Duelo en las alturas
A las cinco y diez, plantado en la Gran Vía ante un cartel de La Cubana: “Cómeme el coco negro”, observo a la sana mujer del sombrero de frutas tropical, al otro lado del tráfico que baja en miríadas de glóbulos rojos hacia los remolinos de Cibeles, bombeando a todas las arterias. Cuando las populosas luces patinan en mis retinas excitadas percibo esa inspección que en mi propia acera y por encima de ateridos madrileños inclinados sobres sus mesitas de café, efectúa cierto maniquí vestido de sport que se balancea sobre los talones con ese mismo aire aturdido y sospechoso, dejando escapar los mismos rojos autobuses y blancos taxis.
Poco más tarde de aquel duelo visual me hacen sitio y salto con alivio a un todoterreno negro con los bajos embarrados, como si el grupo hubiera estado ensayando toda la tarde y hubieran pasado fantasmalmente por la Gran Vía hacia nuestro destino, intentando engañarse sobre semejante compromiso.
Todos calculaban que ignoraría la invitación y no me agregaría a la sierra bajo la condición mendicante de quien sólo tenía su riñón que ofrecer. Pero te ha podido esa aspiración a la dicha eterna, a los goces perdidos, y aún me decidí a última hora, despidiéndome para siempre cuando podía haberme dorado por los dos costados a ojos de Eva, sólo rechazando tan sutil oferta, quedándome otra vez en el sillón a cambiar canales y recordando lejanos servicios prestados. Al entrar la música está fuerte y las bocas selladas, como si nadie quisiese negociar conmigo el régimen semestral de visitas.
-¿Qué tal todo? -la manecita de Eva tendida, que retira deslizándola como de un nudo corredizo, la boca torcida a la que estorban nuestras mejillas con el roce, alcanzando a besarle el lóbulo de la oreja en un encontronazo de agradecimientos-. Oye, abróchate el cinturón...
Por un momento creí que había confundido los recuerdos, metido en otro coche como en otro viaje, pero identifico a Eva, o lo que queda de ella: la voz tomada, el avejentamiento irreversible acelerado por sus malos hábitos amorosos. Su última estratagema, hasta que me enamore de mi propio gesto y le devuelva totalmente su libertad. Apenas reconozco de la copiloto el cabello corto sobre el que ha precipitado ya ese rubio que escondería unas impuntuales canas, los sinceros ojos verdes agazapados tras una retrógradas gafas de mosca, el abultado abrigo que disminuye el tamaño de su cráneo haciendo pensar en la menudez progresiva de un cuerpo que ha echado a perder sus muslos magníficos.
-Pensábamos que no vendrías -es una declaración de intenciones que corroboran todos, y sonríe dando una sacudida de esperanza contra lo inevitable cuando nos incorporamos al tráfico y el coche se cala.
-Pues ya ves... -contesto de forma placentera, intentando borrar cualquier asomo del indeseable-, yo pensaba que erais vosotros los que no cumpliríais, no sé por qué. Y aún echo en falta a doce o trece...
Se sonríen todos, en busca de un doble sentido por el esfuerzo de haber venido, y me miran a hurtadillas a medida que voy reconociendo al volante y en tan crudo trance a la primogénita y periodista de la familia, Natalia; a Mayra, supuesta mejor amiga y futura ministra portavoz; Óscar, el pequeño de los Monllor, trasto un tanto pegajoso, masculinizado repentinamente debido a la falta de intimidad que alcanzaron mis gloriosas esperas en el portal de Eva cuando al parecer estaba internado.
-No te importa ¿verdad? -se vuelve Eva hacia mí, intrigante, como si fuera que la gente hubiera vuelto a fumar.
-¿Qué es eso que tendría que importarme? -si estoy contigo, intento añadir con una sonrisa prestada, nada me importa.
A sólo cincuenta metros de donde hemos arrancado nos detenemos para recoger a mi famoso imitador. Eva consiente, querría demostrarme a toda costa que sólo son amigos, por eso lo ha invitado, para fomentar la tolerancia. La ropa que le traen de una tostadora, la barbita de Nerón rasurada, la propensión a engordar que tan mal casa con su audacia, y luego los trajes que trae en una percha y cuelgan de su ventanilla cubriendo un paisaje que ignora porque tiene un máster o dos. Sólo podía ser Álex, de quien había oído hablar, a quien menos ganas tengo de conocer y no me quitaré de encima ni a la hora de ir a buscar leña. Es una encerrona.
-Buenas, y ¿este es el pichurri que ha venido a complicarnos la vida?
Pretende ser un chiste sin consecuencias, una desestabilización del orden recién constituido a sus espaldas. Esa seguridad insultante acerca de mi miedo que destila para espantar su pública derrota. ¿Cuánto pagaban más por mi colegio que por el suyo?, se pregunta. Ese bochornoso de Álex, desaparecido en curiosas circunstancias, y en el que Eva tiene ahora que ocupar sus convalecientes fuerzas para su lenta rehabilitación. Se dijo así mismo que bastaría conque sus presuntos futuros suegros leyesen el ABC y edulcorasen la imaginación de la pequeña que padecía insuficiencia renal con datos económicos que hablaban de su prosperidad y hacían imprescindible su presencia en Yakarta encabezando la delegación española. Pensaba que a su regreso su ausencia quedaría justificada mediante esos bobalicones correos que pueden intercambiar un par de pijillos bien abonados durante una crisis de pareja, mientras los padres de Eva se concienciaban, porque todo se arreglaría con su capacidad de persuasión.
-No digo que me lo imaginaba, lo del otro, este, en el coche, pero bien, soy capaz de asimilarlo -se sonríe protagonista, le gusta escucharse-. Oye, tanto gusto, y que esto no tiene nada que ver...
-¿Con qué? -digo cortante cuando se supone que me tengo que comer la presentación.
Mientras nos movemos alarga la mano en la oscuridad, sólo de cara a la galería, ofreciéndome juego limpio con ojos viles y diplomáticos, porque nada ansiaba más que conocer al tipo capaz de desprenderse de un trozo de su ser si no podía ignorarlo, pero tardo en reaccionar y me digo que es conveniente pacificarnos. Cuando le tiendo la mía ya no parece acordarse. Nada puede doler más en el alma de un seductor que descubrir que todas esas con las que tonteaba no son nada en comparación con el sacrificio por la mejor de todas.
-¿Os conocíais? -pregunta el mocoso de Óscar cuando las mujeres aguantaban la respiración para ver qué podía salir del reconocimiento entre Álex y yo.
Las credenciales de Álex: imponentemente apuesto, siempre como recién duchado para domeñar los hirsutos rizos por los que le llamaban junior en la tabla redonda del consejo de administración hasta que hizo esa putada empresarial, salieron todos escaldados y varió el rumbo para siempre ignorando la herencia que papá recibió de papá, siempre llevado por una energía desconocida y genial.
-Mejor así, de verdad -sonríe acomodándose a los viajes largos-. Estos dos meses han sido muy pero que muy especiales para mi carrera, y duros. No voy a soltaros la conferencia, pero sí, Eva, fui a ver a tus padres a mi regreso -no termina de aceptar que ellos le cerraran la puerta en las narices, aunque no fuera porque no le invitaran a explicarse, sino por miedo a una decisión equivocada que pusiera en jaque su dignidad-. No estaban. No me cogías el teléfono, tampoco, para contarte que fui a ver a tus padres. ¿Qué querías? Y... pues eso.
-Yo no te he pregun...
-Pero mis padres no merecían tanta consideración de tu parte -responde Natalia por la pequeña, saliendo ya de Madrid-, para ti sólo han sido poco más que los fecundadores de Eva -todos nos miramos ante el nuevo rumbo que coge la conversación y nos agarramos donde podemos, mientras ella se ensaliva satisfecha-. La madre al menos consiguió legarle la belleza y es discreta para no mostrar las costuras; el padre cree que es uno de ellos porque juega al golf cuando no incomoda con absurdos planes empresariales y con eso de que se ha hecho así mismo...
Ahora que recuerdo, oí decir a Eva que lo mío con la literatura no era para tanto, sólo porque Natalia también escribe por las tardes para adornarse un poco. Tenía pensado quedarse en casa pero no le salía: personajes que fruncen el ceño y se encogen de hombros, un cadáver arrojado en la página diez, unas bisagras mal engrasadas, el proyecto de una película del gustirrinín del miedo que es su propia ambición periodística, y que nunca he conseguido.
-Para mí cómodo tampoco ha sido. No quiero empezar ahora con la perorata justificativa -asegura Álex persiguiendo con la mirada apacible a patéticos transeúntes que nos cruzamos saliendo de Madrid, como si pudiera cambiarles la facha de un vistazo.
-Ah, ¿sí? Pues di que no lo parecía. Dicen por ahí...
Eva aprieta el brazo de Mari, porque sufre, ¡déjalo estar!, como si fuera por la velocidad. Los labios emborronados por el protector labial son una ruina de nuestros mejores besos, la punta de su nariz cuando se ofrece es el mascarón de proa, lo único que queda de haber surcado en la antigüedad mi corazón, colorada como una gran mentira. Nadie quiere provocar a Álex, escuchar la versión difundida de que olvidó su gestión para pasear las playas de Bali, hoyando la arena con un palo, donde a ella le envían recuerdos los camareros que sobrevivieron al maremoto, y luego se metió selva adentro buscando un riñón a toca teja, pero no tuvo huevos.
-Sé que las cosas, como antes, no van a ser, nunca, eso lo tengo asumido -no le importa que yo escuche ahora que quiere ser sincero, y nos espiamos cuando penetran las luces de otro coche que viene de frente, pues sólo ha sabido cuanto la quería por culpa mía, muerta no valía tanto-. Decidí habilitar la oficina que tenías a medio decorar, Eva. Me pareció lo más decente, más que volver por el piso nuestro después de lo que ha pasado... Despedí a los obreros adelantándoles dos meses y me instalé en el sofá negro que encargaste tú y que parece un coche de los años cuarenta... Ya sabes como son Jandro, Terencio y lo que tú llamas mi equipo de waterpolo. No querían dejarme solo y jugábamos a las cartas, casi cada noche.
Será un farol. No la escuches, Eva, creo que todos hemos visto en un relámpago las que se corrían con unas fulanitas tras levantar un teléfono, cuando no encontraban la baraja. Prosigue:
-Después lo lógico, se fueron dando de baja... casi todas sus mujeres cuando críos fueron novias mías de un día -y finge una enfermedad en la cara-. Qué te voy a contar que no sepas. En vez de sacudirlos por su ausencia hacían preguntas. Muchas. Una de ellas, Bego... ¿Lo he dicho ya?
-No, sólo Bego -se apresura Mayra en tono rendido, que recibe la reprimenda de las mujeres.
-Pero no importa, estaba apenada, tanto como para venir a verme. Tú ¿qué quieres, Eva?, -casi no mira para que no cale su despectividad-. A otro sería entonces al que te tiraste, así que no sé por qué no voy a contarte delante de nadie que me hubiese gustado tirarme a Bego mientras estabas convaleciente del riñón tras esta cosa que nos ha sucedido, el accidente, y de cuyas consecuencias también parezco yo el culpable...
-¡Ya sabíamos que la que conducía era ella! -grita Natalia.
Eva se vuelve en su asiento hacia Óscar con los labios apretados y los ojos severos para codificarle la programación, pero el pequeño reniega encantado.
-¡No, sí, joder! -responde Álex abalanzándose sobre el asiento de la copiloto mientras se escabulle por el parabrisas, y después vuelve a dejarse caer dolido al fondo-. Y lo que hice fue hacerme cargo de otra gatita y de sus cachorrillos que oía cada noche. Me explico: iban a sucumbir bajo cien toneladas de escombros en el solar de al lado, al día siguiente. Ahí me tienes, patinando las tejas, con un mechero en la mano, descubriendo bajo mis pies los hierros en punta, un solar vacío, una vivienda abandonada... Me las vi muy putas. Al final no tuve fuerzas para ir a buscar al último.
-¿Te das cuenta de que sigue con el rollo materialista? -hace ver Natalia, aferrada enérgicamente al volante-. Seguro que ya ha encargado construir en ese mismo solar.
-Eva, ¿para qué me has traído? -se da cuenta Álex, ahora en tono de súplica-. A lo mejor tu hermana quería que me atase una soga al cuello, no sé, dímelo tú, Natalia, y a una lancha motora en el club náutico mientras admiraba el horizonte, manos en los bolsillos, un segundo antes del golpe seco. O que me pusiese en línea de trayectoria en un campeonato de golf y salir de los matorrales en el momento oportuno dando un paso al frente, sólo porque no pude esperar en ese pasillo por más tiempo creyendo que te perdía. Pues no soy tan previsible, he preferido exponerme, ante todo Madrid, todo eso que se ha comentando y más, como que Álex de Soto, empresario joven del año, ya lo sabes, y si no te lo cuento yo, accionista mayoritario de Constructuosa, es capaz de meterse a funambulista. Los medios me tenían últimamente pateados los higadillos, pero ya te contará la buena de tu hermana lo que es sufrir a la profesión. Después me dio por pintar las paredes con las manos, dejándome llevar. No sabía que moviera a tanto aprecio, tanto en el club como en familia, y como se comentaba mi desamparo, organicé una exposición con un éxito arrollador, y la verdad, la revista de un amigo me hizo una entrevista a cuatro páginas. No la veas, en serio te digo, salgo horrible, no la veas, sin afeitar, demacrado...
-Pirata, que estás hecho un pirata -murmura Natalia de muy malas pulgas.
-No la veas. No sé cómo no dejaste de quererme cuando pudiste, Eva.
Se escucha gimotear a Eva, prendiendo más pronto de lo previsible. Se detienen en una gasolinera, y Álex se agrega para marcar diferencias en tierra de nadie porque no se atreve a más todavía mientras ellas van a buscar dentro algo, como si estuvieran recapacitando en consejo. Yo me quedo en el coche jugando con la radio.
-Ya te vale, Álex -de nuevo Natalia cuando nos ponemos en marcha, acallando sus peores pensamientos.
Me invade un miedo pavoroso mientras me agarro al asiento de delante. Ni siquiera es la carretera habitual, escalamos un carretera secundaria de la sierra madrileña tan estrecha como un carril de bicicletas a la luz de los faros, agravado por un constante goteo. El deseo me traiciona: dónde sólo viajan familias con el maletero lleno de cuarzo y fósiles de tribilotes, yo veo en la ráfaga de un cruce de luces parejas conturbadas, y sabiendo que todo lo que empieza acaba yo estaría en la fase ascendente hacia lo sexual, pero sin la promesa de bajar con esa cara de contento y euforia automovilística.
A Eva no se le pasa el enojo, y en el silencio Natalia acaba de enfocar sus ojos sobre mí, casi al salir de cada curva en el espejo retrovisor. Siempre me ha considerado un poco mientras me estudiaba, y no se limita a custodiar al reo. Siempre supe de su flaqueza, primero las drogas, y ahora antropófaga de los juguetes rotos de Eva.
Natalia sólo machaca el acelerador del Mitsubishi con el tacón y pega un volantazo cuando es menester, y cada vez que alguien toma la palabra, la confianza suplicante en que exprese un poco de cordura se disipa al oír una pregunta estúpida, escandalosa, del tipo: “¿Seguro que te has acordado de meter en la nevera portátil el jengibre y los pepinillos?
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