspados en el mejor de los casos... y eran en gimnasia”. Me cogió de la mano y me arrastró a la puerta de casa, pero de pronto se dio cuenta de que estaba un poco crecidito para restregar a nadie mis prodigios, que había sostenido en vano durante tantos años, acordándose de cuando antes de cumplir los once meses cantaba Él vino en un barco de nombre extranjero. Bueno, el resto de la humanidad sólo me había escuchado eructar un ta-ta-tá-taaa-na-taaa-ma que curioso lector abrillantará con alguna percusión.
          Mamá no tenía muy buena opinión de papá ausente, y los vecinos tampoco: “Siempre había creído que pareciéndote a tu padre tenías que ser de efecto retardado -me decía-, aunque tardó mucho menos en salir por la puerta, y hasta hoy. Pero lo importante para ti no es como se empieza, sino como se acaba”, solía decir, y yo me imaginaba a los ochenta y ocho años arrastrando las zapatillas por la acera camino de la administración de loterías más próxima en un último y vano intento.
         Mamá todavía estaba muy apegada a sus sillas, quedaba vencer la última resistencia, y le dije que no debía interrumpir mi progresión: “No debes interrumpir mi progresión. En éste colegio puedo prometer y prometo...”. Me quedé en blanco, pues a veces las mentiras no tienen mucho recorrido, y prefería atenerme a mi última mentira piadosa ahora que se había ilusionado conmigo y no tenía ningunas ganas de hacer averiguaciones sobre mis calificaciones escolares. “¿Qué es eso que prometes?” -me preguntó-. “Pues eso -le contesté-, que puedo prometer y prometo”. Entonces ya no se pudo aguantar: “¡Hijo mío, mi niño, ya tienes hasta vocación de político de la Transición!”. Como es lógico quise bordarlo: “Mamá, la Transición es un periodo de cambio que nos dimos los españoles para inaugurar un proceso de paz y prosperidad que dejase atrás la oscura noche de los tiempos...”. “Bueno, bueno, ya está bien, a ver si te va a dar una fiebre reumatoide o algo semejante y te va a salir humo por las orejas”. Me hizo tumbar en el sofá con la Game Boy y me puso una bolsa de agua caliente en la frente, pero pensándoselo mejor, volvió y se llevó la Game Boy y me puso entre las manos un libro de Camilo José Cela. No, no era Madera de Boj, pero era digno precursor. Luego se quedó mirando las sillas que se interponían en mi camino de redicho académico, y supo lo que tenía que hacer:
           -“¡Maldita sea -dijo diez días después de barnizarlas, de observarlas doce horas al día, de invitar a los vecinos a casa para que se fuesen despidiendo de ellas-, las devolveré, qué pesado! Está bien, creo que es por una buena causa, mi jefe lo comprenderá... ¡Ya lo creo que lo comprenderá! Tú seguirás en ese colegio, pero con tu primer sueldo de notario me vas a regalar unas estilo Alfonso XII. Ahora voy a dormir, no quiero pensar en nada, no vaya a ser que mañana me levante con la pierna cambiada y me de por devolverlas”. Fue su último intento. “Pero mamá, si de lo que se trata es de que las devuelvas”- le dije. “¡Sí, eso he querido decir, puñetas... y lo alegre que estoy yo”.