Fui bautizado, como toda mi generación. Hice la comunión, estudié en un colegio religioso de los Escolapios y acudí a un instituto concertado donde se impartían clases de religión, igual que en todos los colegios públicos por donde pasé. Ocurrió justo antes de que retiraran todos los crucifijos de las aulas en los años noventa y de que las leyes progresistas impulsasen la sustitución o marginalidad de la asignatura religiosa en beneficio de la asignatura de ética o enseñanza para la ciudadanía. En mi familia digamos que se ha producido la misma transición que en la sociedad occidental, especialmente europea, a lo largo de los últimos cincuenta años. Aunque se mantiene la constante de que el ochenta y cinco por ciento de la gente sigue creyendo en Dios, y así seguirá siendo, a las iglesias, e incluso en un país tradicionalmente tan religioso como España, prácticamente sólo acuden los ancianos que mantienen viva la liturgia, por lo que está muy seriamente amenazada. Tan sólo los domingos, pero sobre todo en las celebraciones patronales y otras fiestas de guardar muy señaladas, como la Semana Santa, la gente se reincorpora al culto entre la devoción y la cita social.
Estudiando el catecismo a coro, bajo la “batuta” de un párroco intransigente que había puesto absurdos impedimentos para que celebráramos la comunión mi hermano y yo juntos, se presentó un hombre mal vestido en la iglesia, pidiendo dinero para un supuesto viaje. En cualquier caso el párroco le invitó a marcharse, sin perder mucho tiempo en preguntarle ni por su viaje ni por sus necesidades, porque allí, decía, no daban dinero, y desde luego ese no era el procedimiento ortodoxo para reclamar la solidaridad. Me sentó muy mal, ese contraste entre las teóricas buenas acciones, las prédicas a un hombre pobre que cambió la civilización hace 2000, las cuales debíamos aprender repitiéndolas mil veces para nuestra salvación, y el ejemplo de un litúrgico pomposo que era capaz de dejar en la puerta del templo a otro pobre. Así que me distancié del culto, considerando que lo único que sobraba en mi vida era el párroco, el elemento que trataba de poner en comunicación al hombre empático y carismático con los buenos sentimientos que yo tuviera independientemente de ninguna enseñanza. Rescaté para mí la figura de Jesucristo, como se ha intentando tantas veces a gran escala a lo largo de la historia hasta que las peculiaridades personales de algunos intermediarios casi la han perturbado.
Jesucristo se convirtió para mí en esencialmente humano, mítico pero humano, con un alma superior, que consiguió introducir en el culto que había heredado, su propia naturaleza, no la bondad, sino la bondad sobre todas las cosas. Como dice el filósofo, fue un gran progreso que Dios se hiciese bueno, en contraste con otras manifestaciones espirituales que se satisfacen a veces con la venganza, la intransigencia y la sumisión, no digamos ya con el sacrificio humano, por fin desterrado, aunque todavía se mantiene vigente, según interpretaciones, en forma de inmolación que no tiene reparos en llevarse por delante no sólo a otro ser, sino a inocentes.
A partir de ahí transité por caminos que no tenían nada que ver con la religión, simplemente me había despojado de ataduras y malas interpretaciones manteniendo una básica moralidad de respeto al prójimo. Era libre de pensamiento y la muerte no era un asunto que me preocupara, así que Jesucristo era el gran referente de buena conducta, digno de admiración, más o menos recurrente, mientras era la música la que me acariciaba el corazón. Mi fascinación sobre la astronomía, sobre ese absoluto que no podemos ni podremos explicar, me hizo ateo. Me preguntaba dónde encontrar a Dios en un universo poblado por cien mil millones de galaxias, cada una compuesta por cientos de millones de estrellas. ¿Cual era la medida de ese Dios que no se ocupa de los animales aquí en la tierra? ¿Comparados con otros seres más evolucionados desperdigados por las galaxias, no seríamos nosotros insignificantes animales poco dignos de ser atendidos por Dios? ¿Por qué tantos cultos religiosos aquí en la tierra, y no uno solo? ¿Cómo puede un Dios ayudar a ser mejor sólo a una parte de la humanidad con determinado culto, sabiendo que hay o ha habido otros cultos destructivos, que han hecho sufrir a mucha gente? ¿Cómo explicar que ahí acabe su poder, si él mismo creó la tierra? Desde luego conservaba una especie de relación sentimental hacia el catolicismo, la misma que me mueve hacia todo aquel que hace buenas acciones, impresionado además por la arquitectura, la pintura, la literatura y sobre todo la música que se ha dedicado al cristianismo.
Desde hace unos años, y a raíz de la pérdida de seres queridos, diría que me he hecho agnóstico, pero no sé si esa sería la palabra, pues no creo pueda limitarme a una ecuación racional, esperando acontecimientos científicos que no se van a producir sobre Dios. La razón no puede superar el sentimiento de indefensión que tiene el hombre frente al abismo, cuando te sacude un dolor insoportable, por el que quieres sentirte amparado por una especie de forma superior de entendimiento, como una especie de cielo que me permitiría, no comunicarme con Dios directamente, aunque alguna vez sí lo he deseado, sino esperar que los seres queridos que parecen flotar en algún lugar me escuchasen, comunicación que entonces sólo podría facilitar un ser superior, una vez que la materia de esos seres queridos ha desaparecido. No sé si puedes decidir no creer al menos en una especie de forma superior inconcreta pero consoladora y salvadora, pues toda la presunción intelectual se desvanece ante el abismo, ante nuestra insignificancia e impotencia.
Ahí es donde me encuentro, entre la admiración a un Jesucristo con unas facultades humanas excepcionales, y un absoluto que tiene que darle algún sentido, no tanto a la vida, que es una sucesión de casualidades desde hace millones de años de evolución, como a la muerte. Se supone que el hombre habría creado a Dios para no sufrir, y no al revés, pero ¿cómo hemos llegado a este grado de evolución, a partir de las bacterias que señala la ciencia? El Vaticano admite ahora la teoría de la evolución, que no sería contradictoria con un Dios que en vez de hacernos en un día, hubiera querido una especie de lento desarrollo hasta que llegáramos al punto de poder entendernos con él, de ser conscientes de la existencia de Dios. No soy partidario de encender todas las luces para demostrar a la gente supuestamente que no existe Dios. Yo creo que el Vaticano debería mantenerse en el plano espiritual, con la biblia como vehículo que permite a los fieles explicar a Dios, pues la gente más racional en este tema tampoco puede asegurar que no exista, y no se trata de evidencias, sino de lo que un corazón humano puede necesitar.