EL ASUNTO URGAGARIN y LA TELA QUE ESCONDE
De pronto he tenido una sospecha: Mira que si Urdangarin es un agente frío y calculador, hábilmente entrenado por los servicios secretos de las fuerzas abertzales para desestabilizar la monarquía y con ello el Estado, precipitando la caída de uno de sus símbolos. Se supone que fue captado en una ikastola, que se le inventó un pasado de buena familia, que recibió un sacrificado entrenamiento en técnicas de seducción al tiempo que se convertía en un deportista de élite gracias a sus dotes físicas y al injerto de un brazo artificial de alta precisión, con el que ganó docenas de títulos y medallas olímpicas. Era un adolescente todavía cuando entrenando en los confines boscosos de Guipúzcoa, se le acercó un superior para darle las últimas instrucciones y una palmada en la espalda: “Gudari, ya estás listo para la misión... y para la boda”. Le comunicaron la hoja de ruta, se despidió de Idoia, la novia de toda la vida, y fue trasladado. Sólo era cuestión de paciencia: un buen día un amigo en común, más bien un infiltrado en el círculo de la Infanta, la lleva a ver un partido de balonmano; Urdangarin que se demora más de la cuenta en la ducha, la Infanta que aparece por los vestuarios con el retraso previsto, y al soltarse el deportista de una mano para recibir la felicitación, la toalla se cae... Y esta improbable escena erótico-festiva sólo aparece aquí para intentar hacer entender a esos que imaginan una conspiración contra la monarquía, que Urdangarin sólo fue la elección particular de la infanta, no por eso un dechado de virtudes reales tras un trasvase de sangre azul. Y luego fue cuando se le ocurrió montar la fundación.
Son las tontas hipótesis que se me pueden ocurrir después de preguntarme: ¿cómo se ha metido en este lío un hombre que lo tenía todo? Hablamos de presunción de inocencia, aunque la familia lo haya echado de forma incomprensible a los leones que él mismo fue a buscar, insinuando a su pesar con su invitación a que se marchase a Estados Unidos, que estaban más o menos enterados del peligro, y todo para que Urdangarin no contamine a la Institución.
La cosa está muy delicada en la era de la información para las testas coronadas, razón por la que al rey nunca se le ve con la corona puesta, consciente de que el día que se produzca el desafecto de los españoles ya no hay vuelta atrás, y tampoco es cuestión de provocar. Hay que ganarse la corona día a día para luego meterla en una vitrina y contemplarla como con desapego, por si hiere más el simbolismo que la realidad. Hay que aconsejarle a Carlos IV que deje su colección de relojes y se implique en su reinado. No seas felón ni tan cazurro, Fernando VII. Confórmate con tu marido Francisco de Asis y deja tranquila al resto de la tropa, Isabel II (aquí Alfonso XII, su hijo no tuvo tiempo más que para engañar a su mujer la reina, con una cantante de ópera). Reina pero no gobiernes, Alfonso XIII...
La cosa está muy delicada en la era de la información para las testas coronadas, razón por la que al rey nunca se le ve con la corona puesta, consciente de que el día que se produzca el desafecto de los españoles ya no hay vuelta atrás, y tampoco es cuestión de provocar. Hay que ganarse la corona día a día para luego meterla en una vitrina y contemplarla como con desapego, por si hiere más el simbolismo que la realidad. Hay que aconsejarle a Carlos IV que deje su colección de relojes y se implique en su reinado. No seas felón ni tan cazurro, Fernando VII. Confórmate con tu marido Francisco de Asis y deja tranquila al resto de la tropa, Isabel II (aquí Alfonso XII, su hijo no tuvo tiempo más que para engañar a su mujer la reina, con una cantante de ópera). Reina pero no gobiernes, Alfonso XIII...
El proceso de limpieza genética de los borbones ha sido asombroso, hasta el punto de que lo de la sangre azul ya no se lo cree ni Anson, y por eso mismo todo un éxito. Ahora la panadera, el ingeniero, el parado, el jubilado, la abogada, y con ellos los dos grandes partidos nacionales, han reaccionado contra todo pronóstico republicano, han sido más responsables que todo un duque a la hora de cerrar filas y arropar al rey para que en la balanza pesen más los juancarlistas que los inconscientes. No soy monárquico ni juancarlista, entre otras cosas porque cuando herede el príncipe, lo de felipista no iba a quedar muy bien y difícilmente cosecharía tantos méritos como su padre (ya no hay golpistas bananeros), pero existen tantas injusticias en este mundo que la menor de todas me parece que unos privilegiados prolonguen la antigualla feudal de la monarquía en un país que necesita de símbolos para mantener a raya esa pasión individualista y destructiva de los españoles consistente en montarte aparte un reino de taifas. Luego habría reinos de taifas de primera y segunda categoría, más o menos rodeados de aguas podridas o desiertos, según les de, como dijo un tipo despreciativo y gratuito para justificar su felonía de cachorro y mamón, pero todo se pega.
¿Se imagina la izquierda que el jefe del Estado, el referente de la unión de todos los españoles hubiese sido el rígido y obtuso Aznar? ¿Se imagina la derecha que hubiese sido Zapatero, ese que se levantaba con una nueva idea del Estado cada mañana? Ante los dos abismos es para echarse a temblar. No existe aquí, como en otras naciones, un fondo perdido de responsabilidad nacional para no convertir en el objeto de todas las pedradas a alguien tan expuesto como sería un jefe del Estado politizado, por más que sepamos de que pié cojea la monarquía, razón por la que el rey tenga que hacer el paripé de andar a la pata coja con el pie malo, si hace falta, tras un accidente el esquí, o estreche la izquierda en vez de la derecha de vez en cuando, porque se la están jugando.
Sin la monarquía la democracia española es una situación que no hubiera podido darse tal y como la conocemos, sino en porciones. Las fuerzas centrífugas, en colaboración con una izquierda que pasa por ser la domadora de semejantes fieras y suele dejarse abierta la jaula en la intención de que se reconcilien con el público, hubieran intentando volar el Estado, que no ven sino como un invento, olvidando que Hispania, que dio nombre a esta pequeña Europa de los pueblos ibéricos, existía antes de que la mala pronunciación del latín creara al independentista y al centralista. La capital está en Madrid porque tenía que estar en algún sitio, y puestos a elegir, el centro del país parece el lugar más idóneo, a partir de un poblacho manchego. Luego los capitalinos tendrían que hablar alguna lengua, digo yo, la que hubieran querido los caprichos del destino, ustedes perdonen, y si esa lengua se ha hecho común, y hasta universal, ya es un paso. La existencia de Portugal tampoco nos ha ayudado mucho a la hora de comprender que ante los estados que ahora toman las grandes decisiones en la Unión Europea, como en el pasado ante otras potencias, es mejor estar unido y fuerte, como la selección de fútbol. Apenas nos interesa lo que ocurre en Portugal o en Letonia, nos importa qué ha ocurrido en Matalascañas, Figueras o un Irún, gracias a la convivencia.
Esta condena eterna, este inconformismo que pesa sobre España, este ser o no ser patrocinado por el separatismo, se basa en una situación muy forzada: nada importa que con los griegos, los cartagineses, los romanos, los visigodos o los árabes fuéramos conocidos exteriormente casi como una misma cosa durante miles de años, y en cualquier caso nada parecidos aquellos brutos legendarios a los demócratas que somos hoy, ni que después hayamos formado un país durante cinco siglos, en medio alguno glorioso, porque la diferencia idiomática resulta insalvable, servirá siempre para colar todos los agravios y convertir hasta la más pequeña diferencia en una reclamación de soberanía a corto o medio plazo, como si en Asturias el traje regional fuera igual que el de Andalucía, o Aragón aportara al Estado lo mismo que Canarias sólo porque allí se habla castellano, a la hora de que alguien tenga legitimidad histórica de suicidar a todo un país.
Algunos quejicas eternos que propugnan constantemente la España plural, lo hacen sólo como paso previo para convertir a sus regiones en lo más parecido a una Armenia monotemática y antipática al resto, que un día al fin ya no tuviera nada que ver con las demás Españas. Ante laridiculez de esa pretendida superioridad basada en un idioma autóctono, hay que apoyarse, si se tiene posibilidad, en la reclamación económica de los dineros que sirven para la solidaridad, como Alemania da dinero a los otros para que les compren las lavadoras, lo que hace pensar que la pobreza en los descontentos eternos reclamaría también solidaridad y rebajaría las intenciones aventureras. Lo único que los tendría contentos sería el trauma de la separación que quieren para el resto y la gloria regional que supondría para el mandamás hacerse la foto con el Papa o con el presidente de Estados Unidos dedicada a su orgullosa abuelita. Para llegar a eso el Estado tiene que ser la encarnación de la perversidad, lo que debería hacernos sospechar de Bruselas o estos tibetanos de salón.
Podemos estar seguros de la reivindicación, del victimismo permanente que sólo se salda con el trauma, pero no esperemos ningún ofrecimiento periférico de pacto de Estado, por el que los enemigos del Estado recibirían todo lo que creen merecer siempre que no pusiese en riesgo la igualdad y la solidaridad bien remunerada, renunciando a echarse al monte. A cambio dejarían de tensar la cuerda definitivamente, dando paso a una república. Pero renunciar un político a su maximalismo nacionalista es como hacerle renunciar a la oportunidad de echarle la culpa de sus propios errores cada vez que puede, a un enemigo exterior, recurrente y tantas veces imaginario, ni sería posible fiarse de ellos. No, no hay ninguna perversidad en el Estado, sólo que si las fuerzas destructivas tiran hacia fuera perjudicando al conjunto, los demás tenemos que tirar hacia dentro, porque nos va la vida en ello. Un catalán o un vasco independentistas seguirán siendo en cualquier circunstancia catalán y vasco, pero por su desprecio al vecino, yo podría dejar un día de ser español, y mi sentimiento es tan fuerte como el suyo.
La historia de la nación se teje, sí, en torno a la monarquía castellana y sus grandes decisiones, pero recordemos a los quejicas eternos, a los amigos de agravios comparativos, en los que a veces tendrán razón y otras no tanto, como si les importara, que no hay nada que resulte más ejemplar que el embrión de una España, que si no estaba inventada había que inventarse, lo que se conoce por Castilla-León. Patrocinadora del idioma común y universal, la que puso en conocimiento América y el Océano Pacífico con el resto del mundo y trajo los grandes caudales de oro que propiciaron el capitalismo y el Renacimiento, en colaboración con todo aquel que quiso sumarse. Castilla perdió su capital, su salida al mar, fue troceada, se empobreció y se despobló, que viene a ser como si en Cataluña Barcelona no existiera, no tuviera costas ni frontera con Francia, se redujera a la provincia de Tarragona, fuera desposeída de su industria y contara con dos millones de habitantes con la agricultura como mayor fuente de riqueza. Y encima parece afearse la aportación del castellano y su patrimonio, que ayuda a entendernos en la península y fuera de ella. Los españoles podemos decir sin pasarnos de la raya que después de Grecia y Roma, y sin duda Estados Unidos, no hay otro lugar que haya contribuido más decisivamente que España con sus descubrimientos y su hegemonía, al mundo. El resto de las regiones de esta país sólo pueden aspirar a ese grado de gloriosa generosidad por el bien común, que representó Castilla, y la cuestión sería que en vez de hacer España a su imagen y semejanza para mantenerla unida, los demás tomaran de vez en cuando el mando a la hora de aportar por ese bien común, sin renunciar a sus peculiaridades nacionales. Para eso haría falta que se comprometieran a luchar por su unidad, pues no se puede estar reclamando con una mano, cuando se tiene el puñal de la traición en la otra. Si España tuviera que dejar de existir o adelgazarse, que fuera siempre hacia arriba, para hacer más Europa, nunca dividida en suizas y abisinias. Igual que el ideal de Europa debería ser exportar su democracia y sus valores.
En fin, ante el desafío independentista, las fuerzas centrípetas se hubieran visto obligadas, como ha ocurrido tantas veces en la historia, a impedir su desmembración, provocando una involución democrática y un desastre, por no permitir que un país con nuestra historia se deshilachara ni por las buenas ni por las malas, tal y como se podría esperar de Francia o Gran Bretaña, y razón por la que en Canadá se proclamó que en la próxima intentona secesionista de Quebec en referéndum, votarían todos los canadienses, pues todos serían los afectados. La creación de un Estado nuevo no puede en ningún caso significar la muerte del Estado garantista de los valores democráticos solo porque alberga distintas nacionalidades, pero además existe el agravante de que los conflictos identitarios en el seno de Europa se multiplicarían, algunos por las armas. ¿Cómo se puede con esa mentalidad destructiva, creer en Europa? Es entonces cuando se recurre a un victimismo que estaría bien para un eritreo o un bosnio, y que aquí da vergüenza.
Recordemos que en Francia, que recibió con los brazos abiertos al gobierno catalán cuando se afilió a la francofonía, no hay autonomías, y que tras anexionarse el Rosellón en el siglo XVII, hicieron una limpieza idiomática, de modo que el catalán de toda la vida sólo lo habla el 1% de la población. No se convirtió Cataluña en francesa, dividida en departamentos y repartida en regiones para rebajarla, de milagro o porque los ejércitos de Felipe IV y los propios catalanes lo impidieron en un último y agónico esfuerzo conjunto. Pero el enemigo era y es Madrid, y a veces sospecho que hasta el Real Madrid.
La Constitución es como el filo de la navaja, en el que nos mantenemos en equilibrio mientras dure la monarquía, con la que hacemos causa mayoritariamente identificándola con la nación junto con otros muchos símbolos más o menos efímeros, así que la república es ese lujo que lamentablemente no nos podemos permitir.
De momento no hay ninguna otra justificación para la pervivencia de la monarquía que la nación. No hay mejor salvaguarda para la pervivencia de la nación que la monarquía, y a veces la monarquía trata de trasvasarse estratégicamente a un torero o la selección de fútbol, pocas veces a un científico, que tampoco se ha sembrado, para popularizarse tirando de lo único que tiene, los marquesados. Conde o duque resultaría comprometedor. Recordemos lo que el general Prim (conde de Reus, marqués de Castillejos y vizconde del Bruch, para que luego diga Guardiola que en Cataluña no hay de eso, ni quien se lo haya ganado) le contestó, recién ennoblecido, a otro noble que se alegraba de mirarlo por primera vez como a un igual: “Yo soy igual a su antepasado, que fue el que se ganó el título, no a usted”.
Ganarse el título. A Marichalar, ex-duque consorte, le pudo la velocidad de la luz, aunque se le viera las más de las veces conducir un triciclo motorizado en pantalón de cuadros por todo Madrid, rechazando carrozas reales que tampoco había, convertido en el snob por excelencia al que se arrimaban todos los chupapollas que ahora padecen de amnesia. La princesa es una mente más que despierta, una fuerza real, la portadora de sangre nueva y vivificante para la historia de los borbones, que al ser casi enmudecida públicamente por el protocolo, tuvo que aceptar eso de que calladito se está más guapo, y ahora ya es más guapa que Rania de Jordania. Ya lo era.
Los jóvenes no son lo que eran, a no ser que hayan sido educados desde pequeños en el deber y el temor a perderlo todo, como lo ha sido el Príncipe, y eso que salimos ganando todos. El cine ha desvirtuado la imagen sacral de la monarquía, los escándalos de la realeza británica, al fin y al cabo humana, habían allanado el camino, y si a eso sumamos, o mejor restamos, que la monarquía española además de modesta, intenta parecerlo, ser un “privilegiado” por el bien de España no parece gran cosa y hasta defrauda un poco.
Los jóvenes no son lo que eran, a no ser que hayan sido educados desde pequeños en el deber y el temor a perderlo todo, como lo ha sido el Príncipe, y eso que salimos ganando todos. El cine ha desvirtuado la imagen sacral de la monarquía, los escándalos de la realeza británica, al fin y al cabo humana, habían allanado el camino, y si a eso sumamos, o mejor restamos, que la monarquía española además de modesta, intenta parecerlo, ser un “privilegiado” por el bien de España no parece gran cosa y hasta defrauda un poco.
Sólo queda desear que todo haya sido una ilusión, volviendo de justicia blanco lo que parece negro, en el caso Urdangarin, por no ver a buena parte de la familia real caminar penosamente hacia el exilio para no desgastar a la Institución, comidilla de los medios, del que su primer ensayo parece haber sido la prolongada estancia en Washington.
Urdangarin no es un agente doble, aunque finalmente fuera condenado por cara dura, nublado por el peloteo y la palmadita en la espalda, perdiendo la conciencia de dónde estaba por reunir un patrimonio acorde con el título, el ambiente y las grandes fortunas que se le arrimaban. No se trata de disculpar a nadie, se trataría de explicar una conducta: pasó sin transición del reto deportivo, engañando a las defensas rivales, a pertenecer a la Familia Real. Algo así dijo Scott Fitzgeral en el Gran Gatsby de uno de sus personajes, que retirado andaba perdido, buscando en el mundo las emociones y los ecos de un lejano partido de rugby.
