>>A LA MANERA DE: Scott Fitzgerald en Debilidad.
DEBILIDAD
Sección que “sustituiría” a otra con el mismo título de la novela Hermosos y Malditos (The beautiful and the damned), de Scott Fitzgerald, en el capítulo: “Experto en besos”.
Bounds hayó a su amo fuera de la cama, aireó el amplio dormitorio y depositó sobre la mesilla de noche la jarra de agua fresca solicitada.
-Si no necesita nada más...
Azaroso y susceptible, Anthony no contestó; se paseaba en batín por el amplio salón del apartamento, analizando con obsesión su reciente y pública derrota, en busca de alguna cláusula secreta a la que dieran derecho los besos de Gloria. Con supremo esfuerzo consiguió engañarse sobre sus intenciones y descolgar el teléfono.
-Necesito hacerle entender esto tan importante -se precipitó a través de auricular.
-Perdone, pero ¿qué se lo impide?
-No, perdóneme usted a mí, se trata de una emergencia... Es esa cena con Bloeckman a la que ella no debería asistir sin pensárselo dos veces, ¿entiende?.... Está bien, sólo déjele el recado: dígale que yo tuve la culpa de todo.
-Hasta donde yo recuerdo, todavía no nos está permitido charlar con los clientes, y menos transmitir confidencias. Insisto en que me proporcione el número o deje libre la línea.
Anthony colgó, concluyendo que no sería capaz de ir más allá de tomar a la telefonista como confidente en su ilusorio intento de retomar la relación con Gloria. Con un ligereza que se correspondía con todos los pasos de su anodina existencia, había echado a su amada en brazos de Bloeckman. La última pesadilla todavía se la representaba braceando indecisa entre las dos orillas, en una de las cuales un satisfecho Bloeckman sentado a una mesa con una servilleta de cuadros anudada, estaba apunto de descubrir con cierto suspense una cazuela de plata que brillaba con las últimas luces de un rojo atardecer y que ocultaba la cabeza de Anthony.
Cuando estaba junto a Gloria, Anthony ignoraba que los dones de aquel cielo radiante, y ahora esquivo, le estaban gratificado con los atrezos de la compañía de una mujer única por un tiempo limitado. En el momento oportuno, un corpulento magnate al acecho, venía a condimentar el único entusiasmo por el que creía haber luchado a brazo partido, al menos para el esfuerzo que su desidia estimaba invertir, y cada día que pasaba lo encontraría más debilitado y menos irónico. La situación se hacía insalvable.
A la hora convenida un joven Patch de amplias ojeras se vio abandonado por su criado, cuyos servicios eran reclamados por personas más comedidas. Decidió que lo mejor que aún le habitaba había de ser sacrificado también a un mundo en el que definitivamente no existía ninguna conciencia colectiva que salvara a los mejores por sus actos. Se puso la gabardina para enfrentarse a la gris climatología que se extendía como un manto protector desde el final de los días románticos, y salió a la calle.
Camino del bar del hotel Plaza, entre amplias y grises avenidas, pudo confundir su palpable decadencia hasta el momento en que pudiese ahogar su doloroso sentimentalismo de niño bien criado, esperando que una Gloria con grandes anteojos lo estuviera espiando y sucumbiera finalmente a los remordimientos.
Una semana más tarde Maury y Dick recalaron en el apartamento, y en contra de lo esperado, hallaron a un Anthony muy razonable.
-Os digo que estoy mejor que nunca, aunque eso no significa que no tenga derecho a recapitular -se defendió-, para lo que necesito estar solo.
-No digas eso -contestó Dick de manera preventiva, intentando no desvelar tan pronto el objeto de su visita.
-Por otro lado ¿podemos dejarnos condicionar por una relación que no ha tenido tiempo de desarrollarse?
Dada la insistencia de Anthony en mostrar su buena salud después del trance sufrido ante Gloria, Maury creyó que su amigo había recobrado la energía de sus tiempos universitarios, alojando lo que quedaba de aquella mujer en una especie de compartimento estanco frente al dolor, muy parecido al que él mismo portaba desde tiempo inmemorial, y del que no conseguía desprenderse.
-Dick y yo tenemos importantes planes para ti -pronuncio solemne en un paredaño salón de la felicidad con su propia ventana dando a la calle Cincuenta y Dos, sin apartar la vista del hombre poseído por todos los naufragios que semejaba Anthony.
-Eso es lo único que me faltaba por oír de un par de intrigantes como vosotros dos, pero no pienso someterme a ninguno de vuestros planes.
-Esta vez no correrás ningún riesgo, me refiero a perder la conciencia -le replicó Dick, aludiendo a su progresiva afición alcohólica-, y sólo te dejaremos matar tus penas en una gota de leche. La viabilidad del plan exige un alto grado de serenidad, y si te comportas como es debido... ¡Escúchame: se trata de Gloria!
-¡Ya sé que se trata de Gloria! -se revolvió Anthony-. Ahora mírame tú a mí. ¿No te parece suficiente que haya aprendido a convivir con esto? ¿Crees que me gustan las adivinanzas cuando todo está tan claro?
-Y no te falta razón -contestó Dick-. Sin embargo no interferiríamos en tu proceso de renovación personal, rodeado de tanta insulsa comodidad -y abarcó con pasajera compasión y de una sola ojeada, el refugio en que su amigo había convertido su apartamento-, si no tuviéramos claros indicios de lo esta pasando por la cabeza de Gloria.
-No sé qué decirte, el otro día supe por Muriel que Bloeckman está sondeándola sobre el matrimonio. Comprenderás que después de eso...
-¡De eso se trata, maldita sea! -saltó Maury como si estuviera defendiendo su propia causa-. Parece como si fueras tu más enconado enemigo, pero llevas un poco de retraso respecto a lo que se cuece. Ella sólo quiere que seas tú el que de el primer paso.
-Necesito que me expliques eso -reaccionó Anthony con escepticismo, sentado al borde del otro sillón que los enfrentaba.
-Si quieres un adelanto -tomó la palabra Dick-, seré gráfico: las rosas.
-¿Qué rosas? ¿Por qué queréis volverme loco?
-Gloria fue a visitarlo, a Bloeckman, y él no sabía que cierta clase de rosas amarillas le producen una atroz alergia. Había llenado todo el salón de rosas amarillas para celebrar no se sabe qué aniversario de su productora, y de manera forzada, para hacer más ostensible la inclusión de ella en sus proyectos. Puede que tuviera indicios de que mi prima se echaría para atrás en el último instante, y quiso rodearla de todo el calor posible para afianzar su causa. Seguro que ignorabas esa faceta más pomposa de nuestro pretencioso personaje.
-Todo eso es absurdo.
-Había docenas de invitados, y sin embargo Gloria estaba tan deshecha que apenas podía sonreir. Las flores amarillas significaban tantas cosas y ninguna al mismo tiempo, que se inventó una alergia para salir del paso. ¿Te lo imaginas?
-Quedaba una semana para que se embarcaran en el Atlantide -corroboró Maury-, y Bloeckman lo estropeó todo con su precipitación. Para Gloria aquel viaje simplemente era ir mucho más lejos de lo que la paulatina extinción del afecto que todavía guarda por ti, exigía.
-¿Tengo todavía alguna posibilidad de agradecerle su preocupación por mí?
Primero un Maury cabizbajo pero desafiante, seguido de un Dick ensimismado con un fenomenal plano ante los ojos, y un Anthony exangüe que parecía cerrar la extraña comparsa camino del matadero, se introdujeron vestidos de etiqueta en un taxi, camino de una sala de baile llamada Boul'.
Tan pronto como se dieron de bruces con un elegante y henchido Bloeckman, rodeado de dos centenares de aduladores, se enteraron de que Gloria no asistiría.
El magnate desbarató cualquier posible estratagema con una afabilidad que hablaba de su seguridad. Ni siquiera parecía sorprendido de la presencia de Anthony allí, a pesar de que sólo a Dick se había confiado su paradero y el de Gloria.
El magnate desbarató cualquier posible estratagema con una afabilidad que hablaba de su seguridad. Ni siquiera parecía sorprendido de la presencia de Anthony allí, a pesar de que sólo a Dick se había confiado su paradero y el de Gloria.
-No esperaba esta deferencia como muestra de su amistad.
-No podíamos perdérnoslo -contestó Maury.
-Esto es ya la consagración pública de Films Par Excellence -fue la bobada que se le ocurrió soltar a Dick en sustitución de la pregunta que estuvo apunto de formular acerca de sus planes.
-Bueno, hemos tenido tiempo de darnos a conocer previamente en las salas cinematográficas de todo el país, pero tiene razón si se refiere a que con este acto hemos dado carta de reconocimiento a la labor callada de los últimos cinco años, homenajeando a los oscuros empleados de nuestra productora.
Anthony estaba dentro del campo visual de Bloeckman, que si no se dirigía a él utilizando a Dick y a Maury como portavoces de su consabido propósito, era obviamente porque esperaba que su beneficiario se cociese en su propia salsa.
-¡Anthony! -dijo al fin, como si su corpachón y sus habilidades cinematográficas pudieran ocultarle para siempre la pecera en la que ahora nadaba Gloria-, ¿tendría la bondad de hacer de intermediario entre su venerable abuelo y yo, dirigiéndole de mi parte el ofrecimiento de que se animara a invertir en nuestro negocio cinematográfico? Tal vez pudiera facilitarme un encuentro con él. ¡Oh! Gloria se acuerda mucho de usted y siente no haber podido asistir. Le aseguro que me comuniqué con ella hace un instante.
Conociendo los prejuicios que el viejo Patch conservaba hacia casi todo, y el horror que al reformador debía producirle la sola mención del arte viciado del cine, aquella proposición de entrevista sólo tenía la finalidad de resaltar la inveterada ociosidad de su nieto.
-Creo que he visto a Muriel -exclamó Dick llevándose del brazo a un Anthony que disimulaba muy mal su enojo.
Bloeckman viró para reintegrarse en una conversación de más peso, y el trío de amigos siguió deambulando por el salón de baile con escasas perspectivas.
-Necesito beber algo -dijo un Anthony bloqueado.
-Si hubiera contado con un par de minutos más os prometo que hubiera emborrachado a ese hombre, y a esta hora sabríamos qué ha hecho con Gloria -aseguró un Maury en retirada, que empezaba a divertirse con la situación.
La encontraron a última hora de la noche en el lugar que menos sospechaban, en el domicilio de sus padres, gracias a la información que les suministró entre los ritmos bailables del último jazz una efervescente Muriel a apunto del desvanecimiento. Dick y Maury subieron como por casualidad al 1088 del Hotel Plaza para tantear el terreno, mientras Anthony aguardaba en el vestíbulo presa de una gran agitación que en su caso era síntoma anticipado del fracaso. Media hora después bajaron con muy malas caras. Anthony les salió al paso cruzando todo el vestíbulo, como si aquel alarde le otorgara cierta respetabilidad.
-Se marcha con él a Europa. Y es definitivo -concluyó Dick cariacontecido.
-Pero eso, ¿cuando?
-Mañana. Ella creía que no debías andar muy lejos, a pesar de cierto buen humor que hemos tratado de imprimir a la entrevista.
-Anthony, a mí no me mires -expresó Maury-. Es Dick quien ha llevado toda la conversación. Solo puedo garantizarte que no ha perdido un ápice de su atractivo desde la última vez que os visteis, y que, aunque te parezca imposible, las sucesivas generaciones de romanos y ostrogodos produjeron una cantidad limitada de piedra antigua, que ha de hacerla volver más pronto que tarde...
-¡Cállate, Maury! -le gritó Dick Caramel.
-No entiendo qué prisa te ha dado de repente -manifestó de pronto la meliflua y bilfista voz de la señora Gilbert.
Porque en ese instante la puerta del ascensor contiguo se abría, y primero su madre y luego la propia Gloria, portando con resolución la parte de equipaje de la que no se ocupaba el botones, salieron con cierta prisa camino de alguna propiedad del gran Bloeckman, vicepresidente de Films Par Excellence. Sólo la demora en el análisis de la situación que demandaba Anthony, plantados cerca de una gran jardinera, propició ese cruce de miradas rasgadas por una planta de interior. Gloria estaba convencida de haber obrado de acuerdo a las consideraciones que debía a su propia belleza, y Anthony sólo podía sentirse un ridículo títere sin destino en manos de los propósitos de diversión de Maury y de la insaciable vena literaria de Dick.
Esta vez Gloria evitó por todos los medios cualquier asomo de efusión sentimental, no le sonrió, y entrecerrando los ojos apretó el paso, atravesando el vestíbulo sin otro propósito que su propia felicidad. Anthony cerró los ojos también como si reaccionara a una misma pulsación, y durante un tiempo impreciso se asomó a una existencia larga y vacía.
